Patinando sobre el home plate

El hombre de primera despega demasiado. Significa el posible empate, y con el rabillo del ojo el pitcher lo mira, y lo mira, y lo vuelve a mirar, y de pronto se yergue y perplejo se queda mirando hacia el home. El bateador ha tomado el bate al revés, agarrándolo por la parte más gruesa, y tras hacer dos swines al aire, tranquilamente espera el lanzamiento en la caja de bateo. Incómodo, Verdura se ajusta la gorra, y con la mano enguantada hace un gesto de fastidio: ¡Deja la payasada!, parece decirle al bateador; pero aquel sacude el madero, empina el pecho, alza la barbilla y da un paso hacia adelante en claro desafío. Por las gradas de tercera ahora gritan: ¡Tírasela por la cabeza!, ¡Tírasela por la cabeza!, mientras por la banda de primera sigue el sonsonete: ¡La carreta de Ojo de agua! ¡La carreta de Ojo de agua!...

Ciertamente, a Verdura no le gritan tanto porque de repente se haya mudado de equipo —aunque esto, naturalmente, también cuenta—, sino porque tras ganar dos juegos a los yanquis en los Panamericanos de Sao Paulo, y llegar victorioso a la patria, nunca dijo a los periodistas que era de Ojo de agua, un batey de Taguasco; dijo que era de Sancti Spíritus.

Ahora está ahí, en el box contrario, y agita la mano derecha para interrogar al umpire: ¿Esto qué es?; pero el árbitro tan solo acomoda su careta y le indica que pichee. El primer lanzamiento parte la goma al medio…; y el segundo también, pero ahora el bateador se ha despegado aparatosamente y se tira al suelo como si la bola le hubiera pasado rozando.

Cuando se endereza nuevamente, sacude el bate y grita: ¡Si me das un bolazo te voy a partir la cabeza! El pitcher también le grita algo; tiene la bola crispada en la mano, lista para soltársela a 90 millas por hora. El terreno ha empezado a hervir y el insulto es mucho mayor en la cara de Verdura; pero cuando el inicialista, el short y la segunda base se adelantan para calmarlo, el corredor de primera aprovecha y se mete en la intermedia.     

Se arma la discusión, pero no se ha violado regla alguna. Nadie levantó las manos para pedir tiempo ni hubo árbitro que lo concediera, así que el corredor permanecerá en segunda. Ahora el bateador ha tomado el bate de manera correcta, una majagua que balancea a todo lo largo, y luego con él traza una raya imaginaria sobre el medio del home: Pásala por aquí, lo está retando.

Yo amarré cortico dos veces a los americanos —debe haber pensado Verdura mientras acomodaba la pelota entre sus dedos—, yo he ponchado al león Pedro Chávez y al lince Urbano González, cómo no voy a ponchar a este gato… Algunos afirman que una cinta blanca salió del box; otros, que lo vieron todo en cámara lenta; lo cierto es que la bola salió disparada rumbo a la cerca del jardín central: una alta pared a 333 pies del home, y allí chocó contra un ladrillo jodedor.

Porque al rebotar no salió para donde dicen las leyes de Newton, sino que empezó a torear al jardinero y esto es locura en el estadio, queridos radioyentes: el hombre dobla por segunda, se impulsa, sigue para tercera; ahí viene el tiro: la bola, el corredor; la bola, el corredor, y… ¡la mete en el dogout! ¡Se han ido arriba los Ripiaos de Taguasco!


"¡La pelota es pasión en Cuba! ¡Es la sangre!"

 

En realidad los Ripiaos ya no eran tan ripiados. Les decían así porque años atrás cada cual vestía el traje que duramente pudo conseguir; pero ahora en este equipo dos jugadores visten franelas de los Azucareros, dos de Centrales y otro de Las Villas: es un señor trabuco.

Cómo me gustaría darle marcha atrás a la máquina del tiempo, pienso al evocar aquellos momentos, y, grabadora en mano, mezclarme en el barullo que ha estallado por el dogout de Taguasco. Entrevistarlos a todos, uno por uno, dejar para la historia tanta emoción. La primera pregunta se la disparo a Agapito Díaz, director del equipo: Es lo más grande que me ha pasado en la vida, dice un hombre que sabe medir muy bien el tamaño del adjetivo “grande”. En 1961 Agapito Díaz había integrado la preselección del equipo Cuba para el XV Campeonato Mundial de Béisbol.

