Racismo y discriminación en el Caribe continental: la visión de Quince Duncan

A principios de los 90 del pasado siglo en un número de la National Geographic Magazine, la costa atlántica costarricense, en los alrededores de Puerto Limón, era presentada con tintes paradisiacos: tupida vegetación, fuentes acuíferas abundantes, frutos espléndidos, y en medio del paisaje, unos cuantos negros felices, a quien el cronista llamada “los brothers”.

Por esos años ya circulaban en ese país tres novelas escritas por Quince Duncan. Este costarricense, de ascendencia jamaicana, revelaba en Una canción en la madrugada, Hombres curtidos y Los cuatro espejos, realidades mucho más complejas, si se quiere incómodas, que hacían visibles los rostros de mujeres y hombres que en esa zona de su país encarnaban una identidad subalterna a la vista de la hegemonía social y cultural dominante. Mujeres y hombres de pieles oscuras, orgullosos de ser lo que eran y decididos a conquistar algún día la felicidad.

Quince Duncan ha dedicado buena parte de su vida a reivindicar la herencia africana en la historia y actualidad de los pueblos centroamericanos, en especial el suyo de Costa Rica, así como a luchar por la erradicación de las manifestaciones discriminatorias contra los afrodescendientes.

El libro Contra el silencio, publicado ahora en Cuba por la Editorial Oriente para ser presentado en el programa literario de la Feria Internacional del Libro 2016, responde a la vocación social que caracteriza el activismo de Duncan.

Aunque el autor actualizó en cierta medida el texto inicial, que vio la luz en 2001, el ensayo se sostiene sobre la base de sus presupuestos originales, explícitos en el subtítulo: “Los afrodescendientes y el racismo en el Caribe continental hispánico”.

Esta precisión delimita el alcance del texto. Contra el silencio no es la historia de la diáspora forzada en el Caribe, sino una reflexión acerca de cómo desde la época colonial marcada por la metrópoli española hasta las formaciones republicanas postcoloniales los negros fueron explotados, ninguneados, invisibilizados y discriminados en los territorios ribereños de la cuenca caribeña, de Venezuela a México.

El propio Duncan explica: “Los casos de México, Centroamérica, Panamá, Colombia y Venezuela adquieren especial importancia, porque su especificidad no ha sido suficientemente estudiada en el contexto de las relaciones raciales. Existen muchas monografías sobre aspectos locales de los afrodescendientes, pero la reflexión global apenas está comenzando”.

Pero antes de zambullirse en tales especificidades, Duncan expone puntos de vista de suma utilidad para el combate contra el racismo y la discriminación, no solo en el ámbito geocultural seleccionado, sino también para todo conglomerado humano.

Luego de ofrecer al lector una panorámica histórica de la llegada de los negros esclavizados al área y explicar los procesos de asentamiento y mestizaje —y defender como “factor universal de todo el Caribe, desde el punto de vista cultural, la presencia histórica de africanos primero y de manera continuada de afrodescendientes que han teñido de un modo particular todas las culturas de la zona” —el escritor desmonta las bases de la ideología racista y los mitos que la acompañan.

Duncan, como nuestro  Fernando Ortiz —a quien, por cierto, no lo cuenta entre sus fuentes bibliográficas— denuncia el engaño de las razas, pero también advierte sobre una corriente que en aras de una supuesta universalidad de la especie niega la diversidad etnocultural y propone una homogeneización a partir del blanqueamiento. En tal sentido, el escritor retoma una de las conclusiones a las que llegaron los estudiosos Bárbara y Stanley Stein en su ensayo La herencia colonial de América Latina (México, 1973) al analizar una de las teorías puesta en boga por las élites hispanoamericanas a finales del siglo XIX: “El único camino hacia el progreso era sustituir la mano de obra local (negra e indígena) mediante inmigraciones en masa o, en caso de no poder atraerlas, esperar que un largo proceso de aclaración pudiera borrar las deficiencias raciales”.

Este último proceder responde doctrinariamente al racismo, entendido este en su justa dimensión histórica y social como una ideología surgida en el seno de los estados nacionales europeos durante su expansión colonial.

En el aparato categorial desplegado por Duncan, esa doctrina se define como racismo real. “Una concepción del mundo según la cual las características físicas externas corresponden a rasgos psicológicos e intelectuales, que permiten a su vez jerarquizar los grupos humanos con base en esos marcadores, resultando que hay una raza superior dominante en todos los aspectos y a la cual se atribuyen todas las facultades típicamente humanas”. El autor aclara que esto “no se circunscribe a un debate estrictamente intelectual, sino que la práctica colonial y la esclavitud fueron acicates importantes en el proceso de formación ideológica y, a su vez, constituyeron ámbitos de aplicación práctica”.

Duncan dedica un segmento importante de su ensayo a la resistencia y la lucha en África contra las imposiciones coloniales y la esclavitud trasatlántica, a los estallidos rebeldes en los barcos de los tratantes negreros, a la insurgencia en las plantaciones y al cimarronaje.

Particularmente interesante resultan sus apreciaciones acerca de cómo la abolición de la esclavitud no significó la erradicación de la ideología racista y sus manifestaciones concretas de discriminación, a partir del predominio de concepciones eurofílicas y etnofóbicas en los procesos de construcción de los estados ribereños del Caribe, que históricamente han influido en la marginación de las comunidades afrodescendientes en la zona.

Cuando aborda la actualidad de esas comunidades, en el plazo que comprende la segunda mitad del siglo XX y los albores de la presente centuria, Duncan desplaza su exposición hacia las luchas por el reconocimiento social y cultural y la validación de los derechos humanos.

Al privilegiar aspectos constitucionales y legales, el autor se mueve en terreno resbaladizo, puesto que sabemos cómo entre la letra y el espíritu de la ley, y de las proclamas formales, se interponen obstáculos, de manera que muchas veces el deseo supera a la realidad. Hay que tomar en cuenta, además, que el ensayo fue escrito en medio del camino hacia la Conferencia de Durban contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y otras Formas Conexas Discriminatorias, que tuvo en su fase preparatoria valiosas contribuciones en el ámbito latinoamericano y caribeño, alentadas por diversos procesos asociativos en Centroamérica.

Me hubiera gustado discutir con el autor sus percepciones sobre lo que ha venido después, digamos la celebración en 2011 del Año Internacional de los Afrodescendientes y la confrontación ideológica que antecedió y resultó de la Conferencia en la localidad hondureña de La Ceiba y contrastar sus juicios con los que han sustentado otros activistas de la región, entre ellos el venezolano Chucho García. Y discutir a fondo qué entiende por racismo residual.

Me hubiera gustado también escuchar una versión más objetiva y desprejuiciada de los conflictos que tuvieron lugar en la costa atlántica nicaragüense durante la época del primer gobierno sandinista. Asimismo valdría alguna vez debatir públicamente acerca de la afinidad declarada del costarricense  hacia el cubano Carlos Moore, pieza clave en la manipulación ideológica del tema etnorracial en las Américas.

Ello no resta validez a la puesta en circulación entre nosotros de Contra el silencio. Los libros también se miden por la capacidad de generar diálogos críticos y visiones contrapuestas.