Orfelina

Las mujeres sostienen el mundo en vilo para que no se desbarate.
G. G. Márquez.

 

Las ropas tiran con fuerza, tratan de zafarse, dan vueltas y se enroscan en el cordel, víctimas de los arrebatos del viento. Los primeros goterones del aguacero caen mientras Orfelina se apura en recogerlo todo. Qué antojo de llover. Hace un rato no había ni una nube. Que no se moje la ropa, ya bastante trabajo se ha pasado lavando. Las piezas secas sobre el hombro derecho, las húmedas sobre el izquierdo. Las húmedas habrá que tenderlas dentro de la casa, dejarlas que se oreen toda la noche para que mañana amanezcan secas.

La plancha está puesta al carbón. Orfelina lleva toda la tarde planchando. Las sábanas se secaron rápido, siempre se secan rápido y plancharlas es bastante fácil. Ojalá todo fuera sábanas. Ojalá no hubiera tantas batas de niña, tienen demasiados vuelos. Vuelo a vuelo las gotas de sudor corren por la frente de Orfelina. Vuelo a vuelo se enfría la plancha y hay que volver a ponerla sobre las brasas. Cuidado que el fogón no se ponga a soltar humo, porque el mal olor se mete a la casa y se pega a la ropa. Que no se le peque el olor a la ropa o hay que comenzar de nuevo. De nuevo las sábanas, de nuevo las camisas, de nuevo las batas de niña y sus vuelos infinitos, de nuevo los vestidos de la señora. Lavar, almidonar, planchar. El sudor corriendo por la frente. Cuidado que el sudor no caiga sobre la tela, que no se manche la tela con el cansancio, porque la ropa no puede parecer cansada.

Toda la tarde planchando y toda la noche. Orfelina no quiere comer hasta que no termine. Luego será que coma, en lo que el calor se le pasa, porque no se puede bañar así, no vaya a ser que le suceda como a Rita Pavón, que se quedó tiesa por culpa de la plancha y del agua fría. La madre dice que descanse un rato, que lo deje para mañana, pero ya está terminando. La madre quiere ayudar, pero Orfelina no quiere que la madre ayude, ni que esté pasando esos calores, no quiere que le salga sarpullido, ni que al acostarse le duela la cintura, las piernas, la cabeza, la vida. Ya bastantes dolores tiene la madre. Dolores de vieja que no necesitan razones y que no encuentran descanso.

El fogón se enciende temprano. La madre hace el café de la mañana y un cocimiento de chaya para curar el mal de orine. A la madre le da lástima que Orfelina tenga que estar haciendo esas cosas. Cuando se busque un marido va a pasar menos trabajo. Ojalá haga como Romelia, que fue inteligente y no se casó con un guajiro cualquiera, sino con Pepe. Pero Orfelina todavía no tiene cabeza para buscar marido. Es muy jovencita. Está en la edad de pintarse los labios y ponerse un vestido. Con lo que le pagan por lavar se ha comprado sus cosas, pero nunca un vestido. Orfelina da casi todo a la madre, para la casa, para la comida, para lo que haga falta. Buena hija. El día que se case la va a extrañar.

La madre no tiene ganas de que la muchacha se case. Al menos no por ahora. Ojalá se quedara pequeña, presa en la edad, con la voz chillona y las rodillas firmes, con esa fascinación hacia la madre, ese amor infinito hacia la madre que sabe que pronto aparecerá un hombre, diciendo que la quiere bien, que con él no le faltará nada. Habrá que permitirle las visitas de novio, dejar que se conozcan antes de que se robe a la muchacha y la lleve a vivir lejos, donde el diablo dio las siete voces y nadie lo oyó. Entonces solo podrá preguntarse a dónde la llevaron, si estará bien, si el marido es bueno con ella. La angustia de esas preguntas que nadie responde.

Menos mal que el hombre aún no aparece. La madre tiene ganas de disfrutar de la hija, ahora que está grande y puede hablar con ella de cosas que antes no podía. Da gusto hablar con Orfelina. De pronto pareciera que tiene diez años más. De pronto pareciera su amiga, sangre de su sangre y amiga. Cosa rara. Linda pero rara. A la madre le hubiera gustado ser amiga de la abuela, que en paz descanse, pero los tiempos eran otros, o quizás la abuela era muy bruta, buena pero bruta.

