Con algo de místico, casi 75 años sobre los hombros y medio siglo consagrado a la cultura y la comunidad, va y viene por su ciudad de Guantánamo el artista de la plástica Ángel Laborde Wilson, a veces con un gran caracol a cuestas, para reproducir en el “aborigen guamo” —cual instrumento de viento— algo del rumor del mar, quizás evocando antepasados, inspiraciones, identidad.


El artista de la plástica Ángel Laborde Wilson. Fotos de la autora
 

Recorre la urbe con la humildad que caracteriza a los grandes, participa en cuanto evento cultural se geste y saluda afectuoso a su gente este caballero de saco y sombrero, nacido el 18 de diciembre de 1942 y quien al graduarse en 1967 se convirtió en uno de los primeros titulados de la naciente Escuela Nacional de Arte, fundada por Fidel un lustro antes, en La Habana.

En esa inicial hornada y cursos próximos coincidió con otros notables creadores cubanos, incluidos los hoy Premios Nacionales de la manifestación Nelson Domínguez y Ever Fonseca, y junto a este último, Rafael Quenedit y algunos más, entre 1975 y 1985,  integró el Grupo Antillano, ganándose la admiración de todos como compañero de maestría técnica y sello indiscutible.

La forma del caracol, siempre en ascendente movimiento, se ha convertido en todos estos años en su filosofía espiritual y creativa, que delinea sintetizando formas, a partir de expresividad en los trazos y contrastes de colores templados inspirado, en búsqueda del equilibrio, en la espiral áurea o logarítmica, proveniente de la geometría y descrita como importante en la historia del arte. “Mi arte se basa en el espiralismo creativo. Utilizo esa forma singular de la multicolor polimita guantanamera, de la sonora concha rosácea del Guamo, el oído, el universo, las galaxias, el pensamiento o el tiempo, y le pongo rostros de mujer mestiza, latinoamericana, apegado siempre a lo humano, lo social, lo cubano, lo criollo”, explica gustoso a todo interesado en su obra.

“Hasta a escribir poesía me inspira la espiromanía. Alguien dijo en una ocasión que mi trabajo era sinónimo de encuentro, reconocimiento, donde convergen líneas curvas, profundidades, estrecheces, lo momentáneo y lo eterno, como expresión de la unidad y diversidad del mundo, y eso es quizás…”.


Entre 1975 y 1985,  integró el Grupo Antillano.
 

El septuagenario Laborde es de esos creadores que pueden presumir de ser profetas en su propia tierra, y sin dudas es un hombre que piensa dentro y por su ciudad, en la cual trabaja, se le reconoce y quiere, y desde donde cuya obra ha trascendido los límites de la aldea, con huellas visibles en más de un espacio.

Y así, tal y como lo hizo en las letras a inicios del pasado siglo su coterráneo más ilustre, el poeta, historiador y jurisconsulto Regino E. Boti (1878-1958), este guantanamero de pura cepa, con algo de místico, a casi mil kilómetros de la capital cubana se ha hecho de un prestigio nacional, rompiendo a puro talento las barreras de la temida fatalidad geográfica.

Se ha paseado con destreza entre la pintura, el dibujo, la caricatura, escultura y la cerámica, especialidad de la que recibió un postgrado en la pasada década del 70, en la antigua República de Checoslovaquia, y le valió para conformar después el claustro de profesores de la Academia San Alejandro, de La Habana. Una decena de escuelas en la Isla testimonian su legado pedagógico, y por su contribución al desarrollo y enseñanza de las artes visuales en su provincia es considerado vital en esa esfera.

Varias de sus piezas conforman colecciones en Cuba y el extranjero, y ha merecido importantes lauros y el aplauso del público, pero no anda ostentando renombre, por lo que quienes lo conocen lo redescubren de a poco. Es de esos cubanos con significativas historias de vida que contar, de amor y altruismo.

Recuerda que fue de los primeros jóvenes en abrazar la militancia comunista, durante su estancia en Praga participó en un Encuentro de Juventudes de Países Socialistas, en Cuba integró en 1969 la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente y en 1987, al crearse la UNEAC en Guantánamo, fue miembro fundador y Presidente de la Filial de Artes Plásticas.

Pero dos momentos de su vida evoca con especial orgullo: aquel 1961 en que formó parte de la Brigada Conrado Benítez, de la campaña revolucionaria que erradicó el analfabetismo en la Isla, y después, cuando siguiendo el llamado a la superación sugerido por Fidel, le escribió a él sobre su interés por las artes, misiva que todavía se guarda en el Museo de la Alfabetización.

 “Y la respuesta del Comandante en Jefe no se hizo esperar: para la añorada y recién creada Escuela Nacional de Arte me mandaron - recuerda Laborde y afirma- gracias a eso este negro de origen pobre, hijo de estibadores de azúcar, se graduó de artista y fue alumno de grandes de la generación de FayadJamís, Servando Cabrera, Antonia Eiriz... Me siento un privilegiado.

“Si la Revolución hubiera tardado un poquito más no sé quién sería hoy, a ella le debo casi todo”, dice este guantanamero veterano que nunca deja de crear y por estos días anda apasionado con un proyecto investigativo, haciendo anotaciones sobre todo lo que el Apóstol José Martí escribió acerca de la cerámica.

Proa de la cultura de Guantánamo le han llamado y ahora se le festeja por sus cercanos 75 años. Aun así nada lo envanece. Sencillo, con antiguo traje y caracol a cuestas, sube y baja por su ciudad de parquedad catalana, “siguiendo el trayecto helicoidal que, como el ciclo de la vida, jamás camina hacia atrás ni hacia abajo, siempre adelante y hacia arriba, creando espirales”.