Dicen muchos que la ciudad de Santiago de Cuba es la urbe más caribeña de Cuba, y no mienten, para notarlo basta solo recorrer una calle y ver el rostro sonriente y el sutil meneo de una mulata por cuyas venas parece que no corre sangre, sino ron, según sentenciara el gran Luis Carbonell en una de sus memorables declamaciones.

Fotos: Miguel Rubiera Justiz

Se camina Santiago y la gente suda folclor; el mestizaje, las gesticulaciones al dialogar y ese hablar melodioso con una que otra “s” desaparecida, son expresiones del espíritu de toda una región de gente humilde, pero bañada en la riqueza de compartir con sus semejantes no lo que le sobra, sino lo que tiene.

No asombra que en esta urbe rodeada de mar y montañas se celebre un evento que reverencia al Caribe, no desde la típica imagen de una exótica playa o una muchacha de despampanantes glúteos y curvas, sino desde las prácticas cotidianas del hombre y la mujer que cada día, antes de salir a ganarse el pan, se encamina a las deidades de sus padres y abuelos.

Surgida en abril de 1981 como Primer Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño, la Fiesta del Fuego ha dejado a un lado las cursilerías empleadas para comercializar un paquete turístico con destino al Caribe, y ha reflejado los trazos antes invisibilizados de esta región, sin los cuales sería imposible dibujar el mapa cultural del mundo.

Miles de hermanos de todo el orbe han llegado a la tierra santiaguera para el gran festejo, considerado uno de los eventos de cultura popular y tradicional más importantes del área por su elevado nivel de convocatoria y la riqueza de sus actividades, que incluyen ceremonias mágico-religiosas, presentaciones artísticas y acciones de alto vuelo académico.

Desde anónimos curanderos de pueblo y artistas sui géneris, hasta notables figuras de la intelectualidad, la política y el arte como el colombiano Gabriel García Márquez, el dominicano Juan Bosch y la británico-estadounidense Geraldine Chaplin, han disfrutado de la cita, celebrada la primera semana de julio por 37 años ininterrumpidamente.

Cuando el escritor Joel James Figarola fundó el evento, junto a otros artistas e intelectuales santiagueros, no imaginó su trascendencia, avalada hoy por la participación de un promedio de 600 delegados foráneos en cada edición, y el arraigo popular que ha ganado en la localidad indómita, que se transforma en esos días en un hervidero de música y danza.

De naciones tan lejanas al Caribe como Holanda, Dinamarca, Hungría, Japón y Australia han llegado personas interesadas en apreciar las creaciones populares de esta cálida zona geográfica, y los valores de sus hombres y mujeres, muchos de los cuales no tienen más patrimonio en esta vida que su cultura y espíritu de luchar por una existencia digna.

Este año, el festival se dedicó a Bonaire, isla de las Antillas holandesas con tan solo unos 20 mil habitantes, de ellos más de 200 que no vacilaron en tomar un avión hasta la ciudad más caribeña de Cuba, no para apreciar a la mulata con folclor en las arterias ni hacer el recorrido programado por una agencia de viaje, sino para compartir con sus hermanos de acá.

Fotos: Miguel Rubiera Justiz

Por varias jornadas estuvo Bonaire en las calles santiagueras, lo mismo en un toque de tambor que en un exótico baile, tanto en un exquisito plato preparado por arrugadas y experimentadas manos, como en la lozanía de una joven sonriente que mueve las caderas al compás de la Conga de los Hoyos.

¡Un bonaerense es un santiaguero más, y viceversa!

No se equivocan, entonces, los que hallan en Santiago de Cuba una expresión concentrada de las maravillas del Caribe.

Especial de la ACN para La Jiribilla