Karamba es una de las agrupaciones surgidas en un momento en que la música cubana alternativa se engrandecía no solo con la herencia ochentera, sino con los ecos de una creación nacional que en los 90 y principios de los 2000 también se producía fuera de la Isla. El próximo 15 de  marzo, a las 8:30 pm, en el Teatro Mella, cuando la banda de Jorge Luis Robaina haga públicos sus Desahogos — algunos expresados con antelación en otras presentaciones y videos—, será una oportunidad para reafirmar que hasta hoy, independientemente de otras influencias, su derrotero parece estar atado a la impronta de proyectos como Habana Abierta, que fue un boomerang al alma de los músicos de esa época.


Karamba (cartel publicitario)
 

Kafé con Leche, como primero se llamó el grupo al nacer en el 2002, pronto cambió su nombre a Karamba, y también desarrolló su propuesta entre La Habana, Madrid y otras ciudades españolas, encontrando en sus idas y vueltas a la realidad cubana una forma de contarla y de combinar los ritmos del patio con los que respiraba en otras zonas. Esa dinámica, como se sabe, no solo se vivió fuera de aquí. Si bien la música alternativa amplió sus horizontes con sus vuelos a diferentes partes del mundo, los planeos iniciales se realizaron sobre esta tierra y fueron el impulso, por ejemplo, de aquel “rockason” o “rock con timba” que sacó del ahogo a la generación del noventa, evidenciando el poder curativo de mezclar la poesía de la canción contemporánea con las influencias del rock español, argentino, anglosajón, el reggae, el funk y otras sonoridades tradicionales o nuevas, tanto de la Isla como foráneas.

No obstante, sin dudas, la salida de muchos músicos siguió potenciando la escena nacional porque, desde ilusiones que partieron como ellos y la nostalgia, continuaron conectados y creando para un público que al otro lado compartía esas mismas sensaciones. Sin embargo, habría que destacar, en este fenómeno, el hecho de que convertir un tiempo duro en música ha significado construir un espacio social para hablar de estas cosas a través de las miradas de sus intérpretes, basándose en la filosofía de que el corazón “procesa, sufre”, pero “baila y canta lo que sangra”.

Si se revisa el trabajo que durante años ha acumulado Karamba se encontrarán no pocas canciones que son afluentes de esa idea. Desahogos, su disco más reciente también está en esa dirección. Como explicó su director, se trata de una producción autobiográfica en la que se anima a contar historias personales, incluyendo algunas “que tienen para mí una vis cómica”.

Trece cortes, entre los que se cuentan los conocidos “El burrito” y “Lágrimas sobre el café” conforman el álbum. Una vez más son notables las influencias que vienen de devorar temas de Fito Páez, Ariel Rot, Andrés Calamaro, y de integrarse al panorama español donde, como ha dicho el cantante, ha podido compartir con bandas asentadas en el pop rock de ese país, entre ellas, Jarabedepalo y La Oreja de Van Gogh, hasta con los veteranos de Fórmula V. También sobresalen los guiños a las tendencias actuales que alimentan la música cubana alternativa. En ese sentido, puede decirse que la escucha de este álbum resulta una manera de experimentar la evolución de esa corriente creativa.

Desde el punto de vista musical, no hay afiliaciones definidas. Aun cuando la música urbana sigue asumiendo géneros concretos, aquí vuelve a predominar la fusión, aunque sin estigmas con respecto a sonoridades nuevas. Con ellas Karamba flirtea, de alguna manera las utiliza en un intento de desahogar también el cuerpo, mientras el aire entra bien adentro sobre todo por pasajes rocanroleros y baladas. De ahí que deba apuntarse el trabajo armónico a lo largo del disco, y las sutilezas de algunos instrumentos para resaltar las melodías, como las del piano. Entusiasma el protagonismo de la guitarra en “Noche de rock and roll”, “Mala pata”  y “La resaca”, y en otros temas, como el trabajo logrado con los metales. Hay una construcción instrumental minimalista e intensa que avanza a la par de los sentimientos de las canciones.

De encuentros efímeros, de esos que pueden producir temblores para toda la vida, hablan “La resaca”—que parece también conectar con “La flaca” de Jarabedepalo—, “Rosa”, “Mala pata”, “Cómeme”. Las despedidas, las distancias nacen en “Lágrimas sobre el café”, “El Burrito”, “Atado de brazos”, “Mi amor”, que es una de esas historias que el mar partió en dos esperanzas…E interesante es también la temática de “Noche de rock and roll”, donde la nostalgia por el pasado nos devuelve cautamente la pregunta de hacia dónde vamos ahora.

Es cierto que con los años la música cubana alternativa se ha reformulado a sí misma y este disco lo demuestra. Esta corriente “necesita otro tipo de visibilidad y estamos enfrascados en eso”, comenta el director de Karamba, para quien una forma de conseguirlo es dar un salto de los directos que acostumbra a hacer en festivales y peñas, para realizar un concierto en un teatro, como el venidero. En ese sentido, si bien el underground, que explosionó en los ochenta y llegó hasta hoy, sigue teniendo adeptos y, sin demasiados procesamientos, hace respirar unas cuantas verdades de estos días,  los músicos también crean las condiciones para que sus producciones entren en circuitos más amplios.

Estos exponentes que continúan hablando de la realidad nacional a través de sus propias historias o de crónicas en las que muchos puedan verse reflejados, para lo que toman las sonoridades más afines a su lenguaje, colocan ante las instituciones y la industria nacional el reto de potenciar las concepciones y valores estéticos que llevan años siendo parte de la música cubana. La alianza entre músicos, que involucró a la EGREM para que Desahogos viera la luz, sin dudas, deriva en un aporte institucional al espectro de la música alternativa, y vale para abrir los ojos tanto a la renovación que la misma experimenta como a una gran parte de ella que todavía no consigue salir de la sombra.