Por esas altitudes

Parece imposible que alguien pueda alcanzar sabiduría tal en el trayecto de una vida harto agitada. Porque ascender a esa cima requiere calma para leer miles de libros, estudiarlos, analizar los hechos cercanos y distantes y entregarse a profundas meditaciones.

Y sin embargo, ocurre. En Cuba hay ejemplos ilustres, entre ellos el de Mirta Aguirre.

Sosiego pleno solo lo tuvo Mirta durante la niñez y el despunte de la adolescencia. La madre, excelente pianista, profesora de la Escuela Normal de Matanzas, y el padre, empleado de buen sueldo en una empresa bancaria, le proporcionaron holguras y conocimientos. Apenas alzaba tres cuartas del suelo, la madre le enseñó a leer y escribir, y la acomodó amorosamente en la banqueta del piano. De la mano de sus progenitores asistía a conciertos y tertulias literarias.

La simiente brotó agradecida. Luego, a la salida de la escuela, en compañía de varios condiscípulas, iba al coliseo del hoy cine Payret, donde la sociedad Pro-Arte Musical, de extraordinaria importancia en el auge de la cultura cubana de la época, brindaba funciones de ópera y música selecta a cargo de intérpretes y directores de fama internacional.


“Me enrolé en el Ala Izquierda Estudiantil. Y empezó el jaleo:
protestas en las  aulas, asalto a los tranvías gritando Abajo Machado.”

 

“Pero no fui una niña prodigio ni nada por el estilo —me dijo un día cuando refrescábamos cosas de ayer—. A los 12 años dejé el piano, porque, aunque sentía pasión por la música y la siento, mi cerebro no me daba, o mi voluntad, no sé, para las exigencias de cursos musicales superiores y a la vez meterme de cabeza en los estudios previos al bachillerato. Además, necesitaba tiempo para otro disfrute: los libros de aventuras y las novelitas románticas que tragaba por arrobas”.

Y asoma aquí ese no tomarse en serio, esa ausencia total de presunciones, esa  manera suya de conversar, directa, a la criolla. Incluso en lenguaje común y corriente, signo palmario de la sencillez monda y lironda de Mirta Aguirre, actual directora del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba.

Con todo y el ingerir aventuras y novelitas del género rosa, pronto, en cuanto concluía la última clase, bajaba apuradísima los escalones del Instituto No. 1 de La Habana, para no perderse las conferencias impartidas por prominentes personalidades españolas y latinoamericanas en la Sociedad Hispano-Cubana de Cultura, creada en 1926 por un prócer de nuestra intelectualidad: Don Fernando Ortiz.

“Tampoco iba yo sola. Fuimos muchos los alumnos del Instituto que escuchábamos boquiabiertos aquellas lecciones estupendas. Existía a mi alrededor una tremenda efervescencia de saber”.

Acontecimientos trascendentes venían sucediendo a partir de 1917, cuyas resonancias, a través del hervor universitario, permeaban a la muchachada que a fines de la década del 20 cursaba el bachillerato. Encendía el horizonte el parto colosal de la sociedad socialista soviética, fruto de la Gran Revolución de Octubre, y la fundación por Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba. Detentaba el poder en este pedazo del suelo caribeño, Gerardo Machado, cavernícola sumiso a los intereses yanquis, quien a velocidad intentó estrangular el avance de las conciencias despiertas. Ordena Machado el asesinato  de Mella en México y la juventud cubana sangra por la herida. La repulsa del tirano se extiende y fructifica. Y cesa entonces, definitivamente, el sosiego de Mirta Aguirre.

“Me enrolé en el Ala Izquierda Estudiantil. Y empezó el jaleo: protestas en las  aulas, asalto a los tranvías gritando Abajo Machado, llevar y poner bombas y petardos, y a huir como ardillas con la policía pisándonos los talones. Cientos cayeron presos y de muchos no volvíamos a tener nociones hasta que al cabo de los meses aparecían asesinados. Ingresé en la Liga Juvenil Comunista, pero de Marx y Engels lo ignoraba todo. De Lenin sí leía, a hurtadillas, folletos fundamentales. Y la historia de Cuba la desmenuzaba imitando a Sergio, mi hermano menor”.

Formó filas en Defensa Obrera Internacional y en la Liga Antimperialista. La amenazan, la persiguen, y sin terminar el bachillerato se ve obligada a exiliarse. Un alto empleado de la United Fruit Company  le facilita el arribo a Honduras y la instala en los predios de la bananera.

“Allí tuve ante los ojos, y al desnudo, los tentáculos y procedimientos de los monopolios norteamericanos, y por ende, al trato bestial a los trabajadores. Honduras fue para mí un tono en carne viva de El Capital”.

