¿Qué nos toca hacer?

Si coincidimos con que una mentira repetida cien veces se convierte en verdad, nos daremos cuenta del poder de los medios de comunicación, y el peligro que suponen cuando mal jerarquizan, priorizan lo inservible, hacen famoso al que no lo merece, hacen creer qué es lo que se prefiere, lo que está de moda y visualizan zonas de la seudocultura que nada tienen que ver con la real, la que hemos alcanzado y estamos llamados adefender.

Pero no son solo los medios los que valorizan determinados fenómenos y le franquean, pese a su mediocridad, el acceso a todos los espacios posibles. Desde otros poderosos contextos se hace creer a muchos que esa chatarra imitadora de otras chatarras foráneas son la cultura de una nación que no solo cuenta con una política cultural acertada, sino con una tradición y una larga historia en  la alta cultura.


El dúo matancero Lien y Rey en la peña de Roly Berrío en Santa Clara. Foto: Y. Malú Vilasa Trujillo


Algunos decisores locales, basándose en el absurdo y desestimador concepto de que responden al gusto de una mayoría, que ellos mismos han contribuido a deformar y que está por ver cuán mayoritaria es, pues hasta donde conozco no se ha hecho un estudio serio de ese fenómeno; tributan a la visualización y jerarquización de fenómenos como los que, ciertamente, han proliferado en los últimos años.

Ocurre además que muchas veces los protagonistas de semejantes acontecimientos, sobre todo en el caso de la música, el más visible de nuestros géneros artísticos, no han entrado jamás a una academia y nadie puede explicarse cómo lograron vencer una rigurosa evaluación artística (que resulta compleja incluso para instrumentistas que muestran virtuosismo, deseos y condiciones técnicas), para ganarse el derecho a ocupar un escenario. A estos les basta más o menos con ser medianamente afinados, poseer un código de “belleza latina” que se ha establecido, y entrenar el cuerpo con ejercicios físicos que, a falta de talento, exhiben desinhibidos en cada espectáculo. Tales cantantes suelen ser vulgares no solo en las letras que mal defienden, sino en su comportamiento y falta de educación y cultura, ingredientes esenciales para granjearse la imitación y el fervor de un considerable sector del público.

Pero sucede además que muchos de estos seudo artistas han logrado ganar, por cada presentación pública, más que cualquier proyecto musical o artístico serio de los muchos que existen, para orgullo de nuestra cultura y confirmación de la valía de un sistema de enseñanza artística como el que hemos creado y sostenido. A El Micha, por ejemplo, uno de nuestros municipios le acaba de pagar, por un concierto, treinta y cinco mil pesos, el equivalente al derecho de autor de más de siete libros de la Editorial Capiro; esto sin que nadie sepa a ciencia cierta quiénes deciden esos altísimos pagos que, por supuesto, salen de los presupuestos estatales o de cualquier otro fondo que debería destinarse a proyectos culturales que aporten a la formación de un pueblo que merece disfrutar de tanto buen talento formado también a costa de sus sacrificios.


La Trovuntivitis en su espacio habitual de los jueves en El Mejunje. Foto: Kaloian


La única explicación que uno puede encontrar a todo esto es que con ello se beneficie económicamente el programador, el decisor y sabe Dios cuántas personas más; integrantes de equipos de trabajo concebidos para diseñar y articular una programación verdaderamente cultural, coherente con la política cultural del país y consciente del valor cultural que ha de respaldar semejantes gastos, siempre a favor de la promoción y difusión de lo mejor de nuestra cultura.

Por eso estos mismos municipios no tienen presupuesto luego para asumir el pago a los escritores que asisten a las Ferias del Libro planificadas en cada territorio, o simplemente no son capaces de costear una peña o actividad sistemática de cualquiera de las prestigiosas instituciones musicales con que contamos en el territorio.

Cuando he podido acceder a la ejecución del presupuesto para la cultura por municipios e instituciones, me he preguntado si alguna vez quienes están mandatados para ello revisan frecuentemente a qué manos van a parar esos dineros y cuánto realmente se invierte en proyectos útiles y válidos, integrados por los artistas y escritores más importantes de la provincia. ¿De qué manera se pude justificar que muchos de estos artistas de gran valía hace años no participan en actividad alguna en ningún municipio o que muchos de los que llamamos vanguardia literaria (categoría casi en desuso por la falta de jerarquización imperante) hace años no es invitado a un Café Literario de los que financia el propio Municipio de Santa Clara?

Está claro que resulta escabroso y hasta peligroso entrar en este terreno, puedo dar fe de ello, pero no es menos cierto que lo que no hagamos hoy, en este sentido, lo lamentaremos mañana; sobre todo quienes tenemos conciencia del retroceso cultural que ya es posible visualizar en todo el país.

La idiotización y vulgaridad imperantes, la falta de compromiso y el apego a consumir lo peor de una subcultura que florece con saña, unido al desconocimiento de los valores defendidos durante todos estos años por nuestra política cultural, imprescindibles para discernir entre lo que aporta y lo que daña, avisan del peligro que corremos.

También creo que todo esto ha sido posible por la crisis que muchas instituciones culturales muestran, entre otros motivos por los bajos salarios que reciben sus trabajadores, lo que ha conducido a una falta de especialización y retención y a un considerable descenso del nivel profesional de las instituciones. Creo además, que la corrupción (palabra a la que tanto le tememos) tiene también mucha responsabilidad en todo esto.

Considero además que la UNEAC, como espacio aglutinador de la vanguardia artística y literaria, está llamada a constituirse en espacio de resistencia a estos fenómenos que tanto afectan el sostenimiento y desarrollo de la cultura. Y debe hacerlo, en primer lugar, manteniendo en sus predios una programación coherente e inteligente, que sirva como referente o primer escalón para ganar ese derecho a encabezar una batalla que es, en primerísimo lugar, de orden político y que pasa, en el caso de las asociaciones de creadores, por la jerarquización de sus miembros, de sus proyectos y por su vinculación con la comunidad, a la cual ha de tributar lo mejor de nuestras creaciones.

En este sentido, la UNEAC villaclareña está en condiciones de encabezar esa gran batalla porque la cultura, en tanto espiritualidad del país, siga siendo escudo y espada de la Nación, más allá de la repetición vacía de la frase, en tiempos en los que urge cubrir todos los espacios posibles con nuestras mejores ideas y proyectos.