Dentro de los acontecimientos musicales más importantes de este año, sin duda uno de los conciertos más recordados será el que ofreció el pasado domingo la Orquesta Sinfónica Juvenil de Minnesota, Estados Unidos, aquí en La Habana. Es bien sabido el prestigio de nuestro país en el arte sinfónico, lo cual ha suscitado el interés de diversas orquestas norteamericanas en visitarnos, así como de directores que quieren vivir in situ el placer de tocar o dirigir; no por gusto por estos días tres formatos de ese tipo nos visitan: El Chicago Consort, la Orquesta Sinfónica de Stanford y la propia Orquesta Juvenil de Minnesota. Casi nada, dirían algunos pocos escépticos…

 
Foto: Internet


Pero lo ocurrido el domingo 25 tiene un matiz muy especial, a mi juicio, que estuvo en comunión con la búsqueda de puentes y lenguajes que fortalecen el respeto y el acercamiento entre dos culturas intrínsecamente ligadas, sobre todo en la música. La presencia en La Habana de dicha orquesta marca un punto de giro en cuanto al acceso que de nuestra cultura ha de seguirse conociendo en los predios y mundos universitarios norteamericanos, por demás cada día muy interesados en los aportes y contribuciones mutuas que pueden derivarse de estos intercambios. Dicha orquesta, bajo la dirección del Maestro Manny Laureano, fue capaz de lograr la atención de una abarrotada Sala Covarrubias que se desbordó en aplausos –a veces fuera de norma- para la citada orquesta.

El comienzo no pudo ser más dinámico y sorprendente: los Himnos Nacionales de Cuba y de Estados Unidos, como muestra de respeto de nuestros visitantes. Luego, la intrépida obra “La Tumba de Caturla”, de la compositora norteamericana Shelley Hanson, recibió una fuerte ovación con toda justicia. Aquí, su autora recrea una buena imagen sonora de los aportes musicales del compositor Alejandro García Caturla a la escena musical del siglo XX, basándose en elementos bien propios del cubano como el uso de la percusión, el atonalismo y la —para muchos— similitud orquestal con el norteño George Gershwin. Precisamente de este afamado compositor, la Orquesta Sinfónica Juvenil de Minnesota escogería su “Concierto para piano y orquesta en Fa Mayor”, ocasión para la cual su director, el Maestro Laureano, ya había apostado por el pianista cubanoamericano Nachito Herrera para interpretarlo en sus conciertos por Cuba.

Herrera es un pianista cubano radicado en Estados Unidos hace varios años, con un dominio técnico y una exquisitez musical extraordinaria, lo cual se ha ido enriqueciendo a través de su participación en conciertos de corte sinfónico como en presentaciones de tipo popular, donde incluye el jazz y la música cubana. Como en otras ocasiones, Nachito Herrera salió triunfante del difícil reto interpretativo de este concierto, luciendo un estilo sobrio, de entradas y salidas al universo sonoro identitivo de Gershwin pero desde una óptica muy actual, con evidentes aportaciones de su peculiar estilo cubano. Lo que sucedió después, rozó el caudal de lo mágico para encubrir un virtuosismo soberbio, cuando junto a los músicos norteamericanos se unieron algunos de los primeros atriles de nuestra flameante Orquesta Sinfónica Nacional, en el primer ancore. El frenesí del público hizo que un emocionadísimo Nachito Herrera tuviera que volver a escena, para interpretar una versión propia de la canción “Cuba, qué linda es Cuba”, para lo cual el Maestro cubano dirigió unas breves palabras que resumieron el mayor sentido de cubanía y pertenencia posibles: “Hoy, esta versión entre las tantas que tiene esta canción, será especial, porque va dedicada especialmente a ustedes, a mi pueblo de Cuba”. El silencio sentenció el comienzo pero solo por unos pocos minutos, pues entre coros, aplausos y la sonrisa feliz de los músicos en escena, no tuvo mejor final esa primera parte.

El cierre, demoledor y sutil, fue la interpretación de la “Segunda Sinfonía”, en Mi Menor, op. 27 del ruso Sergei Rachmaninoff, una obra colosal que si bien se conoce por su fuerza no deja de sorprendernos.

Estos conciertos en La Habana, luego en Camagüey (día 28) y Santiago de Cuba (día 29) son organizados por Classical Movements en colaboración con el Instituto Cubano de la Música y el Centro Nacional de Música de Concierto, y marcan del regreso a Cuba del director norteamericano Manny Laureano, quien lo hace después de la memorable gira de la Orquesta de Minnesota en el 2015, del cual él es trompeta solista. Luego de los maravillosos intercambios con jóvenes músicos cubanos y el recibimiento del público que obtuvo la Orquesta en aquel año, Laureano quiso volver pero esta vez con la Orquesta Sinfónica Juvenil de la ciudad de Minnesota, de la cual es cofundador, y así extender el intercambio musical a otras provincias como las antes mencionadas.

Después de este concierto en la capital y en otras ciudades del país, de seguro estos jóvenes músicos norteamericanos se llevarán a su país un pedacito de Cuba y su música pero no en sus maletas, sino en el corazón.