Silvio nació el 29 de noviembre de 1946, comenzó haciendo canciones para dársela a sus amigos, nunca pensó cantar:

En el servicio militar azotaba indolentemente interpretando canciones a mis compañeros, aunque sentía algo fascinante en cantarlas. Mi primera presentación fue en un Festival de Aficionados de las FAR. Tenía un dúo con Luis López, un compañero del servicio militar, cantamos canciones mías. Otro guardia me prestó una guitarra eléctrica y así cantamos, ¡asómbrate!, de traje y corbata, creo que fue la única vez en mi vida que me puse un traje. Eso fue en el teatro Amadeo.

Su primera presentación profesional fue en el programa de televisión, Música y Estrellas, un día después de la desmovilización del servicio militar, el 13 de junio de 1967. “Yo no quería cantar, me llevaron casi obligado. Mi estado de ánimo era parecido al de la gelatina”.  [1]


“Silvio nació el 29 de noviembre de 1946, comenzó haciendo canciones para dársela a sus amigos”.
Foto: Internet
 

Un día Silvio llegó, vestido de verde olivo y con su guitarra y comenzó a enseñarme sus canciones —cuenta Belinda Romeu—. Desde el principio vi quién era Silvio de verdad y hasta dónde iba a llegar. Tenía una vieja grabadora de cintas. Me mostró sus composiciones El rock de los fantasmas, Quédate, El sueño del ahorcado y la tierra. Llamé a mi papá para que escuchara esas canciones y, ofreció llevarlo al programa de Música y Estrellas, donde era el director musical del productor Manolo Rifat. [2]

Después de aquella experiencia singular, Silvio se fue embullando y cantaba en cualquier lugar, “me iba al club El Coctel, (N y 23, La Rampa), donde tocaba la cantora Teresita Fernández, estaba luchando contra mi obstinada timidez, ella, generosa, me invitaba a cantar”.

En esa etapa, Silvio era asiduo a las tertulias de la heladería Coppelia, quizás el germen de la Nueva Trova. “Esa era la etapa en que yo andaba rampeando por La Rampa. Un día quizás escriba de esa etapa. Y, en la medianoche, bajo los árboles, en las mesitas cercanas al hotel Habana Libre, saboreábamos interminables granizados de chocolate biscochado, intercambiábamos poemas, relatos y canciones con Wichy Nogueras, Víctor Cassaus, Jorge Fuentes, Guillermo Rodríguez Rivera y muchos más. Era una época de descubrimientos, teníamos “veintipico” de años y éramos una suerte de ciclones, descubriendo el Mediterráneo y echándole el ojo a la garra a cuanto había en el mundo. Allí hicimos la promesa de visitar la tumba de César Vallejo en el cementerio en Montrouge de París”.

Silvio estaba vinculado a la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana y al grupo de la revista El Caimán Barbudo y trabajaba en la revista Mella, donde hacía historietas. De esos encuentros organizan el primer concierto de Silvio en el museo de Bellas Artes, con la invitada Teresita Fernández y los poemas de sus amigos. Wichy Nogueras, Félix Contreras, y demás.

En esa etapa yo estaba seguro de que la poesía podía salvar al mundo. Puede que por eso fueran los tiempos en que más quise ser poeta. Después, abrumadoras evidencias modificaron mi convicción y claro que mis ínfulas. Sin embargo, la poesía funciona y permanece: melodías de antaño siguen sirviendo para enamorar y viejos himnos nos identifican y disponen. Por eso a mi edad estoy convencido de que la música y la poesía quizás no salven al mundo, pero sí lo mejoran.

Entonces aparece el programa de televisión, dirigido por Eduardo Moya Mientras tanto, “No me imaginaba a mí, aguajirado y silencioso, trepado a un escenario y cantando ante un público. Mi miedo escénico es proverbial; cuando canto varias canciones me voy acostumbrando; pero cuando subo a la escena, me digo siempre, en todos y cada una de las presentaciones: ¿Quién es el que me habrá metido en mí esto?; pero al salir de la escena, invariablemente también me digo: “Después de todo no era tan malo”. Pues bien, en el programa Mientras tanto, invitamos a muchos artistas e intelectuales, también enfrentamos embates y dificultades que me hicieron querer mi oficio de trovador, porque uno ama y se comprometa e más con las cosas que ha tenido que defender que con las cosas que caen del cielo”.  

