Mirta, la anticipada

 

La oportunidad de coordinar para la revista En julio como en enero, que edita la Editorial Gente Nueva con el coauspicio del Comité Cubano del IBBY, un dossier por el centenario de Mirta Aguirre (La Habana, Cuba, 1912-1980), me dio la oportunidad de conocer a viva voz una serie de testimonios según la visión de personas que la trataron y en las cuales dejó una huella profunda. Contacté a muchas otras que me contaron historias tan emotivas e interesantes y humanas como las que en breve aparecerán en la revista que coordino, pero me pidieron no darlas a la publicidad porque pudieran no ser bien entendidas o tergiversar la memoria de alguien cuya presencia en la intelectualidad nacional marcó un paso telúrico, revolucionario e inolvidable.

Yo cursaba tercer año de la Licenciatura en Periodismo justo el año en que Mirta Aguirre murió y al descubrirla hoy, en voz de tantos que no la olvidan, lamento que en aquellos momentos se extrañara en nuestras aulas la presencia de esta intelectual que lo mismo escribió del romanticismo, de Sor Juana, hizo los más vehementes poemas al amor imposible, nos legó un clásico poético como Juegos y otros poemas, teorizó sobre el marxismo aplicado a nuestro contexto o se preocupó por los destinos de la literatura para niños. Al graduarme, cuando me afanaba por cimentar una vocación en esta disciplina, mientras leía denodadamente los autores contemporáneos de la LITERATURA en la entonces bien dotada biblioteca de la Fundación Alejo Carpentier y, a la vez, me iba cada tarde a la sala Juvenil de la Nacional José Martí para actualizarme en la, a veces considerada, “literatura” con minúsculas, un buen día cayó en mis manos un voluminoso folleto que recogía las memorias del histórico Fórum realizado en Cuba en 1972 entre los Ministerios de Cultura y Educación. El texto, que hace poco un amigo tuvo la gentileza de regalarme el día que me decía su último adiós para irse lejos, tiene de lo más variopinto que podría discutirse en aquella época, pero el ensayo de Mirta “Verdad y fantasía en la literatura para niños”, sí que resulta anticipado a su tiempo y al pensamiento que entonces circulaba sobre el tema en las instituciones culturales cubanas.
En aquel instante en que se debatía algo tan trivial y a la vez trascendente como el “uso o desuso” de la fantasía, tomando su adarga como siempre solía hacer, con la voz serena, baja y pausada —pero enfática y firme, que según cuentan muchos, le caracterizaba al pregonar las grandes verdades—, Mirta tomó la palabra y cambió sin saberlo el destino de nuestras letras para la infancia.

Quizá hoy pueda parecernos casi fantástico recordar que en un momento no tan distante de nuestra historia, era imposible hablarles a los niños de güijes, ibeyes, hadas o brujas por considerarse “diversionismo ideológico” una categoría muy usada en aquel tiempo y en la cual se englobaban desde un libro, un modo de ser o hasta una persona, pero Mirta, según se lee entre líneas en su inteligente ensayo y también por lo que tantos devotos cuentan de ella, sí que la sufrió y la enfrentó con todo el valor de una quijotesca Caballero Andante. En su ensayo, que primero fue vehemente alocución ante lo que debe haber constituido un asombrado y pálido auditorio comienza diciendo: “Por eso, respetando el criterio de quienes puedan pensar que es mejor otra cosa, votamos porque no se tema demasiado a que la LIJ muestre los costados feos de la vida; no hemos terminado con ellos nosotros, y falta mucho para que se terminen en todas partes, siquiera sea en sus más graves manifestaciones”.

