Regreso a Gibara
Fotos: Leandro Maceo y Rafael Grillo
 

Siempre he creído que él llegó a la Villa caminando sobre las aguas. No porque lo asocie con algún Dios, sino porque parecía surgido de las entrañas de un pueblo que nace desde y para el mar.

Humberto Solás vivió, murió y sobrevive enamorado de Gibara. Un día él también subió a sus discípulos a la barca y los alejó de tierra firme para soñar con un cine pobre, con un festival internacional en un pueblo de pescadores, y con “la inserción en la cinematografía de grupos sociales y de comunidades que nunca antes habían tenido acceso al ejercicio de la producción” del séptimo arte.


 

Gibara le regaló a Solás un set de rodaje mágico y un amor perdurable. Solás ideó para Gibara un Festival que es fiesta de la creación, un acontecimiento que revoluciona, a pantalla abierta, la quietud que trae el ocaso de la pintoresca localidad oriental. De ella quedó prendado mientras filmaba el tercer cuento de Lucía, en el cual el gibareño orgulloso siempre busca la señorial imagen de su Silla, la misma que desde 2003 les anuncia a los apasionados del cine que han llegado a puerto.

Andar calle Independencia abajo, a ritmo de banda y coreando “Solás, Solás, de Gibara no se va”, emociona y te hace gozar el alma. Desembocar en la Plaza Mayor, escuchar al Creador dando su discurso, o imaginarlo por siempre a la sombra de la Estatua de la Libertad cantando “Viva Gibara”, te hace creer en imposibles.

Entrar al cine a empujones, porque la arrancada nadie quiere perdérsela; sentir la eclosión de emociones que provoca ver una cámara dorada dando vueltas en el telón del “Jibá”, o percibir cómo la conocida música del Festival Internacional de Cine Pobre se te cuela por los poros, es una experiencia que merece ser vivida, aunque tengas que andar toda la Isla para llegar a Gibara.

Humberto Solás, treinta años después de su emblemática Lucía, regresó para rodar Miel para Oshú, gritando a viva voz “acción”, dirigiendo a excelentísimos actores, rodeado de gente curiosa que hizo y hace aflorar el histrionismo de los puros.

El Maestro quiso conservar aquella escena más allá del celuloide; esta vez no iríamos al cinematógrafo a ver la película, sino a hacerla, pues Gibara es singular cual fotograma.

Allí proclamó su Manifiesto —“Cine Pobre  no quiere decir cine carente de ideas o de calidad artística, sino que se refiere a un cine de restringida economía…”— y con él nos legó la riqueza de su empeño.


 

El Festival le ha traído a los gibareños una ciudad más linda, porque la cita del séptimo arte la obliga a maquillarse antes de cada edición; a su cine, unas columnas que ya parecen nacidas desde sus cimientos; a su pueblo, el júbilo y el auxilio, pues por esos lares nadie olvida que entre ciclones llegó el arte para sanar y la ayuda económica para aliviar, de la mano de los discípulos de Solás. Y mucho más llegará, auguran los leales. Pero por encima de todo agasajo material, el “Cine Pobre” le ha permitido a Gibara revivir su espiritualidad y gritarla al mundo. 

Este abril regresa el Festival, aunque ciertamente nunca se haya ido, porque fuera de la Villa Blanca no es el mismo. Bien lo sabe Jorge Perugorría, el presidente de esta decimosegunda edición, quien vuelve a Gibara con un equipo de primerísimo nivel, acompañado de artistas, realizadores, panelistas; impulsado por el frenesí de participantes e invitados, y lo más importante, resguardado por un respetable público.

Hoy el Maestro de blancas vestiduras no andará físicamente “la soberana de los ensueños”. Sin embargo, ahí estará, feliz y eufórico, como siempre estuvo en la Villa.  El Festival regresa, porque Solás siempre tendrá a Gibara y Gibara, su “Cine Pobre”.