La madre alguna vez tuvo una amiga con quien hablaba todo mientras jugaban cerca del río. Con los años cada cual cogió su rumbo. Desde entonces nadie volvió a escucharla así. Ni siquiera el padre de sus hijos. Hombre serio, de hacer muchos cuentos, pero de escuchar poco. Los hijos se le parecen bastante, incluso Romelia, la mayor. Pero Orfelina es distinta, es la más chiquita y parece más grande, como si tuviera en la cabeza las entendederas que sus hermanos no tienen. Quizás porque creció mirando la vida desde los ojos de la madre, viendo llorar a la madre por culpa de los hijos, ayudándola a zurcir la misma ropa desgastada, notando que la madre siempre era la última en sentarse a la mesa, que al sentarse ya casi todos habían terminado de comer, que la comida apenas alcanzaba.

Doblarlo todo con cuidado, ponerlo en la cesta con cuidado. Es agradable el olor de la ropa limpia. Dulce y suave el olor. La mejor parte del trabajo es esta. Da gusto ver la diferencia entre la ropa que llegó y la que se va, parece mentira que sea la misma. Incluso las telas parecen haber cambiado de color y de textura. Fascinantes las telas. A Orfelina le gustaría aprender a coser telas así, hacer vestidos como los de la señora. Cómo se le vería un vestido de aquellos. Dan ganas de probárselo, pero no está bien que lo haga. No le pagan para que ande probándose una ropa que no es suya. Y si se rompe, o se mancha con el suelo de tierra. Ya no da tiempo de volver a lavarlo, almidonarlo y plancharlo.

Hay que llevar la entrega pronto. No puede hacer esperar a la gente de la casa. Orfelina nunca los ha hecho esperar, por eso confían en ella. Tantas muchachas que se dedican al lavado de la ropa y siempre la mandan con ella, porque tiene palabra, porque hace bien su trabajo, porque nunca llega tarde.

Tienes un don. La señora de la casa lo dijo. Cada cual tiene un don en la vida. Orfelina hubiera preferido que su don fuera otro, que fuera, por ejemplo, coser a máquina. La máquina hace casi todo el trabajo y no hay que estar pasando calores, ni esperando un rato para bañarse. Pero cada persona tiene un don en la vida, la señora de la casa lo había dicho. A Orfelina nadie le encontró nunca un don. Quizás los dones andan sueltos por el aire, esperando que alguien los atrape, los reparta, les asigne un dueño. Tantos dones y le viene a tocar justo ese.

La niña de la casa juega en el patio. Sentada sobre la hierba juega, con su bata de mil vuelos juega. La niña no sabe que la hierba mancha, que se pasa mucho trabajo para sacar ese color verde-amarillo de la bata. Habrá que echarle limón y ponerlo al sol, dar puño con cuidado de no romper la tela, con cuidado, pero mucho. La niña no sabe esas cosas. Es muy pequeña la niña. Quizás todavía no tenga un don. Quizás su don sea el de ensuciar la ropa. Orfelina tiene ganas de decirlo, de enlazar a la niña con el don. Mira a la señora de la casa, toma aire para decir la frase, pero no la dice. No le pagan para que ande atrapando dones y dándoselos a la familia. La familia no necesita esos favores. Da rabia ver a la niña manchando la ropa, pero la niña no tiene la culpa, es muy pequeña.

Bonitos los muebles, bonitas las cortinas, bonitos los retratos. Lo que más le gusta a Orfelina de aquella casa son los retratos, la gente pequeñita, presa en los cristales que cuelgan de la pared. Se le van los minutos viendo joven a la señora. Bonita la señora, entonces señorita. Con cada retrato la señora se estira, se ensancha, se endurece. La señora se parece muy poco a la señorita. Parece mentira que sea la misma. No es la misma. Eso es lo que tienen los retratos. La gente se cree que los de los retratos son ellos, pero no lo son.

Orfelina mira los retratos, de pie junto a la puerta, los mira. Nadie le dijo que pasara y se pusiera cómoda. Esos formalismos no hacen falta. La señora volverá enseguida, fue a llevar la ropa limpia y a traer la sucia. La ropa nunca acaba. Por suerte nunca acaba, por suerte tienen dinero para pagar. Dinero que alimentará a la madre de Orfelina. Todos los hijos han hecho su vida fuera de la casa. Todos se han ido, dejándola en la miseria. Vienen de vez en cuando con unas yucas, un pedazo de carne, un puñado de arroz. Los hijos piensan que eso alcanza. Después de que el padre murió nada alcanza. Para colmo los años le cayeron encima. A Orfelina le da lástima ver a la madre aplastada por la edad. Ver que las manos de la madre ya no responden como antes, tiemblan. Es difícil enhebrar una aguja con ese tembleque de las manos.