De ese primer período de Silvio, en la década de 1960, es la etapa de máxima creación, como siempre sucede en los jóvenes creadores. En la década de 1960 compuso: Mientras Tanto, Hay un grupo que dice, Muerto, Quédate, Ay de mí, Debajo del cañón, Déjame regresar, En busca del tiempo perdido, En ti, Graciela, Grita más, La leyenda del Aquila, María, Los funerales del insecto, Oye, Si se va la esperanza, Tu beso, Y nada más, Acerca de los padres, De la ausencia y de ti, Velia, Emilia, Variaciones sobre un  viejo tema, Qué distracción,Cierta historia de amor.

El otro gran momento es en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GESI), desde 1969, etapa en la que compone obras antológicas como Pequeña serenata diurna (1974), Esta canción, Sueño con serpientes, La vergüenza, El Mayor, Playa Girón, Como esperando abril, Días y flores, Si tengo un hermano, Santiago de Chile, Imaginada, Girón: preludio, Un hombre se levanta, Cuba va (colectiva) , Canción de la nueva escuela, Canción de la Columna Juvenil del Centenario, Balada de Elpidio Valdés, Madre, El hombre de Maisinicú.

Silvio Rodriquez (1974) Pequeña Serenata Diurna

Vivo en un país libre, / cual solamente / puede ser libre / en esta tierra, /en este instante / y soy feliz / porque soy gigante / Amo a una mujer clara

que amo y me ama / sin pedir nada, / o casi nada, / que no es lo mismo

pero es igual. / Y si esto fuera poco, / tengo mis cantos / que, poco a poco,

muelo y rehago habitando el tiempo, / como le cuadra a un hombre despierto. / Soy feliz, / soy un hombre / feliz, y quiero / que me perdonen

por este día / los muertos de mi felicidad./

El musicólogo Leonardo Acosta opina sobre esta canción: “Estoy convencido de que sus piezas con textos más breves, o sea que se ajustan más al formato habitual de la canción, se encuentran entre sus mejores logros; tal es el caso de Pequeña serenata diurna, que consideramos una “pequeña” obra maestra. Digamos finalmente que un trovador es siempre también un intérprete, y a veces el producto final de su obra solo nos llegará con todas sus connotaciones en su propia interpretación”.

En una crónica de Silvio, dedicada a Roberto Fernández Retamar, publicada en la revista La Gaceta de Cuba, el Silvio escribe:

Conocí la poesía de Roberto por unos amigos míos que fueron sus alumnos en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana: Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera, Jorge Fuentes. Algunos –o todos ellos- pusieron en mis manos sus poemas. Muchas veces he dicho que “Pequeña serenata diurna” no es más que una versión  de “El otro”. Y el verso “Con las mismas de matar”, “Te doy una canción”, suena bastante parecido a la idea de “Con las mismas manos”, de Retamar. Son semejanzas que me honran, luces que sin dudas le debo a este querido amigo. Maestro de nuestras letras.

El otro/ Roberto Fernández Retamar

Nosotros, los sobrevivientes,

¿A quiénes debemos la sobrevida?

¿Quién se murió por mí en la ergástula,

Quién recibió la bala mía,

La para mí, en su corazón?

¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,

Sus huesos quedando en los míos,

Los ojos que le arrancaron, viendo

Por la mirada de mi cara,

Y la mano que no es su mano,

Que no es ya tampoco la mía,

Escribiendo palabras rotas

Donde él no está, en la sobrevida?

(Retamar en la embajada de México, en el Grito de Dolores del mes de septiembre del 2015, me dijo que el poema lo había escrito el 1 de Enero de 1959, cuando triunfa la Revolución.)

Pequeña Serenata Diurna

“Entre varias canciones mías donde lo personal y lo colectivo se funden, esta creo que es la que mejor lo consigue, por su transparencia. Creo que fue un resumen, tras hacer otros muchos intentos, entre los que también pudiera contarse Te Doy Una Canción. Usé la paráfrasis de un título de Mozart porque creí encontrarme ante el mismo dilema que él en su Pequeña Música Nocturna: nombrar cosas grandes en un espacio ínfimo”.

Tomado del  blog Segunda Cita el 4 de abril de 2014.
NOTAS:
1-Entrevista revista Opina. A. López, 1980 y Confesiones del trovador (Crónica de Silvio en Bohemia, 22 de mayo de 1979)
2-Eduardo Valtierra, Silvio: aprendiz de brujo, PTB, La Habana, 2010.