“No se puede escribir para complacer a editores o gerentes”
Foto: Sergio Romero
 

Rafael Courtoisie, poeta y narrador uruguayo, intentaba responder una pregunta sobre los nuevos relatos en Latinoamérica, justo cuando abandonó su asiento y comenzó a cantar un tema de Violeta Parra. Minutos antes, era imposible predecir que algunos fragmentos de “Volver a los 17” se escucharían en la Sala Eduardo Galeano, durante uno de los paneles de la Feria Internacional del Libro, en la Fortaleza San Carlos de La Cabaña. Sin embargo, contra todo pronóstico, Courtoisie interrumpió su disertación en medio del encuentro y nos trajo de vuelta la esencia de ese amor que también puede emerger de la literatura.

El gesto más revelador, como muchas veces suele ocurrir, nace de lo inesperado.

“Lo que canté hoy —explica mientras conversamos varias horas después— tiene que ver con una actitud que puede plantearse para esta nueva literatura o nuevo relato: que sea como el amor, que se vaya enredando, como el musguito en la piedra, ay, sí, sí, sí. De esa forma lo dice Violeta Parra, en una expresión muy tierna. Y creo que aunque la canción habla sobre el amor de pareja, se puede interpretar en un sentido más amplio. Entonces, me pareció importante salir de aquel esquema en que dos personas están sentadas, dictando una conferencia, y compartir ese amor que es también la escritura. Fue, además, un modo de no concluir desde una especie de altura catedrática”.

Para el público cubano, Courtoisie no es un autor desconocido. Hace apenas tres años, el escritor uruguayo recibió en la Isla el Premio de Poesía José Lezama Lima, de Casa de las Américas. Un reconocimiento que, junto a otros lauros como los Premios Loewe y Blas de Otero, en España; y el Jaime Sabines, en México, lo ubica entre las principales voces de la literatura en su país.

Once libros de poesía, seis volúmenes de cuentos y siete novelas, condensan el acercamiento multidimensional a la naturaleza humana que uno percibe en su cosmos creativo. Pero, también, esa reapropiación del conocimiento científico que se advierte en su obra y que, probablemente, tenga su génesis en los estudios de Química que cursó alguna vez.

“La humanidad ha hecho un divorcio a veces peligroso entre las ciencias y el arte”.“La humanidad ha hecho un divorcio a veces peligroso entre las ciencias y el arte”, asegura. “Son campos diferentes, aunque también muy complementarios. Creo que el famoso hombre nuevo, el hombre del siglo XXI y del tercer milenio, va a tener que volver a unir, de algún modo, la creación y las ciencias. En mi caso, fue una aventura. Estaba muy enamorado de la poesía, para mí era un modo de crecer y encontrar respuestas; sin embargo, al mismo tiempo, me parecía fundamental el conocimiento de la naturaleza, la materia, los misterios de las cosas.

“Saber algunos contenidos de Biología, Matemática, Física, Anatomía humana, es importante para que se dé la chispa de la poesía, esa iluminación de la narrativa, de la creación. Hay una vuelta a lo sagrado en el acto poético; pero no desde un enfoque trascendente y místico, sino en un sentido de equilibrio, de equidad entre los hombres, y de estos con el entorno”.

En una ocasión, Mario Benedetti dijo que usted era un caso singular dentro de la literatura uruguaya. A su juicio, ¿qué determina en su obra esa singularidad?
Como afirmaba Jean-Paul Sartre, uno es lo que hace con lo que hicieron de uno. Nací en un Uruguay democrático, aparentemente libre y, en mi adolescencia, cayó una terrible dictadura. Pasé de un país de apertura, con una tradición civilista y cultural; a otro de oscuridad, tiranía, asesinatos y desapariciones. Sobre eso, uno podía actuar de muchas maneras. Encontré en la poesía una posible respuesta. Desde mi apellido —que es de origen francés y tiene que ver con una tradición de poetas francouruguayos— hasta las circunstancias que te comentaba antes y otras que, lógicamente, acontecieron después; influyen en esa singularidad de la que hablamos. Tiene que ver con aquello que se hereda, con el ambiente y con los otros que están al lado de uno. Pienso que a eso se refería Mario.

Por otro lado, me parece que no hay escritores que no sean singulares. Los que no son singulares, son fotocopias. Muchos autores, en vez de construir su propio camino, pretenden estar en el lugar de otros, y ese es un gran equívoco. Uno no puede ser, por ejemplo, como Onetti o Benedetti: uno es lo que le tocó y puede llegar a ser. Confío en que el reconocimiento de la singularidad individual nos haga encontrar a todos en una pluralidad heterogénea. Cada uno con su música, como una orquesta.

