“La imaginación —comentaba recientemente el investigador brasileño Frei Betto — es el arma más poderosa de un escritor inconforme”. Habría que preguntarse si no es la lectura es el arma más poderosa de quien elige un texto e “imagina” entonces por partida doble.

En un contexto signado por las grandes discusiones sobre la convivencia entre la literatura digital y la analógica y sobre cómo promover los hábitos de lectura, el catedrático de Belo Horizonte nos habla de la literatura como resistencia y de la polisemia del arte literario.


Foto: tomada de Internet
 

“Las palabras tienen vida propia, nos dice, y se multiplican en distintos significados”: Todo punto de vista es la vista a partir de un punto: El que encuentra un lector A, no coincide con el lugar socio cultural de un lector B; de modo que el cambio de lugar provoca un cambio epistémico.

Pero la cuestión no es solo de referentes. Si a ello se suma el impacto de la promoción de los textos, se puede entender que los puntos de vista —o las vistas a partir de los puntos— dependerán también del estado de opinión que se halla formado alrededor de un volumen. ¿Son los best seller buenos libros? Diría Betto que el éxito comercial no implica, necesariamente, el talento del autor o la condición del libro como obra de arte —que es, en resumen, su finalidad—.

“Estamos viviendo una época de ofensiva neoliberal que se caracteriza por la mercantilización de todas las esferas de la vida y la naturaleza, refirió. Todo pasa a tener valor de cambio y no valor de uso, y eso incide en la literatura. Actualmente existen muchos autores que escriben para convertirse en best sellers, y no por la necesidad de hacer arte”.

Y más adelante —como bálsamo para los “inconformes”— anuncia: “La literatura es resistencia. Toda obra literaria es una apología a la libertad de conciencia. Tengamos siempre presente que la literatura no tiene que ser de izquierda o de derecha, ni tiene que estar a favor o en contra del gobierno que impera. Tiene que ser obra de arte. No se trata de una literatura comprometida, sino de calidad, capaz de suscitar en los lectores una nueva mirada de lo real.

“De los escritores se puede esperar su compromiso con la justicia y contra la opresión. En tanto autor, no tiene compromiso con la verdad, sino con la verosimilitud. En su obra no hace más que abrirnos a otros mundos posibles a través del imaginario, que no conoce límites”.

¿Y el lector… sí los tiene? Hace poco, en el mismo Salón Profesional del Libro donde escuché a Betto, especialistas cubanos debatían sobre los hábitos de lectura y comentaban que, en Iberoamérica, el promedio nacional de libros leídos per cápita es de 3,5. Entonces me pregunto si las miles de personas que asisten cada año a nuestra Feria del Libro realmente leen lo que llevan, y si lo que escogen los hace descubrir esas “otras realidades” de las que hablaba el politólogo brasileño.

Me pregunto si, al igual que el escritor, que se niega a aceptar el mundo como es o aparenta, el lector logra ampliar sus potencialidades, poblar su universo con nuevos personajes y respirar el arte que trasborda la literatura.

Un escritor, dijo Betto, es un indignado y “nada humano le es ajeno”. Y un lector debería ser lo mismo. Creo que es el único modo de salvar, realmente, la imaginación.