Casi siempre el mes de diciembre implica, para mí, una crisis con el teatro. Cuando se termina el año uno se replantea muchas cosas profesionales, económicas y espirituales. Y yo me replanteo la utilidad de la crítica, la presencia real del teatro en la sociedad, el compromiso de los creadores, mi compromiso. Yo me pregunto, en este último día del año, si vale la pena seguir defendiendo el teatro. Si vale la pena seguir apostando por él cuando hay tanta gente egoísta que solo piensa en sobresalir, tanta gente aprovechada y mala que desea hacer autopsias, en vez de biopsias. Tantos discursos epatantes y supuestamente justicieros que solo buscan el protagonismo y el aplauso de los que ignoran las interioridades de los complejos procesos que rodean al teatro.


Ensayo de CCPC, La República Light. Teatro El Portazo, Matanzas.
Foto: La Jiribilla
 

Me cuestiono los procederes, las decisiones, las justificaciones, la inmovilidad de algunos y la inercia de otros. Me cuestiono la estrechez de las miradas de los que hacen el teatro y de los que hacemos la crítica. Me cuestiono la desidia y las trincheras que se levantan cada día dentro de una misma fuerza. Me pregunto por qué no defender todos juntos el teatro que tenemos, por qué no hacer todos juntos el esfuerzo para que sea mejor. Por qué cada quién defiende su pedacito, como si se tratara de un pleito de solar. Por qué nos unimos solo cuando se ofende la libertad creadora de alguno de nuestros más grandes maestros. Por qué no estar unidos en nuestra cotidianidad y no tener que esperar otro “Caso Harry Potter” para levantar las voces al unísono a favor del teatro y su verdad.

Creo que el teatro necesita más reconciliación, más conexión, más sinceridad y menos superficialidad. Dentro de su diversidad y su identidad plural, necesita la unidad imprescindible para salvarlo de las malas vistas, de las malas decisiones, de los malos augurios. Pienso mucho en la importancia de ser consecuente y en lo que cuesta serlo a pesar del panorama. Pienso en cómo ser útil y desde qué posición es más consecuente serlo. Esta es la mía, desde un costado, desde abajo, desde donde se pueden ver mejor las aguas y el fondo.

Desde mi posición “privilegiada” la crisis sobrevino inevitable y como siempre llegué a decir en algún momento tétrico: “Voy a dejar el teatro”. Pero, como siempre, sucede algo que me salva de equivocarme, que me salva de la inconsecuencia.

En la última semana del año fui a Matanzas y asistí a dos de los sucesos teatrales más esperanzadores del 2017. El primero: una función del montaje en proceso Esa cosa loca, espectáculo coreográfico de Rubén Darío Salazar y Yadiel Durán con Teatro de Las Estaciones. El segundo: un ensayo de CCPC República Light, del Portazo.

Esa cosa loca es una puesta con acento de mambo. Un homenaje a sus exponentes, a Dámaso Pérez Prado, a su controversia y más que todo, al ritmo inconfundible y a la fascinación que aún provoca. La puesta incorpora las más disímiles versiones con una base melódica que incita a mover pelvis y cabeza a un mismo compás. El espectáculo está compuesto por grupales, solos, dúos y cuadros de textos que se disfrutan tanto como el baile. En la escena confluyen actores y bailarines, estudiantes muy jóvenes y otros jóvenes con mucho escenario andado como María Laura Germán e Iván García.

El tránsito de los títeres a la danza se ve en el espectáculo de una manera formidable. No solo por los objetos que se utilizan, sino por el trabajo con el cuerpo y el movimiento. La figura humana se descompone y se divide en partes que, por sí solas, conforman un todo mámbico, rítmico y delirante. Así, en diferentes cuadros vemos moverse brazos, cabezas, pies, pelvis, manos, como la expresión teatral-titiritera de un ritmo que invade el cuerpo. Hay escenas hermosas como la de las manos que tocan piano, la de los pies de hombres y mujeres, la simpática escena de las cabezas, el dúo de las sillas y las pelvis locas y el espectacular solo de Yadiel Durán con pie descalzo y punta.


Esa cosa loca
(Work in progress), de Yadiel Durán y Teatro de las Estaciones.
Foto: Sonia Almaguer
 

Esa cosa loca aún está conformándose, le falta el vestuario y la repetición creativa frente al público. Pero es ya un espectáculo impresionante, original, vivísimo, con fuerza joven y calor de mambo. Al contrapunto de saxofones, las trompetas, el trombón, la percusión cubana, los sonidos onomatopéyicos, los gritos, los aplausos y los silbidos, se le incorporan las sonrisas de estos jóvenes y sus meneos y sus contorsiones y sus cuerpos vibrantes y la emoción del público. Otras innovaciones al ritmo que incluyen a Las Estaciones en la antológica disputa de: “¿Quién inventó esa cosa loca?”.

Cuando terminó la función yo estaba feliz y gran parte de mi crisis se había disipado porque allí había visto no solo un espectáculo en proceso, sino un deseo compartido, un gesto de entrega y de amor. Y cuando conversé con Rubén Darío, él me explicaba con orgullo: “Estos tienen 17 añitos, aquellos trabajan en la radio, estos son bailarines, aquellos se van pal ensayo del Portazo…” y así, me describía la dinámica de un grupo de jóvenes que se unen cada día para hacer lo que les gusta, lo que les divierte, y hacerlo con todo el rigor y la disciplina. Allí estaban, de visita,  Freddy Maragoto y Yerandy Basart, dos actores que por muchos años formaron parte de Las Estaciones y vuelven una y otra vez a “su casa” para descubrirse entre los nuevos rostros de los que hoy bailan el Mambo. Me fui de allí muy contenta y agradecida por participar y por conversar con Rubén, que es siempre para mí un gran placer, pero también un ejercicio intelectual.

Luego fui al ensayo del Portazo, un ejemplo extraordinario de terquedad teatral. Pedrito Franco vuelve sobre su “marca”, en el doble sentido de la palabra, y crea otro CCPC del cual no daré detalles para no romper el misterio. Solo diré que será un espectáculo fuerte, más contundente en lo conceptual que el anterior, más agrio, más inteligente, más profundo, más útil, más necesario y, por lo tanto, más esperanzador. La nueva sede es linda y ellos la han impregnado con su energía. Yo miraba el ensayo, sentada al lado de Pedrito, y me emocionaba ver gente de varias partes de Cuba sobre un mismo escenario compartiendo los dolores y las alegrías de este hermoso espectáculo que está por nacer, otro sueño compartido que ellos amasan cada noche. Cuando terminó el ensayo yo no les dije nada a los actores porque, a veces, no suelo ser muy expresiva, pero ellos, sus voces, sus cuerpos y sus ojos son suficientes para salvarme de las equivocaciones y las inconsecuencias. Son suficientes para querer permanecer en el teatro, desde mi posición “privilegiada”, para querer acompañarlos y seguirlos y aplaudirlos desde el conocimiento y el compromiso.

Un viaje corto a Matanzas fue mi mejor regalo de fin de año. Un regalo inconcluso, imperfecto, en construcción, como son los mejores regalos. Un regalo inspirador y real que hizo que me avergonzara por querer “dejar el teatro”, que me avergonzara por no trabajar más, por no sacrificar más, por no poder ser más útil. Así se aplacó mi crisis teatral de fin de año, pero mis preguntas y mis inconformidades persisten, porque de alguna manera ellas están también en la forma de bailar mambo de Las Estaciones y en el gesto irreverente de un portazo.