Paradiso: la lectura infinita

Desde que la vida puso a Paradiso en mis manos, esta obra se ha convertido en un reto y un goce perpetuos. La novela de Lezama Lima participa de una amenidad inquietante así como de una exigencia intelectual irreductible, dos condiciones infalibles a la hora de decidir la calidad de lo que leemos. Una vez que uno se acomoda al sistema escritural de Lezama, interactúa con una fecunda imaginación y un humor muy perspicaz para presentar las peculiaridades del individuo, así como del medio donde este despliega su existencia. En principio se dice que es una novela de aprendizaje donde el joven José Cemí intenta conocer las claves que conforman su ser y su devenir. Si bien esto es parte principal de la novela, con mucho ella rebasa esta síntesis. La obra resulta una suerte de arquitectura de azogue que rehúsa todo intento de ceñirla total y definitivamente. De aquí que el mejor modo de asumirla es mediante sucesivas aproximaciones que nos van regalando diversos asomos que pueden conformar un panorama igual a ella en complejidad y riqueza significativas. Cada lectura nos deja una serie de gozos, asombros, perplejidades e interrogaciones, en fin, puertas abiertas para seguir volviendo a ella.

La obra resulta una suerte de arquitectura de azogue que rehúsa todo intento de ceñirla total y definitivamente.

Paradiso es la novela de la comunión necesaria entre el yo y el otro (los otros), para que el individuo se conozca y sea. No resulta desdeñable la definición que aporta Licario en el azaroso viaje en ómnibus en el capítulo XIII: “La vida es una red de situaciones indeterminadas, cada coincidencia es algo que quiere hablar a nuestro lado, si la interpretamos incorporamos una forma, dominamos una transparencia”. Ese acertar en apresar e incorporar lo que expresa una coincidencia es el conocimiento poético y a esto ayuda la compañía de amigos y familiares. Es lo que aprehendemos en las constantes conversaciones con que discurre la novela (son estas parte principal de su composición), pues solo el diálogo nos pone ante la trama total de relaciones, como lo hace explícito el Coronel Cemí (refiriéndose a las comidas en el capítulo II, aunque es deducible su generalización): “Si no es por el diálogo nos invade la sensación de la fragmentaria vulgaridad de las cosas [que comemos]”. Diálogo es asociación, reunión de tiempos, suma de esencias, reanimación de experiencias, conjunción de saberes. Es así y ahí como crece el ser.


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Esta es la obra cubana que más indaga en la estructura, la significación y el alcance de la familia para el devenir del ser humano. A lo largo de ella hay toda una expansión explicativa acerca del padre, la madre, los hermanos, los parientes más cercanos, la acción en conjunto de los miembros de la familia. No es casual que se establezca un doble reflejo entre la ascendencia materna, la paterna y la propia familia de Cemí. El papel de la mujer, la madre, como ser receptor de sabiduría y cuidador de sensibilidades es presentado paralelo al del padre, principalmente el Coronel Cemí, que es un signo de energía irradiante. Su recuerdo es el “del fuerte, del alegre, del solucionador, del que había reunido dos familias detenidas por el cansancio de los tejidos minuciosos, comunicándoles una síntesis de allegreto…” Colateralmente está la amistad, con varios momentos sutiles, pero enfocada básicamente en la relación de Cemí con Foción y Fronesis, así como de aquel con Oppiano Licario. Son la familia y los amigos los vectores principales para trasladar al sujeto la compleja urdimbre de relaciones que conforman la existencia.

Esta es la obra cubana que más indaga en la estructura, la significación y el alcance de la familia para el devenir del ser humano.Siempre me ha resultado curioso que Lezama eligiera titular esta novela tan esencialmente cubana de un modo emblemáticamente cosmopolita. Nombrar de un modo que sugiere bienaventuranza y paz a una historia transitada por la muerte y el angustioso deseo de devenir en medio de incertidumbres y vicisitudes. Quizá pueda entenderse como salto ulterior en la trascendencia una vez vencidos los obstáculos de lo habitual. Observemos que el autor no escoge directamente el vocablo “Paraíso”. En la escritura de Lezama casi nada resultaba fortuito, a menos que lo dictara su poderosa intuición de poeta. Concuerdo con otros estudiosos en que Paradiso es un homenaje y un diálogo creativo con ese otro gran viaje de crecimiento, el de Dante Alighieri, solo que Lezama lo quiere reasumir como posibilidad desde su teleología insular, según él, aquello que “clarificase nuestro destino histórico” [1], lo inmediato que se abre cauces hacia lo genérico universal.