Usted afirmaba en una entrevista que le interesa la realidad sociopolítica de los países del continente, pero también su producción literaria. ¿Desde qué perspectiva entiende Rafael Courtoisie los vínculos entre la creación artística y los contextos que le rodean?
Creo que el gran tema de la producción cultural es que no se encuentra separada de lo social, lo político y lo económico. En la literatura, específicamente, se trabaja un capital simbólico, y hay campos de poder que interactúan de una manera notable. Los escritores trabajan en el ámbito común a todos los seres humanos, que es el lenguaje y, por lo tanto, están en medio de un campo de batalla donde existen pugnas e intereses encontrados.

El gran tema de la producción cultural es que no se encuentra separada de lo social, lo político y lo económico.Esto no quiere decir que haya fórmulas para hacer que la literatura resuelva los problemas sociales. Me parece que no tiene sentido planteárselo así. Pero sí tiene mucho sentido entender que el arte no es inocente; un verso puede cambiar situaciones individuales y colectivas. Reitero esa frase de Ernesto Cardenal que dice: las dictaduras nacen en nuestra alma. Me parece que el modo de aligerarlas, de que no nazcan o se desarrollen en nosotros, y luego en el corpus de lo social, es trabajar la esencia de la palabra y entenderla como una experiencia que ensancha lo humano.

¿De qué modo influye en la producción literaria de América Latina lo que usted define como “triangulación con las grandes megalópolis”? ¿Cuánto ha repercutido esa circunstancia en la legitimación de su literatura?
La verdad es que mi obra —y creo que en esto hay que ser absolutamente transparentes— no hubiera sido leída en México o Colombia, si antes no hubiera tenido premios y publicaciones en España, o traducciones en Inglaterra y Estados Unidos. En esa triangulación, se percibe una baja autoestima de los latinoamericanos con respecto a nosotros mismos; además de una balcanización notable entre los países del continente.

Hace 60 años, teníamos la capacidad de saber dónde estaban nuestras mejores creaciones; señalarlas, discutir y debatir sobre ellas. La gran paradoja es que, pese al desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, estamos cada vez más desunidos y alejados. Es necesario dar la vuelta a esa paradoja e intentar resolverla a través de una integración real. Apoderarse, en el mejor sentido, de esos medios tecnológicos, sin desentendernos de sus posibles riesgos.

En términos de producción editorial, ¿qué lugar ocupa hoy la poesía dentro de la literatura del continente? ¿Coincide con el criterio de algunos autores que afirman que ha sido relegada? 
Creo que sí, y esto tiene que ver con la entronización de la novela como la reina de los géneros, y con otro factor —muchas veces menospreciado— que es la falta de esfuerzo. La poesía exige. Muchas veces la narrativa, también; pero otras veces no. Existe toda una industria editorial montada en función de la superficialidad. Pienso que, desde este punto de vista, la poesía y el cuento corto, al estilo Cortázar o Borges, han sido relegados por intereses comerciales, aunque también de dominación social que pueden tener que ver con que la poesía está en el centro de la construcción de la verdad. Y quizá, en esa esencialidad, el cuento se le acerque.

Aun así, su producción literaria se expresa, fundamentalmente, a través de la poesía…
La novela, aparentemente, es un género más popular y con mayores posibilidades de edición y distribución. Sin embargo, siempre traté, y quiero, ser poeta. Para mí hay un centro, un núcleo, un alma en la literatura, que tiene que ver con la poesía. Y, en ese sentido, soy muy lezamiano.

Para mí hay un centro, un núcleo, un alma en la literatura, que tiene que ver con la poesía. Y, en ese sentido, soy muy lezamiano.En el caso de escritores como Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier, por ejemplo, las mejores zonas de sus novelas se mueven con núcleos poéticos. Hay que tener muy claro, no obstante, que la narrativa implica un trabajo con el tiempo ficcional: contar una historia y que esta atrape, llegue y comunique en el tiempo. La poesía, en cambio, es una creación literaria con un tiempo suspendido, una mirada un poco más lejana y profunda. Y entonces requiere un ritual.

De todas maneras, es apasionante hacer una novela, o contar un pequeño relato, porque ahí hay una relación directa, también, con la construcción de las vidas cotidianas, con la forma en que cada uno tiene su aventura o su desventura. No existiría buena parte de la creación en el lenguaje humano sin la poesía, pero también es muy importante narrar una buena historia.

