Sin llegar a ser un conversacionalista a pulso, pero dando prioridad a la claridad expositiva y a la autenticidad del lenguaje poético, Sigfredo Ariel demuestra una vez más con su libro Todos los hierros su incuestionable jerarquía en la poesía cubana del tercer milenio.


El poeta Sigfredo Ariel. Foto: Ismael Batista
 

Galardonado con el Premio Milanés de 2016, el cuaderno de Ariel es una sucesión de textos estremecedores que nos relatan como en una bitácora el recorrido del sujeto lírico por un mundo que es nostalgia, cuestionamiento y sobre todo un largo bregar donde las vivencias son asimiladas como lecciones de vida o testimonios.

Dividido en tres secciones posee una unidad sin altibajos donde cada poema cobra valor por sí mismo y en el que toda la cubanía de su lenguaje no desmerece el impecable respeto por un idioma que el autor domina a la perfección.

Las metáforas—si las hay—no oscurecen el contenido. En él la forma está estrechamente relacionada con un mundo de sentidos y peripecias a los que el lector no puede permanecer indiferente.

Personalmente siento predilección por el segmento Malas cabezas. En él uno siente el transcurrir del tiempo como una advertencia. Desde Matanzas, ciudad a la que el poeta dedica más de un texto, Ariel despliega toda su capacidad de construir metarrealidades que parten siempre de sus obsesiones más recurrentes.

Sin embargo, Habana-Trova es la sección donde este volumen encuentra sus vasos comunicantes con la más reciente obra de un Sigfredo a quien vemos crecer inmerso siempre en su angustia por preservar las tradiciones y en lucha desesperada contra los factores que conspiran con el caos y la destrucción.

Esa Habana del Centro que una poetisa como Fina García Marruz nos reveló con exquisita sutileza se torna en Ariel búsqueda desenfrenada de los posibles márgenes donde conviven los bembé y el Capitolio, donde la música se escucha todavía como debe escucharse y como lugar donde mejor se advierte el deterioro.

Sigfredo Ariel sabe rematar sus textos con una gracia y una maestría difícil de encontrar ya en nuestra poesía y es por ello que tras la lectura de cada una nos queda un sabor como de sonata o sinfonía de la palabra, ese instrumento que le sirve para entregarse completamente a esa gran vocación y aptitudes que tiene para inscribir en nuestra memoria muchos versos memorables.

Lo mismo sucede con el orden que da a cada poema. Pórtico el primero, titulado Velar las armas y cierre triunfal el último 78 vueltas por minuto, donde la lluvia, el frío y sus inesperados accesos de furia homicida, son por el momento —y solo por este— cosa del pasado.

Recomiendo a quien quiera disfrutar de una lectura lírica comprometida con la vida que no deje de leer este libro.

Ya conocemos de la limpieza, la economía de medios y la claridad de un lenguaje que son medio y fin para un poeta que huye de los artificios y nos entrega una escritura de alta potencia transformadora.

No hay en él solemnidades, sino un juego con el habla popular que autentifica a ese hombre común, sagaz observador de sus circunstancias. El que con detalles menores construye una cosmovisión con la que cierto tipo de lector, el que también ha vivido con intensidad, no dejará de sentirse identificado.

Todos los hierros es todo lo contrario a la evasión y al estéril experimento. Su novedad reside en la manera con la que se nos acerca a ese mundo interior siempre velado por la ironía y tal vez cierta actitud defensiva frente al dolor.

Volvamos entonces a estos hierros que han conseguido penetrar con agudeza y efectividad ese tiempo que nos legara Eliseo Diego y del que Sigfredo Ariel sustrae un universo fascinante.

Les aseguro que se trata de un poemario que puede leerse como un relato fragmentado, pero en esos fragmentos atraidos por un imán que se nos presenta como totalidad late la realidad de un ser de este tiempo, el que nos tocó, con sus luces y sus sombras pero forjados con esa palabra tan desprestigiada que todavía alguno solemos venerar: el alma.

Tomado de Granma