Pasión, energía y compromiso

La velada mundial por el Día Internacional del Jazz, que en esta ocasión tuvo lugar en Cuba, no solo debe evaluarse a partir de los resultados de un concierto que hizo época por su representatividad y calidad, sino por el impacto de los valores que promovió y el sedimento para la cultura cubana.

Cualquiera de las luminarias que pasó por el escenario de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso es capaz de movilizar afectos y aficiones en cualquier sitio donde anuncien sus actuaciones. Desde los anfitriones Herbie Hancock y Chucho Valdés, íconos del pianismo en el género, hasta jóvenes estrellas como los norteamericanos Esperanza Spalding y Christian Sands y el camerunés Richard Bona, contando además con figuras cubanas muy establecidas como Bobby Carcassés, Pancho Amat, Bárbaro Torres, Gonzalo Rubalcaba, César López, Jorge Reyes, Roberto Fonseca y Maraca, estamos hablando de individualidades definidas y perfiles singulares apreciados por la crítica y el público.


Herbie Hancoock, anfitrión de la velada junto al también pianista cubano Chucho Valdés. Fotos: Sonia Almaguer


Ahora bien, lo más importante fue el ánimo de cooperación, la interrelación fomentada en cada una de las entregas. Dejar el protagonismo y el deseo de brillar por sí mismos e integrarse a una experiencia colectiva. Razón tuvo el presentador de la gala, el popular actor afronorteamericano Will Smith, a quien recordamos tanto por haber encarnado a Muhamed Alí como por su impronta en el rap, al decir que a lo mejor estas estrellas no se conocían entre sí, pero se comunicaban a la perfección por el poder y el espíritu liberador del jazz.

Justo el jazz es eso: energía y pasión, pero sobre todo compromiso ético, un canto de libertad desde su mismo punto de partida, en las márgenes del río Mississippi, en las raíces del ragtime y el blues primigenio de los esclavos africanos y sus descendientes, a finales del siglo XIX.

Todos y cada uno de los participantes en la gala hizo suyas las premisas que llevaron a la Unesco a proclamar hace seis años el 30 de abril como Día Internacional del Jazz: romper barreras y crear oportunidades para la comprensión mutua, promover la innovación artística y la improvisación, poner a dialogar formas tradicionales y modernas en los lenguajes musicales, reforzar el papel activo de la juventud en la renovación social, y, lo más significativo, patentizar el deseo de vivir en un mundo de paz.

Cuando la Unesco optó por La Habana para centralizar una acción global que se extendió esta vez a 164 países, estaba claro que se trataba de subrayar los trascendentales aportes de los músicos y la música de la isla al jazz. Se sabe cómo el llamado jazz afrocubano, desde finales de los años 40 del pasado siglo, influyó decisivamente en la evolución del género y abrió cauce a la corriente denominada jazz latino. Si Chano Pozo fue un hito en la percusión y luego Mongo Santamaría, Tata Güines y Miguel Angá, vimos en el Gran Teatro Alicia Alonso una sucesión de altura en los ingeniosos manejos de Yaroldi Abreu y Adel González.


Crear oportunidades para la comprensión mutua fue la premisa que unió a los músicos
de varios países y generaciones en el Día Internacional del Jazz.


Pero también se debe saber, y así se dio a conocer a los cuatro vientos, cómo esa influencia se ha ido acentuando con el tiempo y en décadas recientes, hasta la actualidad, se ha multiplicado con creces en las nuevas generaciones, formadas en las escuelas de arte que como parte de la política cultural del Estado revolucionario se ramifican en todo el país.

En esas y otras escuelas el programa del Día Internacional del Jazz registró sesiones pródigas y memorables. Las acciones educativas, que implicaron a la televisión, y el clima participativo predominante en el Pabellón Cuba, la Fábrica de Arte Cubano y los clubes habaneros especializados, favorecieron encuentros jubilosos y el entusiasmo de públicos diversos.

Toca ahora aprovechar estas jornadas para consolidar en lo adelante la jerarquía del jazz en el espectro cultural cubano de nuestros días. Perfeccionar promocional y organizativamente los festivales Jazz Plaza y Jojazz, programar con más eficacia e inteligencia los espacios de presentaciones, como lo hace la sala de bellas Artes, y darle el lugar que todavía no tiene en la radio y la televisión.