Para continuar camino a Ítaca

Para continuar camino a Ítaca

Sarimé Álvarez

Al saber que el Odin Teatret visitaría Cuba con un extenso programa, no dudé en extender la invitación a los estudiantes del área de Teatro que dirijo en el Centro Morelense de las Artes desde 2012. Se trataba de ofrecerles la oportunidad de apreciar de cerca el trabajo de quienes constituyen un referente insoslayable para el universo de la escena y algunos de los hilos afectivos más importantes en el entramado de mi formación como directora.

Aparecía en el horizonte, además, la promesa del descubrimiento y, en algunos casos, del reencuentro con varios de mis maestros cubanos más queridos, que ya habían conocido en el pasado a Traspasos Escénicos, organizado por el departamento de Teatrología y Dramaturgia del ISA; aspecto que iluminaba todavía más la perspectiva de nuestro viaje.

No faltó lugar en esta Odisea para visitar la entrañable Casa de las Américas, que nos recibió como si se tratara de nuestra verdadera casa. Agradezco a todos aquellos entregados a la tarea de llevar a cabo este proyecto; al Odin Teatret, siempre generoso; a Omar Valiño y a su equipo de trabajo, todos gestores y reparadores de sueños. Dejo a continuación algunas reflexiones de los jóvenes mexicanos que regresaron atesorando aquello que buscaban al emprender el viaje: inspiración y fuerzas para continuar camino a Ítaca.

Visita del Odin Teatret a Cuba
Foto: Cortesía Angélica Moreno

 

Una forma de hacer revolución

Fernanda de la Rosa Torres

Salir de la tierra en la que naciste es una experiencia maravillosa. Uno viaja no para cambiar de lugar, sino para cambiar de ideas, y en este segundo viaje a Cuba lo he confirmado: conocer y reconocer una cultura no muy lejana a la mía, sentir el calor y el amor de la gente al caminar por las calles, me hacen sentir en familia.

Esta vez, caminar por las calles ha sido diferente; mi mirada no solo se enfocaba en lo que mis pies pisaban o en los bellos edificios de La Habana. Mi mirada y mi pensamiento estaban adelantados, estaban enfocados en los nervios, en el miedo de ver cosas diferentes, en la emoción y la felicidad que me provocaba el encuentro con el Odin Teatret.

Mi primer acercamiento a algunos de los actores y a Eugenio Barba fue en una presentación en el teatro Buendía. Tanto ellos como nosotros íbamos de espectadores. Pasaron junto a mí y mi piel se puso “chinita”, esa fue la primera señal de que estaba en el lugar correcto.

No sé cómo explicar la fuerza que irradia un grupo de teatro que lleva 52 años de vida en común. Escuchar a Eugenio, verlo de cerca, sentir esa sencillez y ese amor que le tiene al oficio, es inspirador. Conocer y ver a Julia, Iben, Roberta, Kai, Else Maire, Jan y Frans, me hace cuestionarme, como actriz y ser humano, cuál es el sentido de la vida.

Creo que aún no logro procesar lo que vi en escena, las energías ofrecidas en cada texto, en cada movimiento, en cada respirar. Me voy de Cuba con un mar de sentimientos encontrados y con la reafirmación de que el teatro es una forma de hacer revolución.

Julia Varley en Casa de las Américas(Cuba)
Julia Varley en Casa de las Américas. Foto: Cortesía Angélica Moreno

 

Mi Odisea en Cuba

Angélica  Moreno

 

Venir a la Odisea del Odin Teatret ha significado muchísimo para mí. Saber que tendríamos la oportunidad, al fin, de ver a quiénes hemos leído, visto en video y escuchado muchas veces, y a quienes he considerado mis maestros desde que decidí estudiar Teatro de manera profesional, fue muy importante.

