Ojos que no ven

Foto: Cortesía del autora

El periodista Raúl Benavides, creado por el narrador argentino Vicente Battista, vuelve a la carga después de Cuadernos del ausente. Ojos que no ven, al igual que la novela anterior, publicada por la editorial Arte y Literatura (Colección Orbis), rinde culto a los clásicos del género policial que enfatiza en la crítica, o de literatura negra, como prefiera llamársele. En cualquier caso, una eficaz mezcla entre suspense, delito y denuncia social logra apasionarnos desde el comienzo de la lectura.

Battista, conocido entre nosotros (su libro Gutiérrez a secases espléndido), domina a la perfección el arte de mostrar solo lo imprescindible, de manera que una buena dosis de cooperación se exige para lograr el desentrañamiento del suceso, de las causas y de las consecuencias que el autor pretende (y logra) desnudar ante nuestros ojos, aunque “no vean”. Este desnudo, sin embargo, se lleva a cabo solo a medias. Vicente ofrece pistas, deja caer señales que nos guíen hacia el resultado de la pesquisa que realiza Raúl Benavides. El periodista, caracterizado de forma verosímil como un antihéroe que pese a doblegarse ante las circunstancias de su oficio (debe seguir órdenes, tiene que hacer concesiones, escribe sobre asuntos que poco le interesan, acude a programas televisivos que desprecia, etc.) conserva la militancia de la justicia, aun a riesgo de parecer ridículo, o incluso de ser asesinado.

Los hechos concretos son: un adolescente lanzado desde una azotea; un Club selecto; una maestra cuyo “suicidio” resulta conveniente, y una familia disfuncional, donde cada miembro es culpable de “algo”. Narrada en tercera persona, Ojos que no venva subiendo de tono en la medida en que aparecen elementos perturbadores que se adjuntan al suceso inicial. La atmósfera se enrarece poco a poco, como si recibiéramos el mismo consejo que le están enviando al protagonista de la historia: “deja este asunto, abandona este cuento”. Nosotros tenemos la opción de continuar sin que nuestra integridad física se sienta amenazada, y claro está, seguimos. Pero lo hacemos con el temor de que a Raúl Benavides lo desaparezcan en cualquier momento, como si fuera Philip Marlowe, la criatura inolvidable de Chandler. No es este el único homenaje que hace Battista: al cine (cada capítulo lleva nombre de película famosa), a la literatura (Mishima, Luisa Valenzuela), a la música (Ojos que no ven, corazón que no siente), y, más que a nada, a la historia de su país.

La Argentina post dictadura es el contexto de esta novela, y sus personajes no enseñan las cartas del juego al cual se han anotado en términos ideológicos. Así, sin discursos elocuentes, cada lector puede posicionarse en el partido que considere mejor. Quizá por este motivo nos resulte tan necesario (y encantador) el único amigo de Benavides, el publicista Eugenio, quien irónicamente advierte “[Videla] era un soldado en estado puro, católico practicante que supo hacer limpieza general”, sin que venga a colación necesariamente. Su interlocutor, el periodista que “trabajaba y vivía en paz, con la misma tranquilidad de un bancario que jamás tiene una diferencia en los arqueos de caja”ve trastornada su vida cuando el director de la revista para la cual trabaja, le pide una breve nota (60 líneas no más) sobre un chico que hace años encontraron muerto en una azotea. Es entonces que Benavides saca lo mejor de sí, y se propone librar la batalla que en otro momento, al parecer,eludió.

Se involucra a fondo, hurga en la podredumbre que llega a magistrados, a autoridades del clero, a gobernantes y en fin, a los poderosos de siempre, hasta que alcanza conciencia de la inutilidad de sus gestiones. O no. El final queda abierto, por suerte, como quien dice “Continuará”.

Curiosamente, Vicente Battista utiliza personajes femeninos de variada naturaleza (una secretaria lesbiana, una maestra intrigante, una comunicadora banal, una madre histérica) que le permiten ofrecer criterios que no nos dejan bien paradas, por decirlo delicadamente. Expresiones como: “Con las mujeres nunca se sabe”; “Si una mujer ignora parte de una historia, de inmediato asegura que pasan cosas raras”; “Mujer al fin, es un pozo de sorpresas” ; “Ni en treinta o cuarenta años se llega a conocer a una mujer. Todas son complejas y misteriosas”, si bien acota que “ahí reside su encanto”, esto último no resulta suficiente. Cabría preguntarse si tantas adjetivaciones contribuyen a armar el esqueleto de la trama de la novela.

Con esta nota final no pretendo restar entusiasmo hacia Ojos que no ven, una obra muy bien escrita, magníficamente contextualizada, que atrapa al lector de inmediato. La llamada “garra de escritor” de Vicente Battista lo sitúa en esa lista secreta que todos vamos conformando en la vida, de manera que sin lugar a dudas, su nombre está entre nuestros preferidos. Varias veces le he escuchado decir a Vicente que la literatura policíaca ha creado un público. Tiene razón. Ojalá la literatura humorística alcance un triunfo similar, ambos géneros merecen respeto cuando se escriben con pasión, como es el caso de esta novela que hoy comento.