No hablo desde la juventud ni el protagonismo, pues hace rato que superé las barreras de quienes idean, estructuran y son destino principal de este evento, pero me siento comprometida como ellos por ese espíritu de ser y estar con todo que nos inocula la Casa de las Américas, y porque siempre y como muchos más les pongo algo de mí, desde una larga experiencia de espectadora teatral infatigable.

Cuando una semana atrás, en la mañana del lunes 11 de septiembre llegué a la Casa después de los embates de Irma, me desoló respirar el aire de peces putrefactos y ver la sala de lectura de la biblioteca en penumbra, tapiada de emergencia por el frente, mientras muchas de mis compañeras de esa área sacaban a la luz del patio las gavetas del catálogo, con sus añejas tarjetas, desencajadas y mojadas unas y otras por la barahúnda que armaron el mar y el viento. También fue un golpe bajo apreciar la fachada de la casa, con puertas y ventanas rotas, hasta uno de los gruesos cristales azules que le dan un sello especial remplazado por un burdo tablón. Y paquetes de nuestros libros y revistas luego de haber flotado como extraños amasijos, dando tumbos por la calle G arriba.


“Cuando todavía las huellas de Irma no se han borrado, los jóvenes de la Casa de las Américas defienden sus sueños”
 

Entonces pensé enseguida: “Se cayó Casa Tomada”, con pena por todo lo que habían trabajado los más jóvenes en armarla, contra mil carencias y dificultades. Y cuando me dijeron que a pesar de todo se haría, yo, capricorniana obstinada y redomada optimista, me dije que sería un acto de voluntarismo que entonces no quise cualificar, pero que acompañaba con cierta impresión de duda.

Hoy, martes 19 de septiembre, cuando todavía las huellas de Irma no se han borrado, y cuando quién sabe cómo nos afectarán todavía de uno u otro modo, los jóvenes de la Casa de las Américas me demostraron que solo un voluntarismo como el de ellos, para defender sueños y empeños, podía revertir lo urgente y abrir paso para, a pesar de todo, seguir adelante. Porque el apoyo moral y el ímpetu de quienes, desde hace más de un año y en toda la geografía nuestramericana que por supuesto incluye al Caribe, se preparaban para sumárseles, llegó pronto en mensajes de todo tipo y nadie se amilanó desde la distancia y lo desconocido.

Muchas palabras, gestos y movimientos animaron la primera jornada. Desde la bienvenida amorosa y cargada de ideas de Arturo Arias, un “tomador de Casa” desde 1983, que sigue defendiendo sueños y su lugar junto a los nuevos, hasta los golpes de cintura y chequeré de las muchachas del proyecto FEY saludando a Yemayá y pidiéndoles con todas sus energías que aplaque a la naturaleza que se rebela maltratada. Desde las experiencias personales y colectivas tan bien contadas por ocho jóvenes de Chile, México, Colombia, Puerto Rico, Guadalupe, Argentina y Cuba, que denunciaron injusticias y mostraron sus muy diversas maneras de rebelarse contra ellas. Que hablaron de estudiantes sin escuelas, de negros, de mujeres y hombres violentados, de colonias colapsadas y de neoliberalismo maduro. Que reivindicaron saberes ancestrales de pueblos originarios y herencias más recientes. Que reconocieron las dificultades de la lucha cotidiana y a contrapelo del tiempo. Que vindicaron la calle, el barrio popular y las villas, con sus vivencias y sus alientos de solidaridad; que despertaron la memoria para seguir exigiendo por la ausencia de los 43 de Ayotzinapa, de Santiago Maldonado, del niño Kevin… Y que apostaron por un Socialismo pleno.

A esta hora en que termina la primera jornada, la Casa se sacude por la música. Y habrá mil formas de encuentro dentro y fuera de los salones, en el ejercicio de los talleres y en la recreación de la escena, entre las lecturas y luego de cada pausa. Hasta el viernes, ellas y ellos con los otros, con nosotros, apostamos por un futuro mejor para seguirlo construyendo.