Para celebrar los encantos
Para Manolito Iglesias, con el que hablo tanto sobre cine cubano.

Encanto, esa era la condición, la cualidad, que Jorge Luis Borges reconocía en Oscar Wilde para explicarnos el por qué, sobrepasando décadas y modas literarias, los escritos del irlandés seguían seduciéndonos y provocándonos. No es un elemento que se pueda fijar científicamente, algo que los filólogos o académicos puedan destilar, pero sí resulta primordial para que entendamos por qué ciertas figuras y ciertas obras siguen hechizándonos. La película cubana que ahora llega a sus 25 años puede ser analizada, criticada, tenida a más o tenida a menos, pero jamás podrá negársele ese privilegio, ese diamante raro y suyo: el encanto que aún emana de sus imágenes. El gozo con el cual, en tanto espectadores, volvemos a este filme que Enrique Pineda Barnet nos regaló para que la nostalgia, en el cine nacional, tuviera otro color y otro sonido.

La bella del Alhambra es quizá el más afortunado entre los títulos de nuestra filmografía que tome como punto de partida un libro de Miguel Barnet. Canción de Rachel, una de sus novelas testimonio, sirvió para resucitar el nombre y los ojos de Amalia Sorg, quien triunfara en el coliseo para hombres solos, y a quien el escritor halló en su vejez, dispuesta a contar maravillas y atrocidades de ese teatro, el Alhambra, que es uno de los mayores mitos de nuestra cultura. Por lo mismo, es un mito discutido, subestimado o sobrevalorado, un espacio que acrisoló música, comedia, sátira e identidad nacional en una dimensión que se volatilizaba cada noche. Del libro nace el argumento del filme, que rinde tributo a la zarzuela, al vaudeville y convierte las voces de la novela en un tributo al teatro cubano, como se lee en la dedicatoria que aparece en sus minutos finales. El bufo criollo, el género alhambresco, han sobrevivido a la caída del techo y el portal del edificio que fuera su templo, en 1936, y hoy están encarnados en el decir y la gestualidad, en el ánimo paródico y desacralizador que el cubano, para lo bueno y para lo malo, lleva consigo a cualquier punto del planeta.

En 1989, coincidiendo con La bella del Alhambra, se estrenó una película no menos digna de recuerdo, que aunque muy distinta en tono y propósito, también tomaba al teatro como metáfora de la Nación. Con Papeles secundarios, Orlando Rojas se valía de Réquiem por Yarini, la obra de Carlos Felipe, para cuestionarse a Cuba como teatro de su presente y su futuro. Junto aLa bella del Alhambra recomponía aires del pasado, para llenar el vacío que nuestra tradición escénica, amenazada por la desmemoria, los fantasmas moralistas que la acosaron en los 60, los 70 y más allá; se debía a sí misma a fin de comprenderse en una dimensión más progresiva y exorcizada. No es casual que también en ese año, Berta Martínez dirigiera en Teatro Estudio su memorable y divertidísima reapropiación de La verbena de la paloma. Estos tres momentos que aquí menciono dejaron una influencia y un eco indudable en quienes pudimos presenciarlos. Papeles secundarios reflejó las incomodidades más arduas de una generación de artistas que tenía que aprender a convivir con perfiles que habían sobrevivido a traumas, oportunismos, doble moral, para mantenerse a la vista en ese escenario que no era solo teatral. La bella del Alhambra nos recordó que nuestra música, nuestro sentido del espectáculo, podía tener en la pantalla un título valioso, que siendo popular, nos dejara a todos el hálito amable del agradecimiento. La certeza de que otras maneras de expresarnos podían también convivir, como lo hacía esta obra con la de Orlando Rojas y otras de su instante.

La bella del Alhambra nos recordó que nuestra música, nuestro sentido del espectáculo, podía tener en la pantalla un título valioso, que siendo popular, nos dejara a todos el hálito amable del agradecimiento.

