Seguro estoy que muchos lectores aún recordarán una inusual exposición que convirtió a su autor, el artista plástico norteamericano Robert Rauschenberg en protagonista de numerosas polémicas. Y seguro estoy que algunos lectores fueron testigos de ella. Después de todo… 30 años no es  nada.

Robert Rauschenberg presentó en La Habana una exposición ciertamente desacostumbrada, porque quienes pensaban encontrar una muestra de pintura, o de dibujo, se encontraron con una exhibición variada y muy poco “académica” de instalaciones diversas, serigrafía, gráfica, video, pintura, escultura y fotografía. En fin, una suerte de ajiaco ante el cual el espectador de entonces —repetimos, el de entonces— apenas podía salir del asombro.

El provocador de todo aquel alboroto llevaba por entonces alrededor de 25 años dando que hablar en el campo de la plástica y algunos le habían conferido el sobrenombre de “niño terrible” del modernismo en Norteamérica.

El artista plástico norteamericano Robert Rauschenberg protagonizó de numerosas polémicas. Foto: Internet

Antes de llegar a Cuba esta muestra itinerante había recorrido México, Chile, Venezuela, China y Japón. En cada país se nutrió de nuevos elementos. Cuando Rauschenberg la presentó en la mayor de las Antillas andaba por unas 200 obras y como identificación utilizaba las siguientes siglas: ROCI, que vertidas al español vienen a ser más o menos Proyecto Rauschenberg de Intercambio Cultural Trasatlántico.

Las salas del Museo Nacional de Bellas Artes, del Castillo de La Fuerza y de la Galería Haydeé Santamaría, en Casa de las Américas, se poblaron de críticos, conocedores, aficionados y curiosos a partir del 10 de febrero de 1988, fecha en que fue inaugurada la exposición. Dos días antes, el protagonista de aquel alboroto concedió una conferencia de prensa en que expresó:

Con este proyecto persigo influir en la conciencia internacional para lograr un clima de comprensión y armonía. Trato de comunicar con las esferas sensibles, compartiendo la información que recojo. En mi viaje por carretera de un extremo a otro de la isla, en agosto pasado, pude lograr un conocimiento pleno del país, de su sabor y hasta su olor.

Experimentador en el terreno de las artes, trabajador de disímiles técnicas, Rauschenberg volcaba la mirada sobre lo cotidiano, al tiempo que con una concepción muy dinámica, utilizaba su obra para difundir mensajes de paz entre las personas, todo ello mediante un modo de hacer propio, de supuesta informalidad, pero con una carga profunda de interés.

Se podía o no estar de acuerdo con el arte de Rauschenberg —si bien hoy todos le reconocen sus valores—, pero era difícil permanecer indiferente ante una exposición que significó un acontecimiento del cual se habló tanto que hoy perdura en la memoria, lo cual no está de más recordar.

El artista cursó estudios de arte en París y en escuelas de Estados Unidos, como Black Mountain College, A principios de los años 50 realizó obras expresionistas con fragmentos textiles, fotografías y recortes de periódicos rasgados, y poco después emprendió la realización de “asociaciones” o  ensamblajes tridimensionales en que las pinturas se combinaban con imágenes encontradas, como señales de tráfico, bombillas, botellas de Coca-Cola… Rauschenberg fue el primer artista norteamericano que alcanzó el primer Premio de Pintura de la Bienal de Venecia, espaldarazo decisivo para dar a conocer internacionalmente al artista y su movimiento.

En las décadas de 1970 y 1980 trabajó el collage, la litografía y otras formas de las artes gráficas, incluida la fotografía. Robert Rauschenberg falleció el 12 de mayo de este 2008 a los 82 años.