Pastel de nata

Hay quien dice que Dios no juega a los dados, que vengan y me lo repitan después de lo que acabo de vivir: Me encontraba en casa con una de esas amigas que nos tocan por karma, de las cuales no sabemos cómo nos las ganamos ni cómo podremos desembarazarnos de ellas algún día. A veces se pierden un tiempo y decimos: “ya, nos libramos”, pero qué va… cuando menos lo esperamos, o mejor, cuando decidimos tomarnos una tarde libre para escuchar música y leer ese libro rebueno que estamos aplazando, nos tocan el timbre y nos anuncian que vienen para quedarse a comer.

Para colmo esta amiga es pavosa en toda la extensión posible de La Pava. Gafe a la máxima potencia. Hay que tener cuidado con ella, porque llega observando todo y si descubre algo nuevo, digamos, mi equipo de audio ―el que había encendido para escuchar música―, me suelta: “¡Qué reproductora más soberbia!” y añade melosa: “Ojalá que la disfrutes, ¿sabes? A veces salen un poco falsas”… Ahí mismo para el equipo de funcionar. Es de aquellas personas a quienes les comentas que tienes una salud de hierro y terminas ingresado, o a quienes les dices que en la cama con tu marido te va de maravillas y te tornas frígida de la noche a la mañana. Una vez ―errores imperdonables que no tienen vuelta atrás― le dije que en mi familia todos eran longevos y sé, desde entonces, que me aguarda una muerte temprana.

Volviendo a la escena, estaba en casa con mi amiga, pesando las palabras de la conversación para no ser víctima de sus agüeros, cuando llaman de nuevo a la puerta. Era mi tía Finita, la persona más dulce, amable e inocente que pueda imaginarse; portando una fuentecita con un trozo de pastel de nata. La abrazo con cuidado de no volcar el contenido de su fuente, que se ve muy apetitoso, la invito a pasar, entra y, sin percatarse de la presencia funesta de Isolalia ―mi amiga, no podía llamarse de otro modo―, me dice con la mejor de sus sonrisas:

―¡Ay, mi sobrinita! ¡Si ves lo que me ha pasado! Estaba en la casa pensado: “tengo ganas de comer dulce, tengo unas ganas desesperadas de comer cake de nata” y se me ha aparecido el vecino de los altos, el panadero, nada menos que con un cake de nata de regalo. Le digo que no es mi cumpleaños y ¿sabes que me dice? Pues que al ir a cerrar la panadería vio en la vidriera de la dulcería de al lado el pastel y pensó en mí; como todo el mundo sabe que me gustan los dulces finos y yo era tan amiga de su difunta madre ―toma un respiro y prosigue, emocionada―: Se cumplió mi deseo. Solo vine a hacerte el cuento y compartir contigo un pedacito de mi buena suerte.

―Perdiste el millón de dólares ―dijo Isolalia, sin inmutarse, dejando a mi tía de una pieza y a mí pensando en qué sucedería al comernos el pastel.

Lógicamente, no explicó nada, a pesar de nuestras miradas interrogantes; nos vimos obligadas a preguntarle qué era aquello del millón de dólares y qué diablos tenía que ver con el pastel de mi tía. Muy parsimoniosa, nos explicó:

―A todas las personas nos llega un día en que somos escuchadas por Dios, una especie de cita con él. A la mayoría los coge por sorpresa, pero si estamos preparados, nos concede un deseo. Y fíjate que no hablo de los místicos ni los santos, sino de nosotros, los comunes. Nunca se sabe cuándo nos va a tocar, es una vez en la vida y nada más, lo importante es que llega sin previo aviso y hay que estar preparados.

―Iso, ¿quieres decir que el pastel de nata de mi tía se lo regaló Dios y no el vecino? ―le solté, molesta, mientras mi tía se persignaba y daba las gracias al Altísimo.

―Eso digo ―confirmó, levantando la nariz―. Hoy, a esa hora en que ella estaba concentrada pidiendo un dulce, le tocó el turno para la entrevista. Perdió prácticamente su oportunidad, imagina cuántas cosas pudiera haber pedido; lo que fuera, le hubiera sido concedido por la gracia divina.