 

Inteligentemente, Mirta, la tan temida como amada y pocas veces comprendida, agrega también a su revolucionaria teoría: “No son niños que puedan ser criados bajo campanas de cristal que los aíslen del conocimiento de la existencia del engaño, de la astucia, de la crueldad, de la maldad. Estos niños deben y tienen que aprender que hay lobos que se disfrazan de inofensivas abuelitas” y sin saberlo (o quizá sí) estaba calzando teorías contemporáneas como la del alemán Peter Härtling 1 cuando afirmara: “Se echan de menos libros infantiles con referencias directas al entorno que hagan a los niños conscientes de los hechos sociales y políticos y que les estimulen a pensar también sobre ellos /.../ Existe una literatura infantil, cuyo hábito de mentir resulta ofensivo. La literatura para niños es también la realidad de los niños” 2. Esta opinión ilustra de maravilla una de las cuestiones tal vez más debatidas cuando se habla de LIJ en cualquier evento, revista o cátedra: ¿Hasta qué punto deben o no los escritores abordar en los libros para niños la realidad de los niños? ¿Debe la literatura para niños y jóvenes ocuparse de los temas otrora considerados tabú para esta disciplina?

Imagen: La Jiribilla

También Mirta afirmaría entonces que: “Por desdicha no podemos escandalizarnos, como Juan Jacobo Rousseau en su Emilio, de que la infancia descubra en ‘El zorro y el cuervo’ de La Fontaine, que “hay hombres que adulan y mienten para su provecho”; por el contrario, deben saberlo, puesto que es una verdad. Y, ya que se ha mencionado a Rousseau, dicho sea de paso que el apego a lo verdadero no ha de conducirnos, como le sucedía a su Julie en La nueva Eloísa, a la condenación de los recursos poéticos”. O que: “Por eso, si defendemos ardorosamente la presencia de la verdad en la literatura infantil y juvenil, con el mismo ardor defendemos la salvaguardia de la fantasía y de la imaginación en ella. Defendemos en ella, apasionadamente, la supervivencia de la riqueza poética”.

En el momento en que Mirta da a conocer su valiente e iconoclasta ensayo, a nadie se le hubiera ocurrido cuestionarse algo así, pues tácitamente se daba por establecido que los libros para niños debían cumplir una serie de requerimientos que —por fortuna para los niños sobre todo— han ido pasando de moda tales como exaltar únicamente valores patrios desde cierto chovinismo ya entonces obsoletos, el modelo de bebé probetas tan ridiculizado luego por la austriaca Christine Nöstlinger en sus reveladoras obras para la infancia o el credo que ha movido a generaciones enteras de autores contemporáneos que pretenden revindicar a la infancia de las “buenas intenciones” de los mojigatos adultos.

Sin embargo, en aquel instante en que se debatía algo tan trivial y a la vez trascendente como el “uso o desuso” de la fantasía, tomando su adarga como siempre solía hacer, con la voz serena, baja y pausada —pero enfática y firme, que según cuentan muchos, le caracterizaba al pregonar las grandes verdades—, Mirta tomó la palabra y cambió sin saberlo el destino de nuestras letras para la infancia.

Leerla me hizo reflexionar seriamente en la profundidad y amplitud ecuménica de sus planteamientos, avizorar el caudal de humanismo e ideas martianas que latían en ella y atisbar que era una figura adelantada a su tiempo. Desde las páginas de Juventud Rebelde, allá por el 87-88 comencé a introducir y hacer que vivieran sus conceptos que muy en serio apliqué a mi obra y casi 30 años después veo con alegría que muchos jóvenes autores, quizá sin saberlo, asumen ya de manera cotidiana la praxis de no mentirles a los niños en sus libros. Por razones de tiempo y espacio no escribí para En julio como en enero, estas palabras que me devuelven la memoria al reclamo de La Jiribilla y me acercan hoy a una persona que creo conocer tan profundamente y admiro tanto como sus contemporáneos, que merece todo mi respeto por haberse hecho sentir con sus verdades, dejar una huella indeleble en el tiempo y a quien solo me restaría dedicarle este epitafio: “Mirta, siempre existirán molinos, pero hay muchos alumnos tuyos dispuestos a no dejar caer tu afilada y justiciera adarga”.

 

Notas:

1. Peter Härtling (Alemania, 1933). Destaca desde los años sesenta por historias de corte realista crítico como las antes mencionadas.
2. El libro infantil y juvenil alemán en la actualidad, Winfried Freund, Internationes, Bonn, 1987.