Hace unos años la madre cosía para la calle. Sabía hacer de todo. Las canastillas más lindas que se habían visto por aquella zona. Bordados preciosos. Una artista de la aguja. La madre tenía un don, todavía debe tenerlo, pero los ojos ya no la acompañan, ni las manos. Da pena mirar a la madre así, triste, lejos de sus agujas, aplastada por el peso de la edad, o aplastada por el peso del don. Quién sabe. Un don tan grande debe ser muy difícil de llevar a medida que los años inflaman las rodillas.

El dinero está completo. No hace falta contar. Basta con meterlo en el escote. Discreto el escote. Discreta Orfelina. A la señora le da lástima la muchacha. Hay gente que pasa mucho trabajo en la vida. Tan joven y mira lo que hace para comer. Por suerte la niña nunca tendrá que lavar para la calle. No se le pondrán las manos resecas del agua y el jabón. La niña nunca será Orfelina. Está a mucha distancia de serlo. Años de distancia. Siete. Ocho. Diez. No llega a diez años. ¿Cómo será la niña dentro de diez años? ¿Cómo será Orfelina? Para Orfelina el tiempo pasará más rápido. Diez años serán como diez vidas. Le habrá cambiado la voz. Estará casada, con hijos. Estará gorda. Estará vieja. Le dolerá la cintura, las piernas, la cabeza, la vida. Y tendrá que seguir. Lavar, almidonar, planchar. No sabe hacer otra cosa. Esta es la edad de aprender todo de la vida, de aprender y pintarse los labios, salir con las amigas, estrenar un vestido, antes de que un hombre la mire a los ojos y le ponga todos los pelos de punta. Es la edad de aprender, la edad es esta y no hace más que lavar, almidonar, planchar. Presa del don que atrapó la señora.

A la señora le da lástima la muchacha. Le ha visto las manos laceradas por el agua. Suavidad del agua, suavidad del jabón, suavidad de las telas. Cosas de apariencia inocua. Quemaduras del roce sobre la piel vulnerable. Dedos manchados de espuma. Algo tan inconsistente como la espuma le ha manchado los dedos. Quizás Orfelina es más frágil de lo que parece. Orfelina, hecha de burbujas para circundar a la madre, para mantenerla a salvo del mundo. Hay quien no se merece los hijos que tiene. Eso piensa la señora. Siempre le dijeron que es malo sentir lástima de la gente, pero no puede evitarlo. Aunque le busque un nombre distinto, el sentimiento es ese y no otro.

Mira, Orfelina, esto es para ti. Eso dice la señora y se ponen grandes los ojos de Orfelina, asustados, nerviosos. La muchacha no sabe qué hacer, no cree lo que está pasando. La señora sonríe, piensa que hizo bien en no botarlo. Estuvo a punto de hacerlo varias veces, pero no lo hizo. Siempre lo dejó para después. Hay recuerdos difíciles de lanzar a la basura.

Sobre el pecho, el encaje ha adquirido una tonalidad amarilla, y en medio de la saya, puede que también en otros lugares. El tiempo y su costumbre insana de marcar todo lo que encuentra. En la pared cuelga un retrato donde el vestido es blanco, donde la señora es la señorita. Puede que la señora haya tenido alguna vez la edad de Orfelina, puede que el vestido le sirva a Orfelina. Todas esas manchas se le caen. La señora, que no sabe nada de manchas, lo dice, se le caen si se lava bien. Orfelina no sabe qué decir. La lengua se le ha trabado. Los ojos se humedecen. No puedo aceptarlo, eso dice la muchacha y la señora replica. Claro que puedes, yo te lo estoy regalando.

Desde la puerta de la casa, la señora ve alejarse a Orfelina. Ingrávida. Feliz. La cesta de ropa sucia no le pesa. Solo el peso del don que carga evita que levante el vuelo por esos caminos. Cuántas ganas de llegar. Probárselo delante del espejo. Se verá linda de blanco. A nadie le queda mal el blanco. Eso piensa la señora y vuelve la mirada hacia el retrato en la pared donde ella y el vestido no son los de ahora. Recuerdos muy antiguos duermen en el vestido, es difícil ver que se alejan en los brazos de una muchacha lavandera. Pobre muchacha. Seguro se asusta cuando se vea a sí misma disfrazada de mujer. Debería asustarse. Tiene esa edad donde todo está a punto de ocurrir.

