NO!art en Bellas Artes

En 1959, acompañado por su colega y amigo Rocco Armento, el pintor norteamericano de origen ruso Boris Lurie visitó La Habana. Ese mismo año, junto con Sam Goodman, exponente cimero del expresionismo abstracto, y el poeta, artista y escritor Stanley Fisher, editor de la revista Beat Coast East, Lurie fundó el March Group, colectivo de artistas visuales que posteriormente seria rebautizado como Movimiento NO!art, al que terminaron ingresando Allan Kaprow, Erró, Wolf Vostell, Yayoi Kusama y Jean-Jacques Lebel, entre otras figuras cimeras del arte posmoderno. 

El pasado viernes, nueve años después de su fallecimiento, Lurie regresó a la capital cubana gracias a una exposición organizada por la Boris Lurie Art Fundation (BLAT) de Nueva York. Se trata de la primera muestra de su tipo en Latinoamérica, lo cual redunda en su significación e importancia, y podrá ser apreciada hasta el próximo diecinueve de noviembre en las salas transitorias del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), Edificio de Arte Universal.


Museo de Bellas Artes. Edificio de Arte Universal
Foto: Maité Fernández
 

Con curaduría de Joan Guaita, coordinación curatorial de Carlos Fernández y dirección de Jorge Fernández, Boris Lurie en La Habana constituye una oportunidad idónea para entrar en contacto con la vida y la obra un artista radical que sobrevivió a los campos de concentración nazi, emigró a los Estados Unidos en 1946, se instaló en Nueva York e inició allí un fructífero trabajo que atacó de manera frontal a la institución arte y el mercado de bienes simbólicos. La palabra NO, escrita siempre en mayúsculas y acompañada por un signo de exclamación, fue su mantra y escudo personal, esgrimidos contra un concepto de obra de arte determinado por las leyes de la oferta y la demanda.

La exposición incluye tres núcleos temáticos desarrollados por su irreverente protagonista durante los años cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo. El primero ilustra los presupuestos estéticos del NO!art, concebidos para atacar al arte excesivamente mercantilizado, la industria del consumo y el american way of life. El artista sobrescribe su contundente negación en advertisements, posters, fotografías, discos de vinilo editados por la compañía RCA Víctor y fragmentos de linóleo, los recorta en pedazos de esténcil, papel de uso cotidiano y publicaciones seriadas, o los dibuja con lápiz labial, pigmentos y barnices en un gesto que desnuda las dinámicas consumistas de una sociedad permeada por un mercantilismo brutal en franco crecimiento tras los acontecimientos que sellaron el fin de la Segunda Guerra Mundial. En este apartado catalogan las NO Sculptures (también llamadas Shit Sculptures), montañas de yeso policromado que echan por tierra siglos de tradición escultórica al tiempo que nos hacen reflexionar sobre los límites y la operatibilidad de los objetos-obra de arte, así como de los procesos de legitimación que los catapultan a dicho status.   

El segundo núcleo aborda la figura humana desde dos vertientes fundamentales: la serie Altered Man (Cabot Lodge), conjunto de retratos expresionistas dedicados a Henry Cabot Lodge Jr., senador republicano de los Estados Unidos que, entre otros cargos políticos, ejerció como embajador en Vietnam del Sur de 1965 a 1968, en plena Guerra de Vietnam;  y un extenso conjunto de collages que parten de las pin-up girls para abordar la forma en que la sociedad patriarcal segmenta y convierte al cuerpo femenino en un objeto de consumo al alcance de una llamada telefónica o una imagen fotográfica. Dicho grupo de collages, protagonizados por muchachas en poses eróticas y sexuales, dedos masculinos que hurgan en la anatomía femenina, personajes inmersos en escenas sadomasoquistas y sensuales bocas dispuestas para el goce masculino, hacen de Laurie un verdadero precursor del arte con enfoque de género en un contexto sacudido por la Segunda Ola Feminista, que abarcó las décadas del sesenta y setenta.

A este apartado se suman piezas de carácter expresionista o tema político que reflejan acontecimientos significativos del período que a Lurie le tocó vivir. Entre esas obras cuentan las pinturas en blanco y negro ejecutadas en 1957, y la significativa Lumumba is Dead (Adieu Amérique), dedicada al líder congolés Patricio Lumumba, asesinado en 1961 por fuerzas de la CIA.     

El tercer núcleo está dedicado a reflejar las devastadoras consecuencias del antisemitismo y de la emigración, dos flagelos que afectaron al propio artista en edades muy tempranas. Las Estrellas de David pintