En recuerdo de Mirta Aguirre

Conocí a Mirta Aguirre cuando estaba por cumplir la mitad de estos cien años que ahora se están conmemorando de su nacimiento.

Era 1962, cuando yo cursaba el primer año de mis estudios en la recién inaugurada Escuela de Letras, tras producirse la reforma universitaria.

Mirta era profesora de esa escuela, que dirigía la magistra Vicentina Antuña, sabia profesora de lengua y cultura latinas —tradición que continuara su eminente alumna Luisa Campuzano—.

Mirta estaba acaso en la plenitud de sus diversas capacidades intelectuales, de sus diferentes sabidurías. Había acompañado a Vicentina en la dirección del Consejo Nacional de Cultura y había sido una de las fundadoras del Teatro Nacional, aparecido con el triunfo de la Revolución. Ese teatro había rescatado el desempeño de un hacer de calidad que funcionaba, con total desamparo, en las salitas teatrales de La Habana, en las que directores como Morín, Adolfo de Luis y, sobre todo, los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, luchaban por poner en escena a Bertolt Brecht, Tennessee Williams, Jean Paul Sartre, frente al comercialismo que imperaba en las salas con algo de financiamiento de la Capital.

Mirta contribuyó a la creación del Teatro Guiñol que se convertiría en el Guiñol Nacional de Cuba, con el magistral desempeño de Pepe, Carucha Camejo y Pepe Carril.

Mirta había publicado un único libro de poesía en 1938. Lo tituló Presencia interior y constituyó un singular intento dentro de su generación por conseguir una poesía donde intimidad y sociedad no se manejaran como entidades irreconciliables. Es una referencia para la poesía conversacional que aparecerá años después. Más tarde, con Juegos y otros poemas, conseguiría el que me parece que es uno de los más hermosos textos de poesía para niños de nuestra lengua. Fue una mujer de muy diversas aristas.
En los años 40 conquistó el premio Justo de Lara con un ensayo sobre la obra de Miguel de Cervantes cuya importancia perdura hasta hoy. Además de a la cervantista ilustre, quienes fuimos sus alumnos en la Escuela de Letras, disfrutamos de su saber enciclopédico sobre la poesía española de los Siglos de Oro y sobre el complejo fenómeno que es el Romanticismo europeo. Afortunadamente, dejó ese saber atrapado por la letra impresa. Son textos que siempre merecen reeditarse.

Mirta Aguirre impartía en Letras una asignatura que ella denominó Elementos de Composición Literaria que, a primera vista, solo quería enseñar a sus estudiantes a redactar con propiedad el español. En verdad, era un personalizado curso de retórica y poética que entraba no solo en el contacto con grandes escritores de la lengua sino que, además, profundizaba en procedimientos esenciales de la poesía clásica y contemporánea. Ella quiso que yo fuera el alumno ayudante en esa asignatura. No la complací entonces, pero escribí un libro sobre la evolución histórica del lenguaje tropológico que se apoyó en las enseñanzas que dejó en mí y, años después, impartí la misma asignatura que ella quiso, años atrás, que yo me preparara para enseñar.

Mirta, tiene también importantes acercamientos al cine, porque se desempeñó por años como crítica teatral y cinematográfica del periódico Hoy, el órgano del Partido Socialista Popular, en el que militó, antes de hacerlo en el Partido Comunista. De ese trabajó derivó, años después, un número de importantes conferencias sobre el neorrealismo italiano que impartió en la sala teatro de Bellas Artes. Merece la pena recordarlas, porque fue esa tendencia la primera que incidió en el nuevo cine cubano, fundado en 1959.

No quiero dejar de mencionar, al recordar el trabajo de esta mujer de tantos registros, el premio que la dirección de Bellas Artes de México, le concediera por su libro Del encausto a la sangre, en torno a la obra y la personalidad de la primera gran poeta americana: Sor Juana Inés de la Cruz.

Los jóvenes cubanos pueden hallar un muy rico caudal de conocimientos, de sabiduría, en los libros de esta maestra escritora, tan viva hoy, a los cien años de haber nacido.