Nada agoniza del todo si los humanos nos empeñamos en mantenerlo vivo. Eso sucedió con el ritmo mambo en la zona central de la ciudad de Matanzas durante tres días (8, 9 y 10) de diciembre 2017. Un grupo de interesados, especialistas y amantes de una música catalogada como endiablada y cataléptica en los años cincuenta del siglo pasado, nos movimos de la Casa de la Memoria Escénica a la Sala Pepe Camejo, de allí a la Sala Papalote, sin dejar de asistir a la Sala de Conciertos José White y a la vieja calle Tello Lamar, donde naciera el auténtico Rey del Mambo, el inigualable Dámaso Pérez Prado.


Foto: Julio César García
 

El  dramaturgo Ulises Rodríguez Febles, coordinador del coloquio internacional por el centenario del  compositor e instrumentista cubano, nos pidió al bailarín y coreógrafo Yadiel  Durán y a mí, colaboración para enriquecer las opciones de la celebración. En el calor de la petición pensamos primeramente en un espectáculo que mezclara danza y poesía, pero a medida que fuimos investigando y audicionando mambos de ayer y de hoy, todo cambió.

“Esa cosa loca” (variaciones dramático danzarias a ritmo de mambo), fue el nombre escogido para nombrar a la presentación, a manera de work in progress, llevada a cabo el 8 de diciembre, a las 5:30 de la tarde, en la Sala Pepe Camejo, espacio donde fue naciendo día a día el espectáculo. ¿Bailan mambo los jóvenes de hoy? Fue la primera pregunta que nos hicimos. Actores, titiriteros, bailarines profesionales y aficionados del Teatro de Las Estaciones, Teatro El Portazo, Danza Espiral y Nova Danza, nos respondieron aceptando cada idea, movimiento, técnica danzaria y poniendo de manera individual mucho de sí. Mambos originales, jazzeados, en forma de bolero, interpretados solamente con guitarras, en formato coral, al estilo discoteca  o con influencia de la música fusión, fueron llevados al tabloncillo, en una deconstrucción del  mambo como baile, utilizando objetos de la vida cotidiana, y sobre todo con un toque de sensualidad y humor que sintetizan la esencia de este baile.


 

Con luces y espacio escénico de Zenén Calero, ropas deportivas, peinadas las mujeres con colas de caballo, algunos descalzos y otros con tacones oriundos del baile flamenco, se armó el jolgorio mambeado. El compromiso con la buena música cubana, el gusto por danzar, más el arte en las venas y en el pecho redondearon el concepto de teatro coreográfico a la cubana que defiende Yadiel y que yo, ya sea desde “El irrepresentable paseo de Buster Keaton” o en “Cuatro”, he apoyado, pues creo en las mixturas artísticas y en las armonías ascendentes para conseguir buenos resultados.

Parece que “Esa cosa loca” logró un poco de eso. Yadiel armó sus coreografías con los acordes arrebatados del mambo, aristas de su polémico nacimiento, estructuras de movimientos cercanos al cabaret, al music hall, al carnaval. Una amiga querida nos comentó que el espectáculo revelaba una alta dosis de erotismo. Los artistas mexicanos y cubanos invitados nos regalaron hermosas observaciones que indicaban vitalidad, frescura y energía desbordada en el trabajo de los actores y bailarines, pues lo mismo bailaban, que animaban discos en las manos, pañuelos, gafas, sillas, movían la cintura y los hombros, que leían textos alusivos al surgimiento controvertido de un  ritmo que es de Pérez Prado y de todos los megalómanos del mundo. Esa locura decididamente no ha muerto, regresó transformada y se mantiene en constante evolución.

El mambo enardeció por espacio de tres intensas jornadas a la capital matancera. Dejo en claro en este comentario que allí estuvimos, cumpliendo con el pedido de Ulises y como un regalo que nos hicimos a nosotros mismos, conociendo y disfrutando la historia del mambo cara a cara.