“No llores, Güirito, lo mejor está por llegar”

El alma de los hombres es una suerte de juego infantil que se aferra a las ilusiones. La hora de las despedidas suele ser siempre triste y dolorosa. Cuando llegó la noticia no podía creer que ya no estuviera la persona que me enseñó, por encima de todo, que “lo bueno está siempre por llegar”. Estuve llorando todo el fin de semana, aún hoy no sé cómo superar la pérdida y al pensar en Xiomara Palacio se me juntan muchos sentimientos encontrados. Pero termino siempre con una sonrisa, porque a ella le gustaba así. Porque eso fue lo que me enseñó “la viejita” en muchas ocasiones en las que estuve triste o deprimido. Bastaba una llamada a su casa para que en un almuerzo que ella rápidamente me improvisaba y, a golpe de chistes, se alejara todo residuo de tristeza, pasara la nube y volviera el canto.


Fotos: Cortesía del Autor


Fue en 2003 cuando la conocí. Juntos hicimos esa obra que se convirtió en una suerte de carta de vida de Ariel, de Xiomara y mía. Yo soy de Caibarién y Xiomara de Remedios, la distancia entre ambos pueblos es de apenas ocho kilómetros, por lo que tenemos costumbres similares. Con ropa de domingo me dio la posibilidad de aprender el arte de la actuación. Xiomara me enseñó que para actuar había que divertirse, sentir que el escenario era como la sala de tu casa, el sitio donde te sentías a plenitud. Fue en la sala de su apartamento que empezamos el montaje; el pretexto de colar un cafecito o hacer una merienda siempre estaba para salir del bache, porque a la “viejita” se le olvidaban los textos. De ahí surgieron nuestros sobrenombres, ella me decía “Necio” y yo a ella “Necia”, por la amnesia que sufríamos los dos. 


El estreno de la obra fue en Guanabacoa, en un cine-teatro inmenso, donde los niños estaban sentados de dos en dos. Cuando ella se asomó se puso muy nerviosa y lo único que me decía era que no me pusiera nervioso yo. Entró la música de Alejandro García Caturla con que empezaba el espectáculo. Los niños alborotados, gritando, y nosotros entrando con la maleta de madera por entre los espectadores. Cuando los dos montoncitos de arena cayeron de los zapatos, algo mágico ocurrió. Sobre el escenario se posaron los ángeles que protegieron siempre nuestro bohío evocado en Con ropa de domingo. De esa primera función el “premio” fueron todos los premios: de actuación, de dirección, de textos, premios colaterales. Recuerdo que en la guagua de regreso a La Habana se me acercó al oído y me dijo: ¡Güirito, este no es más que el comienzo! Así fue. Recorrimos casi toda la geografía de Cuba, nos presentamos ante públicos diversos, ganamos premios y desaires, viajamos a varios países juntos y La Madre se fue convirtiendo en Xiomara, y Güirito en Maikel, y a veces no sabíamos cuándo éramos amigos, actores o familia.


Gracias a Xiomara realicé uno de mis más deseados sueños: ponerle voz a los muñequitos. Me pidió que la acompañara a los Estudios de Animación del ICAIC, porque la habían llamado  para la serie Fernanda. Ella me presentó a Mario Rivas. En el camino se detuvo bruscamente y, con ese humor natural que la caracterizaba, me dijo: “Vas a ver que ahora te presento, te escogen a ti y a mí me dejan en esa!”. Llegamos a los Estudios y Mario comenzó a explicarle que Fernanda era una serie de una niña investigadora. Ella lo interrumpió y dijo: “Me retrataste, Fernanda soy yo”, y Mario le respondió con mucha tranquilidad: “No, Fernanda es Irela Bravo”.

Recuerdo las carcajadas de Xiomara aquel día, se volteó y me dijo: “Güirito, yo no paro de meter la pata”. Entonces la grabaron para la voz del niño disfrazado de puerco en el capítulo de la Fiesta de disfraces. El director me explicó que ya no habían voces de niños, que lo único que quedaba era una niña. Xiomara rápidamente dijo: “Maikel te lo hace, este niño es un fenómeno”.  Gracias a ella me quedé con el personaje de Iti, una niña rubia e intelectual de lo más graciosa. Lo otro que fue gracioso es que me llamó a los pocos días y me comentó, riéndose: “¡Tu personaje sale en varios capítulos y el que yo hice solo en uno!”. Nos reíamos de cualquier cosa. Eso también me lo enseñó: a reírme sin parar. Más de una vez he dicho que trato de vivir la vida con alegría infantil y estoy seguro de que esa máxima la aprendí de ella.

Era impredecible, en ocasiones te salía con lo que menos esperabas. Muchas veces nos pusimos bravos, pero no duraba mucho, porque ella me llamaba y como si no hubiese pasado nada, me decía: “Güiro, tengo harina para hacer tacos mexicanos”, y para allá iba a comer lo que más nos gustaba. Cierro los ojos y la recuerdo en Navidad, cuando me preparó uno de esos almuerzos exquisitos y me recibió en la puerta disfrazada con un gorro y una barba de Santa Claus.

El regalo más reciente que me hizo fue presentar mis libros de Selvi Ediciones en la Feria del Libro. Fueron palabras tan lindas... Al final le di un beso y un abrazo, y ella siempre con chistes y risas me reafirmó que me quería mucho. Después de la operación me llamó desde el celular y me pidió que más adelante hiciéramos unos tacos juntos. Ese almuerzo quedó pendiente, como muchas cosas de las que nos damos cuenta, irremediablemente, después de las pérdidas. Aún no estoy preparado para describir qué siento cuando hablo de Xiomara Palacio como un ser que físicamente ya no está presente. Pero me queda el aliento de que si estuviera frente a mí, volvería a decirme: “No llores Güirito, lo mejor está siempre por llegar”. Por eso seco las lágrimas y trato de seguir el camino con la misma alegría infantil que me enseñara la viejita, o la Necia, como le gustaba que le dijera.

Para ti, mamucha, estarán siempre todos los cantos de los pájaros del monte, aquellos de los que invertías siempre sus procedencias en las funciones de Con ropa de domingo, y decías con tu naturalidad y  vis cómica: ¡De Pinar del Río llegó un ruiseñor al que le decían El Jilguero del Escambray!