PedagogĂ­a de la verdad (I)

Deseando escapar del tradicionalismo, la escuela cubana intenta hacer frente a los desafíos del siglo XXI. Sus proposiciones motivan el interés por un diálogo social de manera permanente. Sin romper el vínculo con una significativa tradición pedagógica, la responsabilidad más que con la formación técnica, deviene ahora con la salvaguarda de lo esencial que delimita y rejuvenece el proyecto nacional.

Múltiples análisis enfocan el “problema educativo”. Familiares, maestros, alumnos y directivos apuntamos por aproximación algunos de los talantes que laceran a la educación en el país. Sin embargo, sobresalen opiniones comprometidas más con los aspectos estructurales que con el paradigma que defiende y despliega nuestra pedagogía contemporánea.


Palabras de clausura en el Congreso Pedagogía 2017, a cargo de Miguel Diaz-Canel,
Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba. Foto: José M. Correa

 

Recientemente, un grupo de adolescentes emitió de nuevo una alarma social. Los estudiantes encuestados definían a los planteles —en cifras considerables— como un lugar aburrido y poco aportador. Señalaban la incomunicación entre docentes y alumnos. Interpelaban la correspondencia entre las habilidades que le ofrecía la enseñanza con respecto a las situaciones que enfrentaban cotidianamente. Cuestionaban, en resumen, el modo en que los preparábamos para vivir.

En otro contexto, alumnos y profesores diferían en torno a los espacios que provee la universidad para generar un razonamiento crítico. El compromiso a participar en la trasformación de la sociedad, las herramientas ofrecidas para proyectar soluciones a los problemas profesionales, emergieron en la discusión.

Interpelando las valoraciones, una colega advertía la necesidad de no rebasar los “moldes teóricos” vigentes. Un ejercicio crítico del pensar podría resultar —a su juicio— contraproducente con los fines generales de la formación universitaria.

Considerados como ejemplos aislados, poco lograrían exponer estos relatos. Ambas situaciones poseen, sin embargo, un eje común. Atropellan por su naturaleza la consumación original y creativa de la tradición del magisterio criollo.

Reducida la labor educativa a la mera apropiación de conocimientos, poco puede aportar en el diseño de una sociedad. La extensión de un modelo bancario, receloso del papel protagónico del estudiantado y del resto de los agentes, ralentiza cualquier aspiración de perfeccionamiento.

La escuela teoriza, discute sobre principios y verdades. Al enfocarlos solo como contenidos, promueve un paradigma fragmentado. Ello limita las posibilidades de comprometerse con la trasformación del medio, partiendo de una comprensión total y abarcadora. 

Las ideas del discurso se figuran incoherentes ante la exigua profundidad con que se enfoca la motivación para estudiar. Sin reparar la estructura básica del sistema, se promueven en ocasiones valores opuestos a los que definen la sociedad en su conjunto.

Imaginar el funcionamiento de la institución docente alejado del trasfondo ideológico de su tiempo puede ser un error irreparable. También pudiera resultar un equívoco utilizar ese principio como atadura al pensamiento social y a la contribución que para la vida en colectivo ella debe distender.

Enrique José Varona, uno de los patriotas más lúcidos que vivió hasta entrado el siglo XX, había enfocado algunas de estas preocupaciones. Vinculado estrechamente al magisterio y con marcado énfasis en el nivel superior, señalaba en uno de sus escritos:

(…) Hay que enseñar a observar y comprobar, única manera real de enseñar a pensar, a fin de que el pensamiento sea guía para la vida (…) La universidad debe ante todo despertar curiosidad de saber, el deseo de ver cada cual por sí mismo, de experimentar, de investigar, de criticar. Su esfuerzo mayor se dirige a despertar y mantener vigilante la independencia del espíritu personal [1].

La educación entendida como una forma imprescindible de política cultural, puede trastocar la realidad espiritual de una nación. Comprometida profundamente con alumbrar el futuro, ha de favorecer el diálogo entre contextos disímiles, actores y visiones comunes del proyecto.