Le pregunto a Rafa Meneses, segunda base del equipo Las Villas juvenil; converso con Toti Lazo, quien ya hizo la preselección de Centrales; un abrazo, una sonrisa, una palmada en el hombro… ¡No me jodas!, diría el estelar Jesús Oviedo, uno de aquellos azucareros campeones del 69: No me digas que dentro de cuarenta y pico de años los niños no jugarán pelota en las calles de Cuba. Caramba, si esta careta me la fabriqué yo mismo con alambrones y cabillas. ¡Qué cosa!, se asombraría Ibrahím Martín, otro de aquellos míticos azucareros: En el país donde cada año los ciclones tumban miles de árboles, ¿no tendrán un palo para fabricar un bate?

La bulla de arriba casi no me deja escuchar lo que dice Wilfredo Hernández, jardinero derecho, quien luce un flamante uniforme de Las Villas. Viste esto, primo, qué emoción, creo que me ha dicho. No te creo lo que me cuentas: ¡La pelota es pasión en Cuba! ¡Es la sangre! ¿Cómo es eso que dentro de 50 años la televisión cubana transmitirá muchos más goles de un argentino que los grandes jonrones de ese tal Despaigne?                                                                                 

Sobre el techo del dogout no cesa el estruendo de tambores, pitos, sartenes, cencerros de mulos, latas de aceite o de carbón y cuanto trasto ruidoso la fanaticada encontró por casa. Un escándalo que luego viaja por todo Sancti Spíritus a bordo de cuatro camiones, y enfila por la carretera central, hasta llegar por fin a Taguasco, donde el pueblo entero ya está esperando en la calle.

Allí nadie sabe cómo de pronto aparecieron tantas pencas de palma real para adornar los postes de la luz; cómo en apenas tres horas arribó una rastra cargada de cervezas. Yo sigo con mi grabadora, entrevistando a los fanáticos, voy de un lado a otro: Qué Serie Mundial ni Serie Mundial. Qué Industriales ni Azucareros… ¿Quieren ustedes ver cosa grande? ¿Quieren ver lo que es emoción y orgullo?: ¡Los Ripiaos de Taguasco acababan de quedar campeones en la serie regional de pelota!

Si esta fuera una crónica cuya motivación central fuera el béisbol como deporte, aquí me vería obligado a colocar el box score del juego; pero como es un artículo de motivación cultural, digo que el famoso minicuento de Max Aub pudo haber sido escrito por un zazeño: “Lo maté porque era de Taguasco”. Pero ahora la inquina genética entre las dos localidades ha pasado al olvido: en los Ripiaos hay peloteros de ambos pueblos y nada como un batazo oportuno para hermanar hombres.

Me tropiezo con José María, el del carretón. Fue él quien le puso el nombre de los Ripiaos al equipo, pero si en Taguasco uno dice José María a secas, aparecerán siete u ocho; de modo que, para evitar confusiones, siempre deberá aclararse: el del carretón. Luego de hacerle yo un par de preguntas, su curiosidad deriva hacia el futuro del béisbol en Cuba. Entonces es él quien se asombra: ¿Acaso dentro de 50 años no va a haber carretones? Sí, como no, le respondo. Muchos más que ahora. Habrá cientos de carretones. ¿Y de que le fabricarán los aparejos? De cuero, le digo. ¿Entonces por qué me dices que no habrá cueros para hacer guantes y pelotas?

Regreso cabizbajo al futuro. Enciendo el televisor y en Tele Rebelde vuelve a estar la competencia ecuestre que el mes pasado transmitieron en directo desde Turín. En Cubavisión ponen una película sobre Ayrton Senna, destacado piloto de la Fórmula 1; y en el canal HD hay patinaje sobre hielo… Caramba, me digo, si no podemos fabricar un par de spikes, cómo vamos a fabricar patines de hielo. No, y cómo vamos a congelar las pistas, ahora que cada vez hay más calor con este asunto del cambio climático.