Paradiso en la memoria

Cuando apareció la monumental novela Paradiso en 1966, el panorama de las letras cubanas de esa década se enriqueció notablemente por aquella narración estremecedora. Nada parecido se había visto antes en la vida literaria cubana, no obstante la innegable calidad de algunos de nuestros más conspicuos escritores.

Cuando apareció la monumental novela Paradiso en 1966, esperada por aquellos lectores que conocieron las páginas que el propio autor publicó en la revista Orígenes algunos años antes, el panorama de las letras cubanas de esa década se enriqueció notablemente por aquella narración estremecedora. Nada parecido se había visto antes en la vida literaria cubana, no obstante la innegable calidad de algunos de nuestros más conspicuos escritores. La diferencia no estaba precisamente en la calidad, pues la obra de Alejo Carpentier ya había alcanzado el merecido y altísimo sitial que ha ostentado siempre, y los textos narrativos de Virgilio Piñera estaban desde entonces igualmente entre los mejores de las letras latinoamericanas; asimismo, en la década anterior había visto la luz pública otra obra extraordinaria: la novela Jardín (1951), de Dulce María Loynaz.A medida que avanzamos en nuestro diálogo con esta obra nos vamos sumergiendo en una urdimbre de acontecimientos.

Era otra la causa del asombro para los que se adentraban en estas páginas que ahora evocamos. Me refiero al poderoso edificio verbal que daba cuerpo a ese relato de la vida de una familia cubana de 30 años atrás. A medida que avanzamos en nuestro diálogo con esta obra nos vamos sumergiendo en una urdimbre de acontecimientos, en unos espacios cuyas luces y sombras, su afuera-adentro, los objetos que los pueblan, los personajes, desplazados en su interior con un tempo diferente al del discurso narrativo habitual, nos dicen con total diafanidad que estamos en presencia de una novela de formación, una novela de un poeta que ha desplegado una escritura otra, ajena a nuestra tradición más inmediata y distante de folklorismos superficiales y del más convencional realismo. En las páginas lezamianas hay una atmósfera de una densidad conceptual que nos permite establecer un significativo paralelo con otras novelas de gran linaje, novelas que nos comunican una percepción muy profunda del acontecer, con personajes y hechos que rebasan los planos más inmediatos y externos.


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La sucesión de los pormenores de esta trama, ese tejido que da cuerpo a la narración, no deja ver en ningún momento lo que podríamos llamar un vacío factual, sino que por el contrario, el decurso del tiempo nos revela una vastedad que sabemos imposible de aprehender en una sola lectura, después de la cual no hemos hecho más que acercarnos a una historia de raíces mucho más profundas. La familia, sus costumbres, la dinámica de sus relaciones interiores, su relación con el acontecer social, alcanzan una dimensión que no es posible abarcar en sus planos menos visibles desde una primera lectura. Su barroquismo imprime una jerarquía de primer orden a las caracterizaciones de los personajes, a sus movimientos y diálogos. A lo largo de nuestra lectura nos sentimos sobrecogidos por la presencia de una oscura realidad que subyace en los hechos y en las reflexiones de estos caracteres, inmersos en un paisaje interior o exterior que tiene una apariencia totalmente diferente, de una claridad que desde los primeros momentos sabemos irreal, insuficiente. No me parecen verdaderamente significativas las búsquedas de referentes reales en los personajes de esta novela, no obstante las similitudes de José Cemí con el autor, por ejemplo. De mayor interés, en cambio, me resulta, por una parte, la posibilidad de identificar a Cemí con un escritor ―así en abstracto, más allá de semejanzas con personas conocidas―, o simplemente con un hombre que quiere adentrarse en el conocimiento, y por otra parte, su manera de percibir y de interpretar la realidad, fuertemente imantado por sus misterios.

