Pidiendo la forma al hecho: un Premio David para recordar

Pareciera que Larry J. González se afilia en su primer y muy original libro La novela inconclusa de Bob Kippenberger al concepto de poesía de Heaney, donde se afirma que es un orden acorde con el impacto de la realidad exterior y, al mismo tiempo, sensible a las leyes internas del propio poeta. En él, como en los variados films que refiere a lo largo del cuaderno, se respira una inquietante atmósfera que mezcla lo cotidiano con lo soñado, escapando a veces a la comprensión exhaustiva, donde el contexto en muchas ocasiones se convierte en el texto —se ajustan como entramados el asunto del poema y puede que quizá también el argumento—. Se conforma un mundo con lo cotidiano a partir de una pródiga y deseosa imaginación, y el impulso humano analógico inevitable. El mundo interior ordena el mundo exterior desde la imaginación. Sobre el texto literario referido: “la novela”, se conforma otro texto, otra “novela” —la novela de la novela— con los azares tejidos e insidiosos de la realidad. Se confunden dichos azares con la trama de la historia que se cuenta. Tal “relato” del relato también da cabida a nuevas elucubraciones: ¿qué escribiríamos ante un nuevo deseo– argumento?

En este ámbito postmoderno lo que sucede y lo que se escribe llegan a conformar un constructo: lo efímero y fugaz formando parte del grosor. Por eso se atesoran también las notas de un viaje, que son igualmente la novela, el apunte hecho obra y su afán zigzagueante. Se multiplica la función referativa: por momentos no sabemos si leemos fragmentos de la novela inconclusa o asistimos a la evocación de dichos fragmentos en la voz del hablante lírico. La novela inconclusa es a veces una historia paralela conformada por apuntes, y en otras, la novela referida en el texto se erige más como un personaje que como un mero objeto que entra en relaciones. Asciende en estas páginas el fragmento como depósito de lo efímero, interceptándose con la imaginación y lo posiblemente trascendente. Se echa mano a su rotundidad y ambigüedad, y descubrimos aquí que se contamina por afán invertido con el poder de sugerencia del poema.

La referencialidad en este poemario, de gran carga lúdica, crea una curiosa cadena, organiza una forma del discurso: un catálogo, una foto, un cuadro, se convierten en textos, como olvidados medios de comunicación que también son, y en sutiles ángulos de enunciación; se confunden ex profeso escenas de alguna película referida con escenas o fragmentos de este libro de poemas que insiste en ser llamado novela. El poeta construye su mundo con la realidad y su espejo, que puede ser un film, una novela, un cuadro, y el espejo se confunde con la realidad o se teje con ella por medio de la imaginación. Como hemos venido insistiendo, el texto se conforma de narrar, la narración es la manera del tejido, que no la narrativa. “Su poesía posee el rastro de un sujeto que se sabe parte de la ficción narrativa y de una ficción que no guarda diferencia alguna con la realidad”. Lo poético se alcanza por medio de lo lúdico y la imaginación que aquí son convertidos en formas de organizar el mundo. En tal sentido nos viene a la mente Denise Levertop cuando decía que así como es la vida, es la forma. A su vez pensaba esto al reparar en la idea de Emerson que reza: “Pídele la forma al hecho”. A veces la imaginación escala o desciende a la obsesión y la acción también ocurre en el recuerdo, o se recogen parlamentos de voces que se escuchan. Escozor–escarceo del que escribe que lleva a preguntarnos: ¿qué mundos va a unir un discurso, un tejido? No van a ser diversos pareceres solamente o abiertas superficies genéricas, sino texturas mediáticas: un film o su propaganda, un catálogo, un magazine, un tanto más privadas como la carta, que por antonomasia terminan en apuntes, en fragmentos — también puedo explicar lo que quiero hacer sentir por alusión, por referencia a algún otro tramo artístico de alguien—. En tal sentido, la memoria escurridiza fabrica su rizoma inconteniblemente. ¿Se puede hablar de dirección en la referencialidad? Pensaríamos más bien en derivación e interdependencia, en la novela que habla de la novela que existe y de la novela que vendrá, pues algunos entramados conformados como notas contienen gran parte de la poética del libro. Y nos seguimos preguntando ante este cuaderno inusual y rupturista dentro de la joven poesía cubana: ¿qué acción caracteriza a esta supuesta novela? ¿La de los movimientos y esfuerzos de un cerebro que une diversas realidades, diversas texturas o lugares que pueden ser igualados, o la obsesión de fijar, recoger o relatar los momentos de su concepción, por ejemplo, qué hacían “los personajes” o “los protagonistas” cuando tal texto se escribió, incluso lo que consideró y luego desechó? El delicado y a veces cruel proceso que media entre el terminado de un libro, su revisión, los textos que ascienden y los que bajan inexorablemente.

La búsqueda de lo inaprensible y el aparente estilo divagatorio caracterizan a esta escritura de aire minimalista, que deja entrever su descendencia, acaso un film de David Lynch, un cuento de Labrador Ruiz, la devoción barthesiana por el fragmento, entre otras mediáticas confluencias, donde el segmento también comunica su nada navegando hacia todo. Varios poemas tienen un segundo aire, un segundo momento interior, precedido de un silencio que a veces explica la dependencia que entre ellos puede existir, un salto pensante o un salto de plano. Aunque todo el cuaderno está exquisitamente conformado, prefiero la última sección: “Las escamas del lucio”, donde la historia de una historia abusa de su objetividad rayana, conformando su aliento legendario, y lo fugitivo y lo factual trasiegan con sus luces, al tiempo que crean sus vacíos. Allí este lenguaje factual se traduce en un lenguaje de lo imperecedero por medio de la mezcla de términos acuáticos y lexemas de prestigio poético como “sol”, ”salir al sol”, “subir”, “bajar”, o la idea de la contemplación:

 

IV

Los tres hombres aguantan la respiración.
Quise ser el del medio que gana y sale al sol.
Bajar la escalerilla. Hundirme cincuenta pies mar adentro
con una hilera de burbujas que suben.
Hay peces que seguro te interesan allá abajo, sabes.
Las burbujas se estrellan en la superficie del agua.
Estoy centrado en una imagen tiesa.

En esta sección del libro se manifiesta, igualmente, la poética del verso como fruto del dolor y como alivio a él. Penetra también en ello el pez como causante de la herida: la dinámica del dolor – recuento del dolor, y emergen dos símbolos vivos, uno dinámico y uno fijo: el pez y la cicatriz. La historia que se cuenta puede ser tan sencilla como un minúsculo movimiento, que acaba siendo leyenda o metáfora de toda historia. Así, el valor perecedero de una herida o un dolor puede ser crucial, fructífero, pero al fin y al cabo, perecedero hasta que se repita en la historia de otros.