¿Qué significa La Habana?

No basta con repetir que es la capital de todos los cubanos. No es suficiente la avalancha de turistas admirados, ni la ardua restauración que, gracias a Eusebio Leal y su equipo, nos permite mostrar el casco histórico en todo el esplendor del sitio mágico que es. Ni los poemas, ni las canciones, ni las fotografías habaneras de antes y de ahora, alcanzan. Ni siquiera el malecón, ese recordatorio que nos martilla la condición de marinos impenitentes, basta para expresarlo: La Habana es sagrada. No un moisés que guardamos de recuerdo, ni un daguerrotipo preservado del polvo, ni tampoco una medalla que se enseña a los nietos como constancia de glorias pasadas. La Habana es muchas cosas a la vez: escenario de cruentas batallas, matriz y losa de numerosos mártires, hervidero de contradicciones, testigo y protagonista de instantes gloriosos, bellísima urbe, y cuna de todos nosotros, sus hijos fidelísimos.
 


 

Nos duele en extremo su estropicio, el deterioro galopante de sus calles, de sus casonas fabulosas, de sus portales, parques y avenidas. La Habana nos estremece con su decadencia en la misma medida en que nos conmina a amarla. Pero muy poco hacemos por ella. Nos dejamos atrapar en la maraña burocrática de qué cosa le corresponde hacer a quién, y el resultado es que se contempla su descalabro con pasiva complicidad. En la última asamblea de rendición de cuentas a la que asistí, volví a escuchar los mismos reclamos de los vecinos desde hace muchísimos años: la necesidad de podar árboles en etapas preciclónicas, el apremiante arreglo de las aceras, el peligro del salidero de aguas albañales, el mal estado constructivo de muchas viviendas, la creciente indisciplina social, y un triste etcétera. Confieso que fue entonces cuando me enteré, según las explicaciones de mi delegada, que una acera contiene los cables de la luz, y la de enfrente, los de teléfono. El cuidado de los postes y el funcionamiento de las líneas de cada uno de estos servicios son, según reglamentaciones, responsabilidad de la empresa eléctrica y de la empresa telefónica, respectivamente. ¿Y qué hacen Comunales y Forestales?, preguntamos a coro a la pobre delegada, quien suspiraba entre quejas, mientras elevaba los hombros como quien dice: Yo no sé.

Lo cierto es que nadie se ocupa, en la vida real y verdadera, del mantenimiento del pentagrama que simula el cablerío típico de nuestras aceras. Y como nadie precavidamente poda los árboles, ni estira las líneas, ni repone transformadores del tiempo de la colonia, pues el huracán llega, y, a sus anchas, gozoso, arrasa con cuanto esté a su paso. Y como somos un pueblo de emergencia, de conducta ejemplar en momentos de crisis, se arma la de San Quintín. Admirablemente, linieros habaneros y de otras provincias solidarias, podadores, forestales, comunaleros, soldados, voluntarios y bomberos acuden en tropel, y arreglan el desbarajuste de postes, líneas, árboles y transformadores derribados. Hasta la próxima tragedia ciclonera no los vemos más. Son como amigos que nos visitan cada dos o tres años.

Si bien es cierto que no disponemos de recursos (camiones, sierras, postes, equipos, cables), ni de conocimientos suficientes para asumir tareas propias de eléctricos, de linieros ni de operarios telefónicos, también es verdad que podemos contribuir a que la vida habanera sea menos fea. Recuerdo en mi niñez cómo pintábamos los contenes y las bases de los árboles cada vez que se acercaba alguna fiesta colectiva. Y las cadenetas de una acera a la otra, y recuerdo las fogatas que hacíamos los niños, mientras nuestros padres barrían la calle, chapeaban las aceras, organizaban planes tarecos, y entre todos embellecíamos la cuadra. Aunque sea la técnica de untar colorete a una vieja, debemos rescatar esas costumbres. Todo radica en las ganas de no permitir que la desidia, la burocracia y el desinterés ganen la batalla. Nuestra difícil cotidianidad con sus reclamos perentorios, apenas nos deja tiempo, pero si de veras amamos a La Habana, tenemos el deber de acariciarla.

Para demostrar amor a esta cortesana del sol, no bastan las vueltas a la ceiba de El Templete el 16 de noviembre, ni pronunciar cien veces al día que La Habana es de veras una maravilla. Si cada uno de nosotros ocupara cinco minutos diarios en restañar lo que tantos inconscientes hacen por lacerar nuestra hermosa y gigante casa, al menos sentiríamos que no estamos dejando desamparada a la majestuosa dama que dentro de dos años cumplirá sus primeros 500 años de existencia. ¡Salud, querida nuestra, y larga, eterna vida para ti!