En la obra poética de Lezama, de la que Paradiso viene a ser la culminación en la medida en que es una summa de lo que fue su vida, inseparable de su creación verbal en una fusión que es mucho más profunda que la simple relación de un escritor con su escritura como oficio o profesión, en esa obra poética, decimos, y en especial en Dador (1960), hay una revelación sin paralelo en las letras del idioma en el siglo XX, a la manera de una indagación que constituye en sí misma un relato igualmente sustancial en busca del ser oculto, no visible más que por la poesía. Desde “Muerte de Narciso” (1937) podíamos esperar la aparición de una obra como Paradiso, una creación que alcanza entonces la categoría de un destino. No podía ser esa obra de otro modo que de esa manera sólidamente barroca, en consonancia con la vida de una familia cubana narrada por un gran maestro que se integró desde muy joven a la riquísima tradición americana, a la que pertenecían con toda legitimidad autores como José Martí y Alejo Carpentier.

Lezama alcanza a situar los elementos cubanos de su discurso narrativo a una altura que les permite integrarse a la cultura universal.No considero de singular importancia dilucidar si Paradiso pertenece o no al boom o al postboom de la narrativa hispanoamericana, como tampoco si es expresión de la postmodernidad ni cuáles fueron las improntas literarias que el autor asumió en la escritura de este texto mayor de nuestra narrativa. Se trata en verdad de cuestiones que revisten una importancia muy relativa ante la pura y simple presencia de la obra como posibilidad de diálogo con los lectores. Ya hablamos de su densidad conceptual, de su estilo, de su barroquismo de gran estirpe, rasgos con los que Lezama alcanza a situar los elementos cubanos de su discurso narrativo a una altura que les permite integrarse a la cultura universal. No se desentiende este autor de localismos, pero esos elementos de cubanía no rebajan en estas páginas su propia riqueza y significación. El autor llega a lo universal desde lo cubano, desde la misma jerarquía que es consustancial con esta. Otros escritores logran expresar esos mismos u otros elementos de nuestra vida y de nuestra idiosincrasia, pero mediante descripciones y caracteres que no poseen la profundidad y el acabado artístico que encontramos en Paradiso. Más allá de juicios estéticos en el análisis de cada novela y salvadas las diferencias de época, de estilo y de contexto socio-económico, la familia  cubana caracterizada por Lezama es de hecho una familia proustiana o joyciana, pongamos por caso, semejanza que no entraña, como dijimos, un rango artístico mayor, sino una manera de asumir la cultura que se inscribe en esa tradición de tan ricos y sustantivos paradigmas literarios.La compacta obra de Lezama, su tremenda fuerza poemática, tiene en este libro su plenitud y su más perdurable legado.

La compacta obra de Lezama, su tremenda fuerza poemática, tiene en este libro su plenitud y su más perdurable legado. Profundamente cubano y americano, la extraordinaria trayectoria literaria de este autor, desentendido completamente de sentimentalismos y rezagos románticos, y no menos de superficiales búsquedas de novedad y efectismos banales, nos entrega una vigorosa meditación que quiso ser, antes que cualquier otra cosa, un diálogo con nuestro ser más profundo, con una tradición milenaria en la que se inscribe la historia de nuestro porvenir. Por ello Vitier habla de que la intelección más plena de Paradiso está en el futuro, en los lectores que vendrán. Si bien en materia literaria no se pueden hacer vaticinios acerca de la perdurabilidad de un libro, creo que este maravilloso relato nos acompañará siempre en medio de las múltiples turbulencias por las que habrá de atravesar la llamada civilización occidental. De diversas maneras estamos los cubanos en este texto, de la misma manera que hemos estado en la historia nacional y que seguiremos estando en sus diferentes etapas. Nos sentimos, desde el mundo construido por el autor, herederos del pasado, de sus más ricos hallazgos. Pienso que si sometiésemos esta novela a la consideración de grandes cantidades de lectores de distintas latitudes, podríamos apreciar la enorme resonancia que su lectura alcanza más allá de los límites de Cuba. Prefiero acercarme a Paradiso sin academicismos ni análisis narratológicos, sin sociologismos ni ninguna otra tendencia que se proponga analizar sus aciertos formales o conceptuales. Todo eso puede ser esclarecedor, sin duda, pero al menos en la primera lectura, y seguramente en las sucesivas, después que nos hayamos acercado a esos estudios, habremos de dialogar de tú a tú con este magistral discurso, de donde obtendremos lecciones inolvidables y saldremos enriquecidos.