Negar que ello requiere entrenamiento, soslayar la percepción que tienen sus depositarios en torno a ella, pensar el aula como espacio de verdades absolutas e inquebrantables, plantea una perspectiva poco viable ante el desafío constante de proyectar una resignificación de las realidades tal y como las entendemos.


La educación cubana está comprometida con la Revolución. Foto: Internet

 

Una cavilación madura entre los maestros y normativas, y estilos pedagógicos más flexibles, deben comprometerse con la emancipación humana, la actividad social y con un ejercicio permanente de la virtud.

Cuatro siglos después de que fueran colocados los primeros adoquines en el camino del magisterio cubano, debemos provocar para debatir.

¿Le corresponde a la educación aportar decisivamente a la consistencia ideológica y cultural de la Nación? ¿Fracasa el alumno o fracasa la sociedad; por consiguiente también sus valores? ¿Es comunicativa, es crítica, es transformadora nuestra enseñanza?

El debate filosófico que copó los esfuerzos iniciales por pensar lo formativo intentó estampar los contornos de un modelo. Desde la antigüedad, la escuela fue resultante del enfoque ejercido por la clase dueña del poder político. Ello determinó propósitos, métodos, enfoques organizativos y epistemes.

La primera revolución educativa contrajo un compromiso con naturalizar la diferenciación. Desde el terreno cultural acentuaba roles y distanciamientos sociales. Separar el crecimiento intelectual de la preparación para las tareas que exigían un esfuerzo físico, fue uno de los primeros adeudos.

Por su parte, el dogma religioso se abrió paso redoblado e instauró el siempre amenazador imperio de la escolástica. El tradicionalismo fue asegurando el pacto con una visión parcializada del mundo.

En pleno siglo XVII Jan Amos Comenius —padre de la pedagogía moderna— propaló el reto de enseñar “todo a todos” [2]. Llamó pansofía a su doctrina que continúa significando hasta hoy: “educación universal”. En su programa propuso un procedimiento para hacer amena y no tediosa la enseñanza. Sus esfuerzos tuvieron alcances limitados. 

Las “academias” atenienses; centros de asociación, reflexión y experimentación libres, fueron con propósito suplantadas. El patrón europeo —que luego se exportó al resto del planeta como estribo del colonialismo— rehusó trágicamente una parte de la acumulación de aquella tradición. Un propósito más identificado con la costumbre espartana, enfocado hacia la disciplina, la obediencia y el régimen autoritario, prosperó como método en la praxis.   

La pedagogía occidental derivó en una doctrina centrada en la eficiencia individual. Sucesivas transformaciones políticas y la propia revolución industrial condicionaron esta marca. A la larga la institucionalización devino en un eficaz instrumento de control social y reproducción de la cultura dominante.

Incomunicada con el discurso de las mayorías excluidas, la ciencia pedagógica en evolución desconoció en más de una oportunidad su compromiso con el respeto, la inclusión y el diálogo desde un enfoque multicultural. La preocupación “humanista” no logró instalarse en el centro de los colegios. Tampoco el reconocimiento de una razón autónoma y una inteligencia crítica. Sus consecuencias fueron deformadoras. Transversales en los recurrentes movimientos que aspiraron a modificar los paradigmas durante el pasado siglo XX. Subsisten hasta nuestros días como protagonistas invisibles en las escuelas del silencio.

Notas:
1. Citado  en el libro Bosquejo histórico de las ideas educativas en Cuba, del pedagogo cubano Dr.C Justo Chávez Rodríguez, publicado en el año 2001.
2. Ver  en  el libro Didáctica Magna, de Jan Amos Comenius. Comenius es considerado el fundador de la pedagogía moderna. Nacido  en 1592  en Moravia, región de la actual República Checa, centró sus valoraciones en alcanzar un sistema de enseñanza progresivo del que todo el mundo pudiera disfrutar. Su pedagogía surge como crítica a la educación escolástica y a los sistemas memorísticos de enseñanza que se practicaban en su época.