En 1906 el Premio Nobel de Medicina se confirió a un español ilustre que estuvo a punto de perder la vida en Cuba durante la Guerra de los Diez Años: Santiago Ramón y Cajal.

El joven Santiago tenía 21 años y era ya Licenciado en Medicina cuando formó parte del Cuerpo de Sanidad del Ejército Español, siendo incorporado a las tropas destinadas a luchar contra las fuerzas mambisas en la siempre fiel isla de Cuba.

foto de Santiago Ramón y Cajal
Foto tomada de Internet
 

Con el grado de capitán médico llegó a La Habana a mediados de 1874, en el buque España, procedente de Cádiz. Portaba en sus bolsillos varias cartas de recomendación que el padre le dio para entregar ante las autoridades coloniales, y que el joven rehusó utilizar.

Entonces se le embarcó hacia Nuevitas, en la costa nororiental de Cuba, desde donde se le trasladó a la enfermería de campaña de un punto perdido de la geografía cubana, en plena manigua, donde el calor, los mosquitos, la maleza y los humedales hacían tanto daño a las tropas coloniales como los machetes mambises.

El panorama que el joven médico encontró fue desolador: hombres consumidos por las fiebres, hostigados por los independentistas, el paludismo y la viruela. La salud de Ramón y Cajal se resintió, tanto que hubo de concedérsele una licencia de seis semanas para su recuperación en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey. Después de transcurrido ese lapso, se le envió a otro hospital de campaña, de condiciones igualmente inhóspitas. Años después, el médico —quien gustaba de escribir sus memorias— comentaba críticamente acerca de lo que vio entre la oficialidad española:

... Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralmente.

Ramón y Cajal tuvo una segunda recaída de salud, diagnosticada como caquexia palúdica grave, que puso en peligro su vida, obligando a las autoridades a su licenciamiento definitivo.

De vuelta en España, llegó al puerto de Santander el 16 de junio de 1875, con la salud en ruinas, aunque vivo, con lo cual puso término a su peligrosa aventura en Cuba. Se dedicó entonces al estudio de su profesión, se doctoró y dirigió el Museo de Anatomía de la Universidad de Zaragoza, al par que impartía la docencia y experimentaba con el microscopio, una de sus grandes pasiones. En 1892 ocupó la cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de Madrid.

Fueron importantes sus aportes en el campo de la histología, estudió la célula y los tejidos vivos, presentó conclusiones acerca de las primeras mutaciones de las neuronas, analizó las células del cerebro humano y la genética de las fibras nerviosas.

Modesto y laborioso, nunca abandonó sus austeros hábitos de vida. Redactó tratados y cientos de artículos, dio conferencias y escribió libros en los cuales conjugó de manera excelente la amenidad con los recuerdos, la sicología y otros temas.

Gloria de las ciencias médicas españolas y considerado padre de las neurociencias, recibió doctorados honoris causa de las universidades de Boston, Sorbona de París y Cambridge. En 1906 se le confirió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, compartido con el patólogo italiano Camilo Golgi. Colateralmente, hizo aportes importantes al desarrollo de la fotografía y reveló dotes literarias. Poco después de su fallecimiento, ocurrido el 17 de octubre de 1934, a los 82 años, se publicó su autobiografía El mundo visto a los ochenta años.

Santiago Ramón y Cajal pudo haber muerto mucho antes en Cuba, como tantos compatriotas suyos, en una guerra colonial e injusta. Por fortuna sobrevivió y sus trabajos fueron de utilidad para la Medicina y la humanidad.

El sabio español no permanece olvidado entre nosotros. En la calle Oficios de La Habana Vieja el centro médico geriátrico que lleva su nombre y, calle de por medio, el busto erigido en la plazoleta sombreada donde el paseante se repone del intenso calor, sintetizan el amor con que los cubanos rinden tributo a su memoria.