―Yo estoy muy feliz con mi cake ―dijo mi tía, ya no tan sonriente, buscando mi aprobación con la mirada.

―Claro que sí ―fulminé a Isolalia, no iba a hacer falta comernos el dulce para indigestarnos, lo que comiera ese día me iba a caer mal-. ¿No ves que está contenta con su cake?

―Puede ser ―siguió doña Pava―, pero imagina por un momento, Josefina, ¿no te hubiera gustado tener algo más? No me digas que no tienes sueños, ambiciones, algo que siempre has deseado hacer y no has podido…

Mi pobre tía pensó por unos instantes.

―Me gustaría pasarme una semana en un hotel en la playa de Acapulco, viajar a París, o arreglar las goteras de la casa… es que son muchas las cosas que uno desea, si se pone a verlo así.

―¡Exactamente! ―gritó Isolalia poniéndose en pie y caminando hacia su víctima, que por poco deja caer la fuente―. Son muchas cosas, pero todas, o casi, se resuelven con dinero. Por eso, si uno se mantiene pensando: “Quiero tener un millón de dólares”, cuando te llega tu cita con el Todopoderoso, él te escucha y te lo concede, lo mismo da que te aparezca una herencia, que te ganes la lotería, que un concurso… ¡el millón de dólares viene! Con él te sobra para arreglar la casa, ir a la playa, a París, o a donde te venga en gana. Por eso me mantengo firme en el mismo pensamiento, si tengo deseos de comerme un dulce, por urgentes que sean, pienso: “Ojalá tuviera un millón de dólares para comprarme un dulce”, si quiero ir a Acapulco es: “Si tuviera el millón de dólares…” y así sucesivamente. No importa cuándo me toque: estoy preparada.

―O sea que… ―mi tía quería que se lo confirmara, de veras que hay gente masoquista.

―¡Nada, mi amiga! ―soltó esa risita sarcástica que usa cuando me rompe un efecto electrodoméstico―. ¡Que acabas de perder el millón de dólares!

Ahora, díganme qué hacer frente a este panorama: Por un lado, mi tía Finita con lágrimas en los ojos, todavía con el trozo de pastel de nata en la mano ―total, ya nadie quiere probarlo―, murmura acerca de los millones de cosas que pudiera haber hecho con el millón de dólares; creo que anda por la necesidad de cambiar de quiropedista, porque a este sólo va porque le queda cerca, pero hay uno mejor que si ella pudiera pagarse un taxi… “todo me pasa por ser tan glotona y pedir el dichoso cake”… Por otro lado, Isolalia, la súper Pava que no sé en qué momento me gané en otra rifa celestial destinada a jugarte malas pasadas, anda farfullando: “Lo mejor de todo…no, lo peor, es que nada más te conceden la entrevista una sola vez”.

La verdadera jugarreta de Dios no estuvo en darle el pastel de nata a mi tía, sino en colocarle a Isolalia en el camino.

 

Especial para La Jiribilla.

 

FICHA
Marié Rojas Tamayo: Escritora cubana. La Habana, 23 de mayo de 1963. Licenciada en Economía del Comercio Exterior, Universidad de la Habana, 1985. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Entre sus libros se cuentan: Tonos de Verde, relatos, Adoptando a Mini, novela, Fundación Drac, Mallorca - reeditado por Gente Nueva, Cuba-. De príncipes y princesas, relatos, Editorial El Far, Mallorca. Cinco minutos a solas con las musas; La luna cómplice, relatos; Viaje a los astros; Locuras temporales; Algoritmos y ciudades; Incerteza cuántica; El vuelo del pez; Serendipias; poemarios, Inventiva Social, Argentina. En busca de una historia, novela y relatos, Colección Mundo Imaginario, Editorial Andrómeda, España. Villa Beatriz, novela; El día que no salió el sol, libro infantil troquelado, Casa Editora Abril, Cuba. El mundo al revés, relatos, Gente Nueva, Cuba.