Bien se ha dicho que el Paraíso no solo representa el lugar de la paz y todos los bienes que merecemos por nuestros méritos, sino el sitio de la sabiduría eterna. En tal sentido veamos que Cemí también realiza un tránsito, en este caso hacia sus orígenes y, principalmente, al encuentro del elemento que le confiere dirección y sentido, la connotación del padre. Es esta desaparición, carencia, enigma, la que convoca su eros cognoscente, pues Cemí va desaforada y persistentemente en pos de conocer qué es lo que le confiere fuerza y coherencia. Véase cómo resume Lezama Lima a José Cemí mediante el poema-retrato que regala a este Fronesis: “Es en lo que cree, está donde conoce”. Fe y conocimiento como coordenadas de su existencia.

La muerte del padre lo fuerza a hurgar, develar, intuir, conectar, resucitar: “… se había convertido en una ausencia tan latidora y creciente como la más inmediata e inmaculada presencia. Esa visibilidad de la ausencia, ese dominio de la ausencia, era el más fuerte signo de Cemí.” Esta indagación, penetración y reconstrucción en lo que no está es el código del conocimiento poético. Presencia de lo ausente, visibilidad de lo invisible, potencia de lo latente, esto es, en fin, el haz misterioso de lo poético. El conocimiento es el resultado de la experiencia de lo posible poético.

Para esto se apoya en la amorosa compañía y la dirección de Rialta, la madre, que es núcleo centrípeto de la familia y su historia. Aquí vuelvo a lo apuntado anteriormente. En una conversación entre Luis Ruda y su madre doña Munda, este le espeta: “Usted siempre… queriendo colocar la familia en el paraíso pradera de los incas”, y añade más adelante sobre la exposición de ella acerca de la familia: “Usted a veces se distrae, y en su paradisíaca pradera se adormece…”. Esto pudiera servirnos como una pista para pensar a la familia unida y armónica como el paraíso aspirado en la tierra, algo muy sostenible si conocemos lo que pensaba Lezama al respecto.

En ese ir tras el saber germinativo, Rialta representa para Cemí la fe en lo trascendente, tal como la Beatriz de Dante. Mientras tanto, Licario, el maestro y último prójimo que viera a José Eugenio Cemí antes de que se adentrara en la soledad de lo eterno, es una suerte de Virgilio que lo conduce por los pasadizos laberínticos de la razón poética. Tengamos presente que Licario es un experto numismático, alguien que se ocupa de esos emblemas que se llaman “monedas”, objetos que sintetizan historia y que son elemento necesario para ciertas transacciones humanas. Este es su rol en la novela, establecer la transacción ontológica entre el padre y el hijo, así como entre este y un posible devenir. Es así que el soneto que dejara Oppiano para el joven que acude a su rito final alcance una dimensión de clarinada para el propósito central de la obra:

Yo estuve, pero él estará,
cuando yo sea el puro conocimiento…

Es hacia esa puridad del conocimiento hacia donde avanza Cemí por la órbita adonde lo instala la impulsión de Licario, la cual ya arrastra la energía solicitada del padre ―lo que Lezama llama el “eros de la lejanía”.

Es esta jornada de Cemí el eje medular de las diversas implicaciones de sentido de la obra. La novela entonces se alza como una compleja y poliédrica odisea del conocimiento. Lo es para Cemí que debe descubrir sus orígenes, la energía que instalara el padre en la familia, el centro irradiador de destinos de esta institución amorosa y primigenia, el sentido de la ciudad como un laberinto donde se sintetiza el cosmos, el significado de los actos por los que se funda el sujeto y con su suma una nación, la fuerza del eros como elemento que reúne y comunica a los seres humanos, así como la palabra fecundadora de hechos en el poema. Es lo que Lezama ha definido como lo “maravilloso natural”, o sea, aquello que nos acompaña latente, sencilla, diariamente y que, en su relación y redimensión por la poesía, descubre un crecimiento, un acrecentamiento de significaciones que lo instalan en la maravilla.

La novela es el viaje de Cemí hacia Cemí, pero de igual modo es hacia la superación de sí mismo y del salto hacia saberes que lo transforman y potencian.

La novela es el viaje de Cemí hacia Cemí, pero de igual modo es hacia la superación de sí mismo y del salto hacia saberes que lo transforman y potencian. Notemos que su estructura es altamente sugerente: comienza con el que busca “ingurgitar” aire para vivir, en un común ataque de asma mitificado por la mano emblematizadora de Lezama. Este niño avanza al encuentro del padre que es un enigma y, por el azar que funda nuevas posibilidades, halla al que le trae desde el pasado el mensaje del progenitor y le deja la incitación de una futuridad, Licario. Cemí es lo luminoso, lo que se abre en perspectiva, lo que busca un acontecer, un conocimiento sin vencimiento. Es así que Cemí cierra una era, tal y como anuncia el propio Licario en la tarjeta con que se presenta tras el rocambolesco pasaje de la “guagua”. Allí dice: “con su gesto se cierra un círculo”. A la vez inicia otra voluta de la espiral del conocimiento. Recoge lo que ha sido para saltar, tras lo sugerido, a lo desconocido del ser al mismo tiempo. De modo que su final es una nueva apertura hacia lo infinito. Así lo expresa: “Era la misma voz, pero modulada en otro registro. Volvía a oír de nuevo: ritmo hesicástico, podemos empezar.”

