Rachel o la abstracción desde el silencio
Fotos: Cortesía de la autora
 

La pintura desbordante de color, desafiante y casi procaz, con que Rachel Valdés Camejo se lanzó al ruedo en su primera exposición personal, Sweet lifeDulce Vida— a la altura de 2011 nada tiene que ver con la que ahora presenta en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales bajo el título En el espacio.

Desde entonces hasta acá, la muy joven artista, graduada de San Alejandro y con una carrera a marchas intensas entre La Habana y Barcelona, y otras plazas promisorias en las que se ha hecho sentir, parece haber encontrado su tono más auténtico en una zona de la abstracción de mínima expresión y máxima potencia.


 

Durante la oncena Bienal de La Habana, la joven artista presentó Happily ever after, como parte del proyecto Detrás del Muro en su primera edición. En 2015 sedujo al público tanto con su exposición individual en la Fortaleza de La Cabaña, Com­posición infinita de la serie Realities, como parte de la agenda nombrada Zona Franca, que promovió las manifestaciones de los artistas cubanos, como en la trama de Detrás del muro, desplegada a lo largo del Malecón bajo la rigurosa curaduría de Juanito Delgado.

De una parte mostraba una instalación interactiva, juego de imágenes, luces y sombras, alarde tecnológico no exento de aliento humano, mientras de otra subyugaba a los transeúntes con un cubo azul en el que se podía entrar y ver el entorno a través de una pátina brillante, atemperada por la irradiación marina. La pieza Cubo Azul, se encuentra emplazada junto a la Fortaleza de La Punta.

La exposición En el espacio constituye una instancia de esa espiral ascendente por la que transita la artista al desmarcarse de la figuración y reforzar su filiación abstraccionista. En esta ocasión, como en las anteriores, Rachel apela a la luz, sus obras mantienen una constante con el uso de la iluminación desde diferentes posibilidades.  

Grandes superficies pintadas “a todo trapo” transmiten una sensación de vastedad cósmica en las cuales predominan gamas oscuras apenas surcadas por un rayo luminoso o acaso por una reminiscencia de la luz de intenso color.


 

Ejercicio de cuidado equilibrio, a veces esquivo pero sabiamente administrado. El ámbito en penumbra huele a pintura fresca, como para implicar al espectador en la proximidad del acto creativo. Indudablemente hay una expresa voluntad por exhibir, desde una aparente cercanía, la cara inversa de una de las técnicas favoritas de los expresionistas abstractos de la escuela norteamericana, que apelaban al drapping o chorreado. Rachel no improvisa para conseguir un efecto lírico, todo está calculado.

De momento pudiera parecer redundante, pero no lo es. Más bien cabría hablar de variaciones sobre un mismo tema, plural exploración que pone en solfa la aparente asepsia de la composición. La mejor prueba de este aserto se halla en las series consecutivas de pequeños cuadros que contrastan con las descomunales propuestas que configuran el centro de la muestra.

Cabe darle la razón al poeta y crítico Nelson Herrera Ysla cuando nos sugiere que la artista se hace conducir por “senderos misteriosos de la existencia en los que devela ciertas complejidades de la razón, el tiempo, lo perceptual y lo afectivo, dando paso así a paisajes y atmósferas inéditas”.