Pasa a México, y unido al quehacer revolucionario vence un curso de Bacteriología. Le gustaba la Medicina y pensaba llegar a laboratorista, me ha dicho, sonriendo y sorprendiéndome, porque no la concebía aficionada a esas  especializaciones científicas. A mi extrañeza contestó:

Parece que alguien pueda alcanzar sabiduría tal en el trayecto de una vida harto agitada. Porque ascender a esa cima requiere calma para leer miles de libros, estudiarlos, analizar los hechos cercanos y distantes y entregarse a profundas meditaciones.

Y sin embargo, ocurre. En Cuba hay ejemplos ilustres, entre ellos el de Mirta Aguirre.

“¿Por qué no? Ciencias y letras por múltiples ángulos están emparentadas y lo que denominan vocación suele ser asunto de circunstancias”.

Verdad, desde luego.

Derrocado Machado, distintos deberes la retienen en tierra azteca. Con los comunistas de la patria de Juárez había estrechado contactos y ya era miembro de varios comités muy activos: el mexicano de Socorro Rojo Internacional y “Manos Fuera de Cuba”. Y presidió el traslado de los restos de Julio Antonio Mella hasta que fueron traídos a Cuba bajo la custodia de Juan Marinello.

Viaja a La Habana e interviene en la huelga sangrienta de marzo de 1935. Sufre en pocos días la represión feroz al movimiento obrero y la angustia de verlo deshecho por el odio reaccionario. Va a México de nuevo y finalizando 1936 retorna a la Isla, concluye el bachillerato, impulsa la campaña Pro-Defensa del Niño Español —el trío Hitler, Mussolini, Franco arrojaba torrentes de plomo sobre la República recién constituida en la península ibérica—, comienza a trabajar en el Ministerio de Hacienda, matricula en la Universidad, e integra el grupo Organizador del Tercer Congreso Nacional Femenino celebrado en 1939. Las tareas del Partido aumentan, la absorben y aun así y cumpliendo en el empleo, se gradúa de Doctora en Leyes en 1941, obtiene el título de periodista en la Escuela Profesional Manuel Márquez Sterling y emprende cursos especiales de Marxismo, Teoría Literaria, Teatro, Idiomas y Música.

De inmediato, siendo miembro del equipo redactor del rotativo Noticias de Hoy, órgano de prensa del proletariado, escribe las columnas de cine, teatro y música —crónicas y comentarios deliciosos por la agudeza de enfoque y el estilo clarísimo y ameno—, y acomete cuanta urgencia demande la línea editorial del colectivo, verdadero vaso comunicante con los obreros, los campesinos y las capas progresistas del país.

Llega a término la catástrofe bélica —1945— y enseguida la despojan del empleo en el Servicio de Defensa Civil, porque el asedio a la militancia de izquierda volvía a  las andadas por orden expresa del mando yanqui. Ese  mismo año le otorgan el premio periodístico “Justo de Lara” a su artículo “Fritz en el banquillo”, un alegato contra los crímenes del fascismo nazi.

Envía a México, a los Juegos Florales Iberoamericanos, el trabajo “Influencia de la Mujer en Iberoamérica”, y gana también el premio de Ensayo.

Mientras, el clima de violencia empeora. En 1948 la policía entra a saco en la planta radiofónica Mil Diez, vehículo de ilustración integral, y la destruye. Pero el Partido —que desde 1944 había adoptado el nombre de Partido Socialista Popular— aunque pierde una tribuna no le faltan donde menos el régimen puede clavar las garras. La sociedad femenina Lyceum propiciaba oportunidad a algunas figuras descollantes del sector intelectual, por más radicales que fueran. Mirta pertenecería a la prestigiosa institución de objetivos básicamente artísticos-literarios, y en aquel ámbito culto y dinámico disertaba en torno a temas diversos deslizando siempre la ideología marxista de la cual ya estaba enriquecida.

A un concurso del Lyceum presentó y obtuvo el primer premio. “Un Hombre a través de su Obra”, ensayo acerca de Cervantes y “El Quijote”, que revela un expertísimo manejo del método dialéctico aplicado a las investigaciones humanísticas. Todavía me pregunto de dónde sacó jirones de quietud, en el fragor del momento, para escribir este libro de tanto vuelo y hondura.

Por ese período —contraste mayúsculo— redactaba cuartillas y cuartillas para la revista Vanidades.

“Figúrate tú, Vanidades. Hasta el rotulillo se las traía. Algunas secciones llevaban mi firma y en la mayoría usaba seudónimos. La de “belleza” la extraía de dos textos franceses, pues de linduras faciales yo no sabía ni hostia. También la revista me pagaba por traducir novelas al inglés. Y buscando los pesos, fui, asimismo, una especie de escritora fantasma en la empresa jabonera Crusellas. Nadie estaba exento de tener que agarrarse a los instrumentos mercantilistas, pero sí, no tracé una sola frase de la que ideológicamente me avergüence. Lo logré a fuerza de astucia, malicia en cantidades industriales y acrobacias palabreras”.