Vimos la película una y otra vez. En las aulas de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro, jugábamos entre clase y clase a revivir sus mejores escenas. Laura de la Uz era Rachel, por supuesto, y siempre había alguien dispuesto a replicarle con los parlamentos de La Mexicana. “Mis aplausos no serán muchos pero por lo menos son limpios”, “¡Al teatro, Federico!”, “Esa es mi cruz, cariño”, “Yo no estoy preparada para la muerte”, son algunos bocadillos del filme que todavía nos sirven de gozosa contraseña, aunque pocos con la misma intensidad de aquel muy rotundo que Rachel le espeta a alguien: “¡Maestro, limítese a enseñarme la técnica, que el resto lo pongo yo!” ¿Qué tenía aquella película que nos sacaba de las discusiones grotowskianas, de los afanes experimentales de la escuela, y nos hacía aprendernos un cuplé, cantar el tema del lunar, haciéndonos reverenciar inconscientemente a Celia Gámez, a las divas del Alhambra, a las vedettes cubanas que el cine cubano no supo aprovechar por tantos años y que guardaban el secreto de ese otro mundo, que el filme mostraba amorosamente? ¿Cuál era la clave del éxito que ponía a esta creación por encima de otros intentos fallidos por lograr un musical cubano, empeño que mezcla esa obra de culto explosivo que es Patakín y desastres sonados a la manera de Hoy como ayer?

Hay que decirlo, La bella del Alhambra es una película que entra, literalmente por los ojos. Con una dignidad asombrosa hace cine de época, reconstruye varias décadas de principios del siglo XX y logra una convincente atmósfera sin derroche innecesario. El teatro Milanés, de Pinar del Río, se transformó en un Alhambra que deja ver, en el público, a varios amigos, jovencísimos, de aquella localidad, quienes aparecen como extras en las escenas que Rachel o La Mexicana centralizan. Mucho de ello se debe a Derubín Jácome y a Diana Fernández, responsables de la dirección de arte, escenografía y vestuario. Los recuerdo en una entrevista televisiva, promocionando el filme, afirmando con gran orgullo que habían conseguido hacerlo todo con lo que habían encontrado en el país, apelando al talento y a la inventiva de ambos. No dejaré de agradecerles nunca el cuidado, el preciosismo con el cual nos devolvieron un Alhambra que, sin ser aquél de Consulado y Virtudes, logró rescatar el aire de un tiempo en el que la comedia nacional reía y cantaba de otros modos. La música de Mario Romeu es otra de las joyas de este filme, desde el tema de la protagonista hasta las reinvenciones de famosas coplas y ritmos diversos. Fue, curiosamente, el único elemento del filme que ganara un Coral en el 11 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Pero de esos desaires es mejor hablar luego, y poco. La fotografía de Raúl Rodríguez Cabrera y la edición de Jorge Abella se confabulan con el tono ligero del conjunto, y logran que nos detengamos en esos pequeños detalles que demuestran cuánto se trabajó para que hoy, a 25 años, La bella del Alhambra sea un filme que se deje volver a ver con tanta gracia, con tanta frescura, y pueda pasar de generación en generación con más soltura que otros pretendidos clásicos.

Y están, por supuesto, las interpretaciones. Nos rendimos ante una Beatriz Valdés que dondequiera que esté, va a ser Rachel. Gracias al trabajo vocal de Zenaida Castro Romeu, su voz se acomodó a la exigencia de boleros, rumbas, guarachas y otros ritmos, bailando con sobria destreza y convenciendo con esos ojos que el trabajo de maquillaje y peluquería realzaron sin recato. La prueba fue alta, y el filme deja ver a la novel actriz en tensión con varios momentos en los que deslumbra y otros no tan firmes, pero la impresión general es que la apuesta de Enrique Pineda Barnet por esta joven, no fue desacertada. Valiosos actores cubanos la rodean y la retan. Verónica Lynn encontró un personaje a la medida, entre la caricatura, lo patético, lo contradictorio y lo humano, al que brinda todo su magisterio. Omar Valdés equilibra su teatralidad para dar vida a Federico, el dueño del Alhambra, desde una contención loable. Carlos Cruz logra que su Adolfito rebase lo sensiblero para convertirse en el alter ego masculino de Rachel, homosexual que no consigue librarse de ese final que persigue a los personajes de su tipo en tantos filmes, aunque nos lo revela más allá de la simple máscara. Las escenas eróticas entre Beatriz Valdés y César Évora se cuentan entre las mejores del cine cubano. Ramón Veloz da una imagen veraz del cabrón al que interpreta. Y por supuesto, Isabel Moreno se roba escenas solo con la mirada, incorporando a una mexicana que lo mismo canta el “Papá Montero” que se dispone a regar brujería en el camerino. Ella, apoyada en la voz de una OmaraPortuondopreBuena Vista, da un sentido dramático a sus apariciones que justifica la presencia crecida del personaje en la trama, hasta que desaparece violentamente después de la famosa bronca que tantos recordamos.

