Para la salud de nuestra Uneac

 

Una de las mejores cosas de ser psicólogo es alcanzar a entender y apropiarse de las herramientas para comprender y hacer comprender que detrás de todo acto humano hay una premisa, un por qué, una justificación. Somos el resultado de lo que hemos vivido y de la manera en que nos han hecho vivir.

Podrá haber sus excepciones, sin dudas, pero creo que así sucede en nosotros los humanos.

De esta manera puedo comprender que algunos artistas se ganen la vida honradamente, y otros no tan honradamente, pues con mentiras y medias verdades tratan de engañar a quienes los perciben.

En esencia, todos queremos alcanzar una posición digna dentro de la sociedad; llevar comodidades a nuestro hogar; satisfacer las necesidades primarias o de otra índole, de todos aquellos que nos rodean e importan; queremos ser consumidores y darnos ciertos lujos; hacer arte a nuestro antojo y que el mundo sepa que somos inteligentes y hasta mágicos.

A veces olvidamos la realidad. Esa realidad que es mucho más rica y es la madre de toda imaginación.


Librería Fayad Jamís. Foto: Internet


Escribir cuentos, por otra parte, me ha servido para comprender que narrar un cuento no es el simple hecho de contar una historia con mayor o menor grado de atractivo, sino un acto consciente de mentirle al “otro” y, a la vez, hacerle pasar un rato agradable. Para ello me valgo de algunas herramientas como la sorpresa, la inteligencia, y una casi secreta estrategia de combate, con tal de ganar mi objetivo.

Un escritor que escriba lo que no tiene que escribir, o de lo que no sabe un ápice, tiene que valerse de recursos similares, pero con la salvedad de que no está escribiendo ficciones, sino “realidades”. Y eso podría ser “periodismo” en cualquiera de sus manifestaciones.

Hacerlo por dinero no es lo terrible, a mi entender, sino hacerlo conscientemente mal y “solo por” dinero. Estaría justificado, por supuesto, por lo que antes venía diciendo acerca del comportamiento y sus razones.

Es terrible porque denigra al escritor, lo vuelve un ignorante sin remedio y una especie de marioneta que solo escribe lo que le mandan y de la manera en que se le exige. La historia del arte está llena de personajes así. Personajes de alguna valía, sin dudas, y otros que ya conforman el estrellato universal.

Es terrible porque denigra al escritor, lo vuelve un ignorante sin remedio y una especie de marioneta que solo escribe lo que le mandan y de la manera en que se le exige.

Eso para nada es democrático.

No hay que mencionar que para algo existen los perfiles editoriales, las políticas de consumo y demanda, y el asalariado tiene que cumplir ese y otros tipos de exigencias. Y para el que no lo sepa, se empieza dándote ciertas libertades de escribir “sobre lo que uno quiera” y luego se van poniendo cada vez más temas a tratar y, sin darnos cuenta, se está escribiendo por encargo y de la forma en que ellos quieren.

No se confundan; defender una opinión, una teoría, una realidad, es ya otra cosa. Para ello no hace falta más motivación que el propio acto de reconocerse en la escritura y que los otros, a su vez, lo reconozcan a uno. Pero qué triste aquel que sin talento ni oficio se gana el dinero mal escribiendo artículos que denigran a la Patria que es la suya, a la que no ha renunciado, y que sabe que de lo que está escribiendo no conoce siquiera la parte intermedia.

Más triste aún, publicarlo, salir a la calle y verse con los amigos que lo han leído y saben que “eso” que está ya publicado —sea cual sea el soporte—merecía otro camino, incluso el olvido. ¿Cómo interactuar con ellos sabiendo esa verdad? Mintiendo, seguir mintiendo es el camino, quizás el único.

Y la falacia de aquellas publicaciones que todavía cuelgan una aclaración: “Cada autor es responsable de sus opiniones”. Como si con ello se libraran de culpa o de responsabilidad.

Y la falacia de aquellas publicaciones que todavía cuelgan una aclaración: “Cada autor es responsable de sus opiniones”. Como si con ello se libraran de culpa o de responsabilidad.

En varias oportunidades, para ganarme la vida escribiendo lo que escribo, he querido publicar en sitios “así”. Les he mandado mi solicitud de colaboración y me han rechazado, rotundamente. Alegan que mis textos no se “ajustan al perfil editorial”. ¿Cuál es el misterio? No hay misterio, la frase que repite: “Cada autor es responsable de sus opiniones”, es solo una falacia. Una bien burda.

En sitios y revistas como “esas” no me publican porque soy comunista, porque creo en mi sistema político y en esa Revolución que, por desgracia, no ayudé a gestar en 1959. Soy un producto de la política cultural cubana, de la AHS, y ahora me sostiene la membresía de la UNEAC. Como mismo soy hijo de mis padres, hermano de misundaryDqWNlRsbWT8IEDSA Content-Disposition: form-data; name="Visualization[published_in_homepage]" t