Fue hacia 1990 que nos resultó posible conocer la figura, que no la obra, de Domingo Alfonso (Jovellanos, Matanzas, 1935). La figura, porque ya su obra nos era familiar, sobre todo en ese resurgir que llegara a oxigenar en ese momento la poesía cubana devenida de uno de los cultores de la llamada Generación del 50. ¿El libro? Esta aventura de vivir (1987), especie de resumen o sumatoria de casi todo su anterior ya para ese momento redivivo.

Habían pasado años de silencio sin que la prensa cubana se llegaran hacer eco de alguna que otra novedad. Y es que en Esta aventura de vivir trazos hubo en ellos que no dejaron indiferente a más de uno de las nuevas generaciones que hasta ese momento buscaban encontrar un lugar en el siempre complicado panorama de la literatura cubana.


Domingo Alfonso (Jovellanos, Matanzas, 1935). Foto: Wikipedia
 

Es posible que el clímax de una obra subvalorada, me refiero a la academia de intramuros, nos llegara justo desde una más que polémica critica aparecida en páginas de La Gaceta de Cuba de por esos años bajo la firma, no de uno de los suyos generacionalmente hablando, si no de uno de los escritores emergentes hasta ese momento: Víctor Fowler. La reacción no se hizo esperar y fue una suerte que la sangre no se hubiera acercado aunque mínimamente hasta las llamadas márgenes del río, pero la poesía de Domingo Alfonso construida con muy pocos elementos, quiero decir, con un mínimo de recurso (utilitaria lección desatendida en nuestros días) había encontrado su definición mejor. La poesía, fue lo que nos dijo en alguna que otra oportunidad, viaja más que nosotros mismos.

Por desgracia o sin ella no suelen ser siempre los más estudiados quienes más influencian. En un desgraciado ensayo escrito como a vuela pluma inmerso dentro de un Panorama de la literatura cubana se le tilda a la poesía de este hacedor como prosa versada. Como si nadie hiciera uso mejor de tal recurso en la Elegía a Jesús Menéndez como no haya sido nuestro poeta nacional Nicolás Guillén. El prosaísmo, o lo que es decir, su dominio, según Octavio Paz fue una ganancia para el versolibrismo. Poetas de su generación hay que abusan más de ese recurso a los cuales nunca se les mienta. ¿El motivo? Me gustaría pensar, por tanto, en un medio como el nuestro, en lo que tiene que ver con la cobardía; con la miopía menos. O si se quiere: más con la cobardía y menos con el oído. En verdad, nunca su obra ha dejado indiferente a nadie que no sea a la academia de intramuros.  La de extramuros le ha sido benévola. Y es que Domingo no defrauda.

Se dice (decimos) que no ha necesitado que lo nombren maestro de generaciones, ni su influencia en una de las generaciones más iconoclastas: sobre todo la primera de los nacidos con la revolución, ni que la llamada distinción por la cultura cubana lo hayan alcanzado. Sería sospechoso que a sus casi 80 años del triunfo de su nacimiento tales distinciones le llegaran. Habría que decir tal como diría un humorista de nuestro tiempo, cuando se le anunció que se le haría un homenaje (…) absolutamente deprimido desde su personaje el humorista respondió:

“¿Me han encontrado algo? Si yo me siento bien”.

II

Es  curioso cómo la obra de Domingo Alfonso se ha podido producir lejos de tendencias y corrillos literarios, esos que Fina García-Marruz tildara en algún poema de enorme miseria, en franca alusión a algún título de G. K. Chesterton. De profesión arquitecto Domingo siempre ha vivido, y vivió, algo muy importante, de su trabajo. Un verso de nuestro José Martí nunca le ha venido mejor:

“Ganado tengo el pan, hágase el verso”.

Y fue lo que hizo y nos ha legado.

Fue al menos una sorpresa para mí saber que algunos de nuestra generación, sin conocer personalmente quien podría ser ese hombre común que muchos años después nos entregara Vida que es angustia y En la ciudad dorada… entre otros libros, supieran de memoria muchos de sus poemas. Hablo de 1989 y los primeros años 90.

Con Domingo nos ha sido posible conocer no solo de su vida sino además parte de su formación, aspectos de su relación con José Ángel Buesa, su maestro, y el primero en organizarle y publicarle un cuaderno: Sueño en el papel… consejos que le diera como el llamado uso de la tijera a la hora de despojar al poema de todo ripio. También de su único encuentro con Lezama  y Ernesto Cardenal. Y más que nada aspectos muy humanos y hasta contradictorios, por qué no, de su personalidad. Los valores arquitectónicos de nuestra ciudad cuando no era muy común que muchos nos interesáramos, o se interesaran, por estos temas. Horas y horas de compartir y hasta disentir en su casa o en la nuestra (somos vecinos, valga aclarar) o en un parque o hasta en un evento en cualquier provincia.

En el siglo XIX solía llamársele a este tipo de acercamiento: medallones. Por mi parte no sé si el retrato que les he ofrecido nos muestra al hombre y al poeta. De ser así nada mejor que las palabras de otros de los suyos, generacionalmente hablando, Roberto Fernández Retamar, cuando escribiera:

“De todas las mañanas del mundo me gusta recordar  aquella en que Domingo Alfonso fue a enseñarme un montón de versos suyos. No sabía quién era él, así que todo iba a ser sorpresa. Y todo fue sorpresa”.

O: “Creo que desde que en la década del veinte Tallet empezó a escribir sus mejores poemas, nadie entre nosotros había logrado hacer ver con tanta fortuna la sorprendente poesía de lo cotidiano”.

Es cierto que hay dicha, y grande, en las valoraciones anteriores. Jorge Luis Borges, de quien nunca he reparado en decir, Borges, el bueno, el argentino, va y hubiera escrito: No sé de un elogio mayor.