El día que llegué a La Habana fue el mismo en que vi por primera vez una función del Odin en vivo: La vida crónica. Desde que supe que el viaje era una certeza, tuve miedo de verlos, conocerlos y, principalmente, de que todo lo que había escuchado, por alguna razón no sucediera. Dicen que cuando uno crea grande expectativas, luego no se cumplen y entonces caes al piso. Pero no sucedió así. Cuando entré al foro y vi a Eugenio Barba recibiendo al público, no lo podía creer. Ahí estaba Eugenio, parado junto a Anne y Donald, recibiendo a la gente, supervisando que todos se pudieran sentar y disfrutar la función. Eso sentó un precedente: si el director era así de atento, ¿cómo podrían sus actores ser diferentes? Cuando me senté, descubrí que olía muy rico el lugar y que desde allí, tercera fila a la derecha, podría ver todo perfectamente.

Luego comenzó la magia, desde el momento en que se ilumina la línea roja que está a los pies del público y se descubre lo que hay en el escenario. La primera en salir fue Iben, y de pronto rompí a llorar. Por fin estaba viendo a mi actriz favorita del Odin actuando en vivo, a una distancia tan corta. Pero no tuve mucho tiempo de llorar, porque lo que sucede en esa obra va de extraordinario, a extraño, y luego a miles de pensamientos y emociones que no da tiempo de asentar algo antes de que esté sucediendo otra cosa. Lo mismo me ocurrió con Roberta: lloré al verla en escena, pero recuerdo que no tuve tiempo de procesarlo. La obra no me dejaba, era un caos perfecto.

Vi un trabajo exquisito y mucho esfuerzo y entrega. Vi las huellas en la nieve de las que habla Roberta. Sé que estaba la técnica, pero oculta, debajo de la nieve y las huellas de su trabajo. Pude entender muchas de las cosas de las que me hablaban mis maestros, la relación del actor con su personaje y con el público, todo parecía una ofrenda. Es algo difícil de describir, sobre todo porque era la primera vez que los veía.


La vida crónica. Foto: Tomada del sitio web del grupo


Volverlos a ver fue cada vez una experiencia distinta. Sé que podría ver esa obra muchas veces más y siempre me volverá a sorprender. Hay tanto cuidado en cada cosa, que logré entender la maestría en el oficio mediante  los talleres con Franz, trabajando con Kai y escuchando a Julia, Tage, Jan y Eugenio. Pude comprender también que esa maestría solo se logra a partir de mucha disciplina, esfuerzo y amor por lo que haces. No hay otra opción.

Viajar a Cuba para conocer al Odin también me dio la oportunidad de ver el trabajo del Teatro Cubano, otros maestros. Lo primero es que siempre están al 100% de energía. Tal vez eso sea normal allá, pero en México no lo es; lo sabía, pero no lo había constatado del todo. Hay un dejo muy superfluo en el teatro mexicano. Ya sé que es algo cultural y que en México también hay muchos que hacen Teatro por amor al arte, porque acá es bien difícil vivir solo de hacer teatro. Tal vez por esa razón no siempre hay esa profundidad que se espera de nuestro arte y que sí pude apreciar en Cuba.  

Termino estas notas con lo que más me sorprendió: Else Marie, la actriz más antigua del Odin Teatret, y sus espectáculos Memoria y Mis niños de escena. Tiene 72 años y una enfermedad crónica desde joven, pero eso no le impide trabajar e involucrarse con intensidad en lo que está haciendo, tal como nos repite hasta el cansancio nuestro maestro de actuación de este año en México. Else Marie siempre está presente, siempre está allí, contigo,  contando la historia, mostrando su trabajo. La admiro mucho desde entonces, porque es muy humilde y no parece darse cuenta del ser extraordinario en el que se ha convertido. Nada más de verla, se aprende.

Ahora es mucho el trabajo por hacer para lograr siquiera una pizca de lo que he visto allá. No puedo ceder a la pereza si quiero encontrar en mí lo que he visto; sólo el esfuerzo y el constante trabajo pueden dar resultados satisfactorios.

La relación de Cuba con el Odin es muy significativa, lo pude ver incluso en otros espectáculos. Cuba es un país lleno de mucha energía y trabajo, eso se ve plasmado todo el tiempo en lo que hacen —al menos esa impresión me dejaron—. Fue muy interesante estar en La Habana desde una perspectiva diferente a la que ya había vivido, pues el año pasado estuve en una experiencia con el Instituto Superior de Arte. Ahora conocí otra parte de Cuba, una Habana llena de mucha historia.


