Para Fidel, de regreso en el camino de Santiago

Para ser don elegiste venir a este mundo, encarnar un cuerpo hecho de tierra, agua, aire, fuego y troncos… materiales finitos, otrora polvo de estrellas.

Elegiste tener un corazón, esa brújula, aguijón, huésped que no admite impurezas, para que no olvidaras tu origen, ese lugar al que ahora vuelves, totalmente desnudo, hecho luz, así de inapresable, así de eterno.

Pudiste elegir otras maneras para hablarnos, quizá lluvia de oro, silbo acariciador, centella o lava; pero viniste humano, con un verbo brioso y unos párpados alertas, aun estando cerrados, cuando los otros dormían, cuando la densidad tendió velos de fango sobre las perlas.


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Elegiste el Camino de Santiago, otro Santiago igual de iniciático y retador, un camino de piedra, hallazgos y utopías. Allí te encontramos, la mirada profética, llameante de quien tiene una alucinación muy parecida a la verdad y sabe que El Dorado existe, esa Tierra sin males, ese cielo en la tierra… Te creímos, marchamos junto a ti, un fósforo encendido en el fondo del túnel.

Y viniste en tu reino; pero sentarse a tu diestra no era el trofeo, sino estar en la mira, para salir proyectado contra el miedo con los ojos llameantes de quien tiene una alucinación…

Pudiste partir sin dejar rastros, desvanecerte en forma de arcoíris, ascender entre nubes, simplemente marcharte en un carro de fuego; pero elegiste esperar sin pausa, que el tiempo, juez tridimensional, sometiera tu carne al capricho de Cronos.

Y aquí estás, de nuevo en el camino, vuelto polvo de estrellas, fetiche para no olvidar que un día estuviste entre nosotros y nos contagiaste un sueño muy parecido a la verdad, tu especial modo de re-crear la vida, de ser un don.