Decía que la creación poética necesita de un ritual. ¿Cuál sería en su caso?
Me parece que tiene que ver con recuperar cada uno de los objetos como si se vieran por primera vez. Una ola del Malecón, esta mañana de sábado 13 de febrero de 2016, es un objeto único en mi memoria. Escribir un poema para que tú y muchas otras personas compartan conmigo esa ola, ese instante, es una forma de detener ese momento y que, a la vez, sea eterno. Ese es el ritual. Y, como todos los rituales, requiere paciencia, mucha alegría, goce, y también un poco de misterio.

Según ha afirmado, un libro que no desacomoda, no sirve. Si tuviera que mencionar algunas obras que lo han desacomodado como lector, ¿cuáles serían las más importantes?
Todos tenemos derecho a escribir, pero no necesariamente todos debemos publicar. Creo que un libro tiene que sacudir al lector, hacerlo desarrollarse y crecer, expandir su experiencia. Hay dos libros que me tocaron mucho, y son de poesía. Uno de ellos es Trilce, de César Vallejo. Su lectura me permitió entender que la poesía no era una efusión sensible solamente, una cuestión becqueriana y romántica; sino que también estaba construida de sentimientos. Otro importantísimo que me volvió a dar la dimensión, la jerarquía de la poesía, fue la edición de la obra completa de Lezama Lima, publicada por Casa de las Américas. Y no lo nombro por estar aquí, sino porque, aún hoy, Lezama no está resuelto, y eso es lo fantástico de un autor que desacomoda.

Todos tenemos derecho a escribir, pero no necesariamente todos debemos publicar.En el ámbito de la narrativa latinoamericana, podría nombrar muchos textos. Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti, para mí es un cuento modélico; aunque tampoco puedo dejar de mencionar su novela La vida breve, que cambió mi concepción y me hizo entender muchas cosas de Latinoamérica. En otro extremo, un libro que me desacomodó, en el mejor sentido gozoso, es El coronel no tiene quien le escriba, pues me mostró que la precisión de un relato se puede llegar a parecer mucho a la poesía cuando hay una tenacidad de construcción, y una capacidad de que esa obra esté en un lugar mucho más preponderante que el autor. Simultáneamente, tengo que reconocer también que toda, o buena parte de la obra de Shakespeare, me ha desacomodado, ya sea leída en su lengua original o en sus traducciones. Como verás, todos son autores diferentes, pero creo que nada de lo humano es ajeno.

Cuando se enfrenta al ejercicio de la escritura, ¿lo asume también desde una voluntad de desacomodo? ¿Cómo construye en su obra esas posibles experiencias que hacen crecer a los lectores?
Siempre he tratado de escapar a lo que llamo la tentación editorial. En el mundo hay grandes grupos editoriales que pretenden una estandarización del producto narrativo. Entonces plantean, por ejemplo, que la novela debe contar la historia de ciertos personajes con un condimento de —voy a decir la receta más fácil— sexo, violencia y sentimentalismo. La novela no tiene límites, es el territorio de la libertad, no tiene horizontes, no se ha agotado. Sin embargo, la tentación de la edición y la divulgación, puede hacer que uno trate de escribir para complacer, y no precisamente a lectores; sino a editores o gerentes. Y creo que no se puede escribir para complacer a editores, gerentes o industrias que te encargan —de buena o mala fe— ciertos prototipos.

 No se puede escribir para complacer a editores, gerentes o industrias que te encargan —de buena o mala fe— ciertos prototipos.Acabo de publicar en Uruguay una obra que se llama La novela del cuerpo, con la cual tenía la posibilidad de hacer una novela al uso, un bestseller, por así decirlo, sobre los trasplantes…Pero me pareció más valioso reflexionar sobre el riesgo de que el cuerpo sea únicamente una apariencia, en lugar de una integración con el tiempo que nos tocó vivir.

Entonces, no armé una novela tradicional: hay capítulos donde existen diálogos muy frenéticos, cinematográficos; y otros donde hay una reflexión, que alguien le puede llamar ensayística, sobre las zonas del cuerpo y el significado que tiene el dolor. Es una obra que ha tratado de salir de la estandarización industrial de la novela. Pienso que es un modo de construir ese desacomodo, lo cual obliga, también, a que uno salga de la zona de confort y salte de un género a otro. Creo que si alguien renuncia, por una cuestión de dinero o mercado, a esa construcción de la originalidad, está renunciando a la creación.