Como una fulguración inesperada apareció Giselle, este añejo ballet de mediados del siglo XIX, traído a las tablas del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso por el Ballet Nacional de Cuba, desatando un fortísimo interés entre  aficionados, críticos y profesionales de la comunicación por reencontrarse con la joven campesina de la leyenda germana. En las dos semanas de la temporada las entradas volaron de las taquillas con pasmosa rapidez. Tal pareciera que muchos intuyeron lo que habría de ocurrir en las venideras funciones.


Giselle
desata un fortísimo interés entre  aficionados, críticos y profesionales de la comunicación.
Fotos: N. Reyes
 

Cuatro primeras bailarinas, Viengsay Valdés, Annette Delgado, Sadaise Arencibia y Grettel Morejón, tuvieron a su cargo el papel de la campesina enamorada, acompañadas, según la jornada, por los noveles bailarines Rafael Quenedit, Raúl Abreu y Patricio Revé; en tanto, el difícil papel de Mirta, Reina de las Willis, fue interpretado por las jóvenes Claudia García, Chavela Riera, Eli Regina y Ginett Moncho.

Desde hace un buen tiempo, este cronista ha venido escuchado comentarios desfavorables acerca de la endeblez de ciertas entregas del Ballet Nacional, ya fuera por razones de interpretación, disciplina escénica u otras, todas conducentes a afirmar que nuestra principal compañía clásica no asiste a sus mejores momentos.

Lo primero que debo referir es la excelente forma que mostró el cuerpo de baile. Tanto en los bailables del Primer acto como en la exigente labor de las Willis, en el segundo, con las formidables diagonales y la elegante uniformidad de los distintos momentos de la obra. A todas luces, se puede apreciar un riguroso trabajo por parte de los maitres y ensayadores a cargo de su preparación. Lo que mostró el cuerpo de baile del Ballet Nacional durante la temporada que acaba de terminar, es algo que sólo se logra con mucho rigor, buena disposición y disciplina bajo la guía de una mano segura.


El cuerpo de baile mostró mucho rigor, buena disposición y disciplina.
 

En cuanto a la entrega del domingo, la última; Anette Delgado nos trajo una de sus buenas demostraciones en los últimos tiempos. Puede ser osado decir, la mejor, pero esa fue la impresión  que causó en este cronista. Impuesta de su personaje, ella entregó todo su dominio de la obra en el primer acto, con la limpieza de su baile y la plenitud del ajuste con la música. Desde los primeros pasos festivos junto a Albrecht hasta los fatales momentos de la locura y la muerte. A la vez, salió muy airosa de las dificultades técnicas e interpretativas que siempre imponen a su personaje las exigencias del acto blanco.

Admirable y buen presagio de lo que haría el Cuerpo de baile, fue la faena de los bailarines que tuvieron a su cargo la labor de amigos de Giselle. Ejemplo de pulcritud y precisión en la ejecución de sus personajes, ellos resultaron la mejor muestra de los bailes en colectivo que se dejaron observar sobre las tablas del Gran Teatro.

Noble partenaire se mostró Rafael Quenedit como Albrecht, Duque de Silesia quien cumplió su exigente labor a lo largo de todo el ballet. Joven apuesto, de poderosas piernas y estupendos empeines, está a las puertas de convertirse en uno de los mejores bailarines cubanos de los tiempos actuales.

Se acostumbra a decir, y con razón,  que el tercer personaje de Giselle es Mirta, la Reina de las Willis. Este personajes en el que no todas las estrellas pueden brillar, lo cubrió muy dignamente Ginett Moncho, quien no desdijo ni un instante de las buenas tradiciones de las grandes reinas del ballet cubano, de Carlota Pereira a Mirta Plá y Aurora Bosch, a Ofelia González y Rosario Suárez. Del mismo modo, las dos Willis, Molnia y Zulma, Claudia García y Chavela Riera, quienes aún podrán lograr más en sus exigentes roles con sus complicados reverses y balances.

Muy bien por esta temporada de Giselle, muy bien por el Cuerpo de baile y los primeros bailarines y solistas. Es evidente que más de siglo y medio de su estreno, Giselle vive.