Foto: Cortesía Angélica Moreno

 

 

Reencontrar un teatro sublime

Esveidy Flores Salazar  

 

Transposición, impulsos minuciosos, abandono de la zona de confort, los sentidos atentos al espectador y cuidar nuestro refugio, son algunos hallazgos o puntos de encuentro que percibí durante los espectáculos, clases y talleres con el Odin Teatret. Viajar a Cuba para conocer al Odin ha sido una gran experiencia, llena de aprendizaje y aventura.

Me atrevo a decir que los espectáculos vistos fueron también clases magistrales. Mientras veía la obra de los actores pensaba en su cuerpo como un refugio para el trabajo. Podría destacar, entre todos, a Else Marie, la actriz con mayor experiencia en el Odin Teatret, que me dejó la  imagen de un cuerpo lleno de energía.

Había leído textos de Eugenio Barba y de Julia Varley, había visto videos; sin embargo, quería vivir (presenciar) un espectáculo de ellos. Entre tantos hallazgos hay uno que me marcó tremendamente: se puede trabajar desde cualquier cosa, ya sea un alfiler o un poema, siempre y cuando se profundice al máximo en ello.

 

Un encuentro con lo esencial

Eduardo Muciño Briones

Después de un año planeando ir a Cuba y poder ver al Odin Teatret, la espera había terminado. Comenzaba la travesía, las maletas estaban preparadas y el acordeón en su estuche. El avión despegó, y en ese momento el tiempo se percibía diferente. Todo transcurría con lentitud. Miré por la ventana y me perdí en la inmensidad del mar. De pronto, nos encontrábamos en la Isla y nos estábamos alistando para ir a ver al Odin; en aquel momento no creía que estuviera sucediendo, pero eso no importaba porque era real, y tanto, que ya nos encontrábamos caminando por la Plaza de la Revolución, rumbo al teatro.

Allí pude ver a gigantes, almas viejas dando todo en el escenario, ofrendando su trabajo. Me sentía protegido, me llevaban cuidadosamente de escena a escena; aunque los temas tratados fueron fuertes, nunca me sentí violentado. Esa es una de las cosas que agradezco infinitamente, ya que salí del teatro con sentimientos encontrados y con un regalo invaluable: el trabajo minucioso de un grupo que ama lo que hace, sin medias tintas. Amor y rigor son dos palabras que están presentes en mi pensamiento, pues durante el viaje pude percibir constantemente estos elementos en los espectáculos que fuimos ver, y no solo me refiero a los trabajos del Odin, sino a los de grupos cubanos como el Buendía, Estudio Teatral Vivarta, Teatro Impulso y La Isla Secreta. Las puestas en escena, conferencias y demostraciones de trabajo respondieron a una necesidad real de hacer teatro, a una búsqueda implacable de contestar lo fundamental que exige el arte.


Eugenio Barba y Julia Varley en Casa de las Américas. Foto: Cortesía Angélica Moreno


Este viaje fue mucho más de lo que esperaba. Tuvimos la oportunidad de tocar nuestros instrumentos durante la conferencia que dio Kai sobre el teatro de la reciprocidad. Pudimos declamar algunos de versos de José Martí. Pude ver trabajos sublimes, que llegaron a rincones de mi alma que hasta entonces no habían sido tocados. Entendí que puedes transformar cualquier espacio común en un espacio teatral, que el trabajo de grupo es la base para poder hacer teatro; pero aprendí, sobre todo, que no hay que pretender hacer teatro, hay que hacerlo.

Los últimos días de la travesía se tornaron grises, los instrumentos dejaron de sonar, el ruido habitual que caracterizaba a la ciudad ya no estaba, el silencio nos invadió. De pronto, las maletas ya estaban listas, el acordeón estaba en su estuche y otra vez miraba el mar desde la ventana del avión. Pero algo dentro de mí había sido movilizado. Llevaba en mi mente preguntas y recuerdos invaluables. Se quedó en La Habana una parte de mi ser, y a la vez llevo algo de Cuba en mí.