Pasiones en prosa y verso

Paso que hilvana multitudes. Energía que inunda, convida. Todo parece diferente desde la otra orilla: la gente, la perspectiva, el tiempo.

Una amante apacible —aparentemente apacible— descansa de bruces desde el otro lado… Y deja que la bahía le bañe las curvas. Todo parece habitual desde esa orilla. Parece.


Foto: Racso Morejón


Acá, en cambio, el reloj juega a ir más de prisa. Se apura el paso. Se respira vorágine, en prosa y verso.

Febrero suele suscitar ese contraste, al completar cada vuelta de calendario. Al menos para estas dos orillas. Como si la señora tendida túnel allá, reservara boletos para —en esta fecha— trastocar el espacio al otro extremo en isla de esperanzas, descargas y sueños.

Acá, todos los caminos conducen a La Cabaña. Todas las ganas se vuelcan en letras. Ganas de hacer, descubrir, ser. Cada cual diseña la cubierta de su historia, y la Feria, que a sus 26 capítulos no necesita muchas presentaciones por sus credenciales de preferencia y masividad, esboza su propia carátula. Toma inspiración de cuanta esquina cuenta, la multiplica y la devuelve en una compilación de anécdotas, con un prólogo que amuralla los mejores deseos.

El libro y la lectura, entonces, se dibujan en pretexto. En pretexto para algo más y mayor: cultivarse, redescubrirse en blanco y negro. Leer de a poco, con sed de mucho. Como quien roba un beso… lentamente. Sin cronómetro. Después de todo, así, leyendo, hemos crecido unas cuantas generaciones a 360 grados de esta Cabaña. No solo en tamaño, sino simplemente, CRECIDO.


Foto: Kike


Acá, leer nunca es secundario. Es como si se agolparan en unos diez días las ganas de devorar todos los títulos de un año. Como si, por momentos, sobrara hablar y faltara tiempo.

Llegan de cuanto lugar imagines... archipiélago fuera, archipiélago dentro. Escritores que desnudan el alma y la hacen palabra; que vuelcan retazos de vida en volúmenes digitales o impresos. Lectores ávidos que retoman las páginas postergadas por algún contratiempo, o se aventuran a otras… como pidiendo, a gritos, el beso.

La Feria, al final, es almacén para todo eso: mejunje de pasiones, proyectos, sentimientos. Unos le apuestan todo a la prosa, otros se entregan al verso.