Sale a flote y retoza en el rostro de la Dra. Aguirre la veta humorística, que en ella parece congénita. Ni la exhibe ni la oculta. Le brota espontánea y sutil, encantando y sacudiendo. Es parte de su modo de ser, risueño de adentro a afuera. Célebre humorismo, de filo irónico, las más de las veces, que le ha servido de mucho para salvar situaciones encrespadas, demoler fantoches, desfacer entuertos, burlarse de ciertas erudiciones y matizar de gracia pícara sólidas charlas y páginas emanadas de su talento.

Ya ve usted. Y tocante a seriedad, rigor, disciplina y sacrificios, ¿quién le pone un pie delante?

Fue la Secretaria de la Federación democrática de Mujeres Cubanas y en el apogeo peligroso de la guerra fría acudió a París como integrante de la delegación comunista —de Cuba no concurrió ninguna otra—, al Primer Congreso Mundial por la Paz. Cada hito histórico la encuentra lista a cumplir la extensa minuta de deberes.

El asalto al Cuartel Moncada expande a los cuatro vientos el clamor de José Martí y en represalia, el bastistato mata y sanciona. Clausura el periódico Hoy e ilegaliza el Partido. La jauría gobernante adivina, y no se equivoca, el nexo más o menos subterráneo, más o menos inmediato, entre los viejos marxistas y los nuevos abanderados de la Patria.

Empieza un lapso de fuego graneado y prestezas clandestinas durante el cual Mirta asume la responsabilidad de dirigente política en la sociedad cultural “Nuestro Tiempo”, cobertura preparada de antemano. Allí imparte seminarios, fomenta grupos de teatro y debates de cine, orienta, conspira y todo lo encauza hacia el porvenir socialista. Desde su trinchera en el llano batalla de diferentes formas, pendiente de Fidel y la contienda de las Sierras.

Triunfa el Ejército Rebelde y a Mirta, claro, le llueven los cargos: directora de Artes Dramáticas del Teatro Nacional Avellaneda, organizadora de la primera escuela de Instructores de Arte, directora de Teatro y Danza del Consejo Nacional de Cultura, profesora de Redacción, Composición Literaria, Métrica Española, Tropología y Lírica Castellana en la Universidad de La Habana. Parejamente, acuartelamientos de milicia, guardias, y duras jornadas de trabajo agrícola enfundadas las piernas en las botas y las manos enfangadas en siembras y desyerbes. Y corre a los centros laborales a dar cursillos y conferencias, y corre a cubrir asesorías técnicas dondequiera que la reclaman.

Agréguense ahora los nombramientos de los años posteriores y los viajes al exterior para asistir a congresos, sesiones científicas, encuentros de escritores y divulgar las hazañas de nuestro proceso revolucionario.

Y uno se pregunta:

¿Cuándo ha gozado Mirta de tranquilidad? ¿Cuándo le ha sido cómodo dedicarse a las lecturas y meditaciones capaces de conducirla a la altísima jerarquía intelectual que para orgullo de Cuba le reconoce medio mundo?

Inexplicable. Y sin embargo, las evidencias de su calma reflexiva en los instantes de estudio, son fáciles de advertir.

Basta, por ejemplo, repasar “La Obra Narrativa de Cervantes”, compendio de clases a los alumnos de Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de La Habana. El tomo contiene la información voluminosa acumulada, interpretada, metabolizada, sintetizada y expuesta por ella respecto a los autores españoles de los llamados Siglos de Oro del habla y la escritura castellana. Y abunda en citas y referencias de multitud de exégetas de los clásicos. 


 

Basta, por ejemplo,  detenerse en Del Encausto a la Sangre, examen minucioso de la personalidad y las circunstancias de la genial y torturada Sor Juana Inés de la Cruz, una monja nacida allá por 1651, antecesora —y símbolo—, entre otras valías, de las luchas preliminares de la mujer en América Latina por no dejarse aplastar. El apresamiento del tema, pensado y repensado, ilumina aquí asombrosamente, que el libro, regio y breve, mereció en 1974 el primer premio en el concurso internacional sobre Sor Juana convocado por México, lugar donde nació la religiosidad indócil.

Basta, por ejemplo, hojear Juegos y otros Poemas, ramillete de amor a los niños, recreación estética de la Dra. Aguirre, pura recreación, fina y paciente, sustentada por el dominio cabal de la métrica, la psicología infantil y la didáctica.

Y uno se pregunta:

¿Cómo habrá podido? Y puesto que a los 67 años continúa en la brega política y en la brega científico-literaria, educando, dirigiendo, escribiendo, ¿cómo puede?

Quizá sea concierto de facultades óptimas, de labranza de sí misma y coyunturas ocasionales. Quizá sea un perenne no dormir. Quizá… No sé. De cualquier modo, tras el bien ganado renombre de la Dra. Mirta Aguirre Carreras están la revolucionaria y la escritora completas y fundidas en la marcha de acción simultánea en punta hacia las cumbres del quehacer y el saber.

Por esas altitudes anda y señorea su pródiga maestría.

 

Fuente: Revista Mujeres /Año 19 No. 12 diciembre 1979