Muchos años después, en los planos finales de Suite Habana, Fernando Pérez rescata el “Quiéreme mucho” que Omara grabó para esta película, y sobre esas imágenes del malecón azotado por las olas de invierno, esa voz y ese recuerdo enlazan otros secretos del cine cubano, y de nuestra memoria como espectadores. Todo eso halla en la dirección de Pineda Barnet un equilibrio que, sin estridencias, combina partes y referencias para regalarnos una obra que, en efecto, como dice el título de esa canción inmortal de Gonzalo Roig, nos pide que la queramos. Y lo consigue rotundamente.

La película nos advierte que somos también todo eso, que esa mezcla feroz y voraz de alta cultura y gusto popular nos particulariza, y que negarnos a ver esos rostros en el sitio que cada uno merece sería cegarnos ante algo que nos ha marcado ya.

Y todo ello sucede, valga aclararlo, por encima de sus defectos, que también los tiene. Algunas escenas hubieran merecido otras tomas, y el argumento, es verdad, repite sin disimulo resortes típicos y manidos del melodrama, del musical español que protagonizaron la Montiel o Carmen Sevilla en las décadas del 50. Es la típica historia de la muchachita soñadora que aspira a ser una estrella, y está dispuesta a entregarlo todo a cambio de esa quimera. Es cierto. Y qué. Todo ello tiene un eco en nuestra manera de leer y gozar el cine y la vida, y no soy de los que olvida que junto a Lezama, Carpentier, o Alicia Alonso, la cultura cubana también es la de Buesa, Félix B. Caignet o Ninón Sevilla y la Montaner. La película nos advierte que somos también todo eso, que esa mezcla feroz y voraz de alta cultura y gusto popular nos particulariza, y que negarnos a ver esos rostros en el sitio que cada uno merece sería cegarnos ante algo que nos ha marcado ya. Somos melodramáticos, somos noveleros, nos gusta la música enlazada a una escena apasionada, tenemos nostalgia por un teatro musical donde nos veamos sin tener que pedir máscaras extranjeras, tuvimos un teatro lírico al que Lecuona, el propio Roig y otros dieron un brillo del que deberíamos estar más orgullosos, para entenderlo de modo realmente contemporáneo. La bella del Alhambranos conectó, como aquella puesta de Berta Martínez, con esa herencia, con ese legado, y nos dejó verlo desde la nostalgia, siempre engañosa, pero también suficientemente reactualizado como para que lo sintiéramos entre nosotros.

El filme se proyecta, como lectura paralela, con aquel olvidado documental de Manuel Octavio Gómez, Cuentos del Alhambra, que en nuestras escuelas de arte debiera tenerse como referencia puntual. Si ahora sabemos versos y melodías de La isla de las cotorras, la piececita de Villoch, se lo debemos a Enrique Pineda Barnet. Desde ahí puede trazarse un camino que nos llega, en retrospectiva, a ese documental, en el que María de los Ángeles Santana se une a varias leyendas del teatro de Consulado y Virtudes, como Blanca Becerra y la propia Amalia Sorg, para hablarnos de un mito que se niega a morir.

Pensé escribir solo unas líneas sobre este filme, que debería tener ahora un relanzamiento en nuestros cines. Pero al comenzar a escribirlas, me hice acompañar de su banda sonora. Y aquí estoy, cantando con Beatriz Valdés esos temas que La bella del Alhambra nos devolvió, para bien de la memoria colectiva del cubano. Han pasado 25 años de su estreno. Y del disgusto que fue ver esta película ignorada en la entrega de Corales del Festival de su año, salvo la excepción ya indicada. Recuerdo que estábamos en el Karl Marx, y se anunció que una actriz argentina era la ganadora del premio a la mejor actuación. Un rumor amargo recorrió el lunetario. Y entonces apareció Beatriz, para dar a conocer otro de los galardones. Se vino abajo el teatro más grande de Cuba para aplaudirla. Y ella, muy emocionada, dijo entonces otra de esas frases que aunque no aparezca en el guion, lleva ya un cuarto de siglo grabada en la memoria de quienes la escuchamos y tenemos a este filme como un recuerdo exultante: “Todos ustedes son mi Coral”. Y tú eres el nuestro, Beatriz, logrando que nos enamorásemos, a través de tu rostro, de tu canto, de tu cuerpo y de tu baile, de todo el teatro cubano. Porque eso es esta película de Enrique Pineda Barnet, una declaración de amor. Un amor al que volvemos constantemente, y que nos espera, como la Rachel de la imagen final, entre los velos de esa pantalla sin edad.