Referentes para el buen danzar

La escena danzaria cubana es hoy, sin dudas, un campo de batalla, sobre todo en estos tiempos en que los criterios creadores son tan diversos como a veces disparatados. La repetición de fórmulas coreográficas, queriendo aparentar ser nuevas formas, se ha convertido en una práctica que no funciona, al contrario, en la mayoría de los casos lo que hace es entorpecer el decir.   

En Matanzas, la ciudad  donde habito, acaba de finalizar la decimosexta edición del Concurso Coreográfico y de Interpretación DanzanDos, que convoca la compañía Danza Espiral, ubicada en esta provincia. El certamen es uno de los pocos que existen en el país, donde los jóvenes coreógrafos pueden mostrar su trabajo, además de venir a concursar. Y es por eso que me pregunto cuál es la visión creativa de los jóvenes coreógrafos cubanos en la actualidad. 


Foto: Julio César García

De nada sirve crear espacios para el diálogo entre la crítica y los coreógrafos, cuando al final, a la hora de la práctica, continúa el divorcio entre el decir y el hacer.


De nada sirve crear espacios para el diálogo entre la crítica y los coreógrafos, cuando al final, a la hora de la práctica, continúa el divorcio entre el decir y el hacer. Ya es tiempo de que los jóvenes coreógrafos piensen un poco más, no solo en qué van a decir, sino en cómo lo van a decir. Ninguna de las dos pautas está ahora mismo resuelta. El ejemplo más claro fue la reciente muestra de coreógrafos jóvenes que se vio en DanzanDos. Me llama sobremanera la atención el criterio superficial con que se abordan los temas y los movimientos coreográficos. En mi opinión, esto sucede por el desencuentro entre coreografía y dramaturgia, coreografía y concepto escénico, coreografía y visualidad. Es ahí donde los señalamientos críticos saltan a la vista, donde se nota la pobreza teórica e investigativa que señala la crítica, todo lo que se deja para después y nunca se hace. 

Querer ser auténticos y originales es una cuerda floja para muchos jóvenes deslumbrados con prácticas foráneas. Si algo me parece poco creativo a estas alturas de siglo, es esa falta de algo para decir, ese encubrimiento bajo el hacer con cualquier cosa, para afirmar que se está haciendo algo, lo que mi generación denomina con el término “quemadera”. En casi todos los casos se piensa que le estamos dando la patada a la lata, pero desgraciadamente no es esa la verdad.  

Si queremos que la danza en Cuba logre consolidarse, más allá de carencias económicas, problemas sociales o de cualquier índole, los jóvenes tendremos que  considerar, en primer lugar, nuestra visión hacia la creación.

Si queremos que la danza en Cuba logre consolidarse, más allá de carencias económicas, problemas sociales o de cualquier índole, los jóvenes tendremos que  considerar, en primer lugar, nuestra visión hacia la creación. Sí, es verdad que cada quien hace hasta donde puede o hasta donde su intelecto se lo permite, pero bailar o coreografiar no puede convertirse en un espacio de mediocridad, canalizador de demonios que nada aportan al desarrollo del arte joven en Cuba. 

Ojalá sigan apareciendo espacios de crítica, investigación y diálogos, que hagan entender a los jóvenes creadores de la danza cubana, la importancia  y responsabilidad de lo que sube a escena. Creo, asimismo, que los grandes maestros de la danza en este país, que aún continúan ejerciendo, no debieran  dejar de estar atentos a su creación; los más nuevos no queremos verlos como artistas  de tiempos pasados, sino como necesarios referentes del buen danzar, coreografiar y decir.