Queda ya muy poco de Orfelina en el camino. La señora la sigue con los ojos hasta que la muchacha desaparece. Desaparecer es algo natural. Más tarde o más temprano siempre ocurre. Todos lo saben excepto la señorita del vestido blanco en el retrato. Muchacha bonita, tiene unos años más que Orfelina. La señora mira a la señorita y quiere decirle que todo está a punto de ocurrir, que lo mejor sería desaparecer, desaparecer es algo natural. La señora podría decirlo, pero le da lástima quebrar la sonrisa de la muchacha en el retrato.

Verde-amarillos los vuelos de la bata, pero la niña no tiene la culpa, es muy pequeña la niña. Se le puede perdonar todo, basta con que se ría. Todo se estremece cuando ríe, los muebles, las cortinas, los retratos, incluso la gente pequeñita en los retratos. La niña es la alegría de la casa. La señora lo sabe, por eso ríe con ella, la carga y le da un beso, dos, tres, todos los besos que le quedan son para la niña. Mi niña. Ojalá fuera más grande. Diez años más grande. Ojalá pudiera hablar con ella de ciertas cosas. Pero la niña es muy pequeña. No es justo pedir que las edades pasen más rápido. Ya habrá tiempo de crecer. Crecer es algo natural.

Los dedos entran al arroz, revuelven los granos, tratan de alcanzar la semilla que se escabulle risueña, que se burla de los ojos gastados y de las manos temblorosas. Es la segunda vez que se escabulle. La madre de Orfelina está perdiendo la paciencia. Las gallinas se acercan a contemplar la escena. Tercer intento. Persecución. Dedos que buscan y no encuentran, dedos temblorosos. Escape. Me caso en diez. Las gallinas observan. La madre lanza un puñado al patio y ve a las aves de corral avanzar ligeras, ingrávidas, contentas por un puñado sucio que contiene una semilla burlona. Batir de alas y de sonidos. Apetito voraz. El hambre no deja tiempo para analizar las cosas. Las gallinas se contentan con poco.

La voz de Orfelina la delata, está feliz. La madre observa y no dice nada. Siempre tuvo la ilusión de ver a la muchacha vestida de encajes blancos. Sueño recurrente. Cosas que se imaginan, pero nunca se cumplen. Ideas lindas para sobrevivir a los tiempos difíciles. Tantas veces se paseó una Orfelina invisible entre la madre y el espejo. Era una sensación placentera, muy distinta a la que siente ahora. Debería estar feliz, pero no lo está. El sentimiento es otro. Que no se dé cuenta Orfelina. Que no advierta la humillación en los ojos de la madre, los mismos ojos que ya no la acompañan. Ojalá se le caigan las manchas a la tela. Es difícil aplacar los estragos del tiempo. Habrá que cogerle algunas pinzas, zurcir los pequeños agujeros que han dejado las trazas, para que no se deshile. La tela está podrida.

Tanto dinero y mira lo que le viene a dar. Eso piensa la madre. Hay que dar las gracias a la señora por cubrir a Orfelina de encajes podridos. Que no se dé cuenta Orfelina de la rabia. No tiene derecho la madre a robarle esa sonrisa frente al espejo.

 

Especial para La Jiribilla

 

 

FICHA
 
Martha Acosta Álvarez: Narradora, poeta y editora cubana. La Habana, 1991. Ingeniera en Ciencias Informáticas. Miembro de la Asociación de Hermanos Saiz (AHS). Egresada del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” en el año 2015. Obtuvo mención en el Premio David 2015 de poesía. Alcanzó el premio de cuento Cesar Galeano 2015. Finalista en el premio Celestino de Cuento 2016. Finalista del XXI Premio de Poesía La Gaceta de Cuba 2016. Primera mención en el premio Emilio Ballagas de Narrativa 2016. Obtuvo el Premio Pinos Nuevos de Narrativa 2016 con el libro Pájaros azules (Editorial Letras Cubanas, 2016). Obtuvo el Premio Calendario de Narrativa 2017. Obras suyas han sido publicadas en revistas y antologías.