Nunca aprendí a hacer un barco de papel

La noción de “libro” en la contemporaneidad es muy diversa, pues no solo han cambiado los soportes, también cambiaron las formas de lecturas y, por supuesto, la forma de escritura.

Es por eso que hoy muy pocos se sorprenden con la idea del “libro arte” o el libro performance, como me gusta llamarle, donde el lector desempeña un papel determinante en la construcción de los contenidos; se torna más dinámico cuando son los niños los principales destinatarios, pues para ellos el binomio juego y creatividad funciona como una solución perfecta para comprender mejor su mundo.



 

En este concepto es que emerge a la palestra literaria Acertijos de papel, hermoso libro de Mirna Figueredo Silva, publicado bajo el sello editorial Oriente, y que nos sitúa, ante todo, frente a un universo cognitivo e imaginario que se constituye reto y experiencia. Confieso que nunca aprendí a hacer un barco de papel, mi falta de paciencia siempre ha impuesto tropiezos y desvaríos en mi vida. Por eso cuando tomé este libro en mi mano tuve la sensación de que estaba ante un gran vacío, que tenía que suplir de una vez y para siempre.

Lo primero era su visualidad, el esmerado diseño de Raúl Gil, quien poco a poco se ha ido convirtiendo en un atendible diseñador del libro en Santiago, y la edición desvelada y fina de Orestes Solís. No estamos ante un libro cualquiera; es un proyecto que desde su propia concepción se constituye en diálogo, imagen y experiencia. Tales condicionantes obligan a pensar en el texto desde términos literarios, pero también pedagógicos, por lo que el lector necesariamente penetrará en él a través de una leyenda donde se explica no solo la simbología, sino también los niveles de dificultad para lograr un origami. He aquí que lo lúdico necesita un lenguaje preciso y paciente como un doblez en el papel.

Por un lado, el libro impone resolver el problema de la forma, la técnica de trabajo, y por el otro, los conflictos del texto, hermosamente resuelto por la autora, que elude la adivinanza, los tantanes, muy tradicionales en nuestra literatura, y penetra el mundo de los acertijos, quizás para estar a tono con la cultura oriental donde surge el origami. Son acertijos llenos de referentes culturales directos e indirectos que, en muchas ocasiones, buscan la penetración en la zona de la naturaleza física (animales, plantas), y en otros casos irrumpen hacia un área espiritual que conecta a los niños con el amor, la familia, la identidad, el conocimiento, el espacio y el tiempo.

Mirna ha escrito acertijos alejados de la rima, libres, que le permiten ampliar las posibilidades cognitivas a través de la palabra, por ejemplo:

“¿Quién sabrá si tu beso es cura o es veneno?” (La serpiente)

“Levedad que besa y parte” (La mariposa)

“Señora tan espigada en la pasarela verde” (La jirafa)

“Apenas besas la flor para no profanar su hermosura” (Colibrí)

 

Es así, en este infinito coqueteo entre la palabra y la forma, que Mirna Figueredo Silva irrumpe en el escenario literario cubano con un libro necesario para aprender jugando, para entender nociones como el bien y el mal, la humildad y la ambición, etcétera, por medio del ejercicio de una técnica difícil, precisa, pero sobre todas las cosas llena de posibilidades que nos permitirán entendernos a nosotros mismos.

Es por eso que considero imprescindible textos para niños como el que hoy les presento, para que crezcan llenos de sueños y metas, con menos desidia y dolor, se los digo yo, que nunca aprendí a hacer un barco de papel.

 
Tomado de Ideas en feria.
(Transcripción Diana Ferreiro)