Nostalgia de Santiago Feliú

Conocí a Santiago Feliú cuando él era muy joven, allá por los años ochenta del siglo XX, y cuando todavía no era muy conocido entre los seguidores de la canción inteligente.

Creo que fue a través de la poeta cubana Reina María Rodríguez aunque, por aquel entonces, nos presentábamos en el Parque Almendares los integrantes de la Brigada Hermanos Saíz y los incipientes trovadores del momento: Gerardo Alfonso y Donato Poveda, entre ellos. Al menos son los que mejor recuerdo.


Santiago Feliú. Foto: Kaloian


Luego Santi, que era visita habitual en la casa de Noel Nicola, quien vivía muy cerca de Reina, nos llevaba allí a escuchar la música que por aquellos años le parecía más impresionante. No hacía distinciones entre clásicos como Beethoven y Vivaldi o contemporáneos como Cat Stevens, Bob Dylan y Chik Corea.

Creo que su formación era absolutamente autodidacta. Leía desordenadamente e iba mucho a la Cinemateca. Su vida siempre estuvo vinculada a la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones. Y aunque mi relación con él nunca fue lo suficientemente íntima para llegar a conocerlo del todo, me parecía un joven triste como lo eran sus melodías peculiares y melancólicas.

Al principio me parecía demasiado influenciado por Silvio Rodríguez. Sobre todo en las primeras canciones de su disco Vida (1986). “Para Bárbara” tenía esos tintes nostálgicos que nunca abandonaría. Pero en la medida en que el tiempo iba pasando, Santiago Feliú fue definiendo un estilo muy propio.

Una guitarra, que era más que un simple acompañamiento, le bastaba para crear ese universo sonoro acompañado por unas letras que hablaban del sentido de la existencia, de la vida fuera de Cuba, de la guerra o la revolución, sin que nunca asomara en su creación ese burdo panfleto que no se avenía con su postura rebelde e iconoclasta.

Cuando ya era uno de los más notables representantes de eso que se llamó la Novísima Trova, no tuvo reparos en realizar colaboraciones con otros músicos cubanos y extranjeros que, seguramente, le enriquecían y le hacían tomar el camino de la universalidad de modo mucho más explícito que el resto de sus compañeros de viaje.

Como era zurdo tocaba la guitarra en una alineación derecha y quizás esto lo ayudó a proponer armonías arriesgadas que, a pesar de lo insólito y lo inteligente de sus textos, le conferían ya un sello particular aun cuando, en mi opinión, siempre fue el alumno más aventajado de Silvio Rodríguez.

Dejamos de vernos en los noventa, pero cada vez que podía lo escuchaba y vi cómo compartía escenarios con músicos que también admiro como Fito Páez, León Gieco, Joan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute.

Es una lástima que la televisión y la radio no apoyaran su difusión en la medida en que su talento lo merecía. Pero creo que ello no le importaba mucho.

Santi, como lo llamaban sus amigos, era un artista a quien no tentó nunca la fama. Sus canciones iban dirigidas a un público que, aunque no fuera mayoritario, le era extremadamente fiel. Y creo que con eso le bastaba.

Murió todavía joven, en la mitad del camino, diría yo. Y no solo por su edad (poco más de cincuenta años), sino por ese espíritu renovador que no se apagaba en él fueran cuales fueran sus circunstancias.

Alguna vez se definió como “un empedernido adicto a la magia del corte y la edición”, lo que confirma la influencia del cine en su labor creadora.

Santiago Feliú, creo, tomó de todas las artes y nos dejó una obra muy singular dentro de aquellos novísimos de la generación de los ochenta en los que se incluyen otros como Carlos Varela, Frank Delgado, Donato Poveda y Gerardo Alfonso.

La ausencia de Santi tal vez engrandece una obra que tenía todavía mucho que decir a los jóvenes y a los menos jóvenes.

Pero nos quedan sus discos. Basta con escuchar los que considero mejores: Vida (1986), Para mañana (1988) y Sin Julieta (2002), para valorar una carrera siempre ascendente y que a pesar de la pérdida física del cantautor nos llena ese vacío que se instauró el 12 de febrero de 2014, cuando nos sorprendió la noticia de su paso a otra dimensión.

Estoy segura de que siempre Santiaguito Feliú tendrá que ser mencionado cuando de la historia de la canción cubana se hable.