La novela es una indagación en el laberinto del ser para conocer sus más impensados y velados sentidos.

En tal sentido la novela es una indagación en el laberinto del ser para conocer sus más impensados y velados sentidos. Es la incorporación (palabra tan del gusto de Lezama) del mundo en el individuo mediante una zambullida con todas sus facultades desplegadas para apropiárselo como logos, imágenes que se fijan y persisten en la memoria y pueden ser resucitadas y compartidas en el acto poético. No es casual que el autor declarara: “No tengo técnica… Tengo la alegría de ver las palabras como peces dentro de la cascada” [2].

Ver las palabras es revivir lo que ellas nombran, y al extraerlas de la cascada y asentarlas en el texto que les conforma otro orbe connotativo, cobran un sentido que potencia sus significados.

De igual modo la novela, como un profuso salón de espejos, se convierte, en consecuencia, en aventura semejante para el que penetra en el texto. Es así que en su lectura encontramos, como viajeros atentos, dos jornadas paralelas de goce: una de lector, con las disímiles peripecias que propone el autor con el deleitoso humor, ingenio e imaginación con que se urden. La otra, como escritor, al verificar el modo en que todo, lo leído y lo vivido, lo experimentado y lo imaginado, lo más trivial y lo más esotérico, puede convertirse en materia novelable por la inteligencia creativa del autor.

Es decisivo percatarse de que Lezama siempre elige el camino más arduo. No está demás traer a cuento la exhortación de Rialta a Cemí: “… intenta siempre lo más difícil”, pues solo así se transfigurará y verá “los peces en la canasta estelar de lo eterno”. Solo en lo difícil se alcanza lo luminoso inagotable e imperecedero. Esto deviene sistema de escritura. No se trata meramente de oscurecer y, por tanto, echar una cortina de humo como engañifa que mueva a quien lee a presumir misterios donde no los hay. El escritor, fiel a su sistema poético, busca retar al lector, volverlo compañero del viaje por el conocimiento, llevarlo a la presencia de lo impalpable, a descubrir los placeres de la escritura que es fin en sí misma y propicia el goce de instalarse en un decir fecundo y expansivo de significaciones, pero que, por razones oblicuas, logra también lo que él llamara la “hipertelia”, superar su objetivo y acercarnos a la sobreabundancia de sentido.

El escritor, fiel a su sistema poético, busca retar al lector, volverlo compañero del viaje por el conocimiento, llevarlo a la presencia de lo impalpable, a descubrir los placeres de la escritura que es fin en sí misma.

Lo extraordinario de esta novela es cómo, siendo tan cubana (es una de las obras que mejor descubre y regala lo cubano intangible y esencial) logra ser a la vez tremendamente universal. Lo local está en temas, locaciones, personajes, así como modismos. Lezama no se amilana por incluir en su opulento barroco cubanismos como máquina, balance, guagua, buñuelo, panqué, sofrito, etc. Hay una cifra cuantiosa de expresiones cubanas, pero al reavivarlas con su peculiar sintaxis y en un contexto donde imágenes y referencias mundiales marchan codo a codo, estas alcanzan una dimensión ecuménica. De igual modo la catarata de asuntos que se ventilan a lo largo del relato (historia, filosofía, religión, sexualidad, literatura…), que exponen la desmesurada curiosidad así como las numerosas estaciones cognoscitivas porque atraviesa Cemí para cumplir su cometido existencial, refuerzan el carácter universal de la obra.

Lo extraordinario de esta novela es cómo, siendo tan cubana logra ser a la vez tremendamente universal.

Son estas algunas de las incitaciones que nos hacen volver una y otra vez a ese texto inagotable, como un universo en expansión que es Paradiso. Cada vez que nos aproximamos a él este despliega inéditas coordenadas e imágenes que hacen de la obra una lectura infinita.

 

Notas:
1. Carmen Berenguer y Víctor Fowler, José Lezama Lima, diccionario de citas, Casa Editorial Abril, La Habana, 2000.
2. Entrevista de Salvador Bueno en Paradiso, edición crítica, Colección Archivos, UNESCO, Madrid, 1988. (Todas las citas de la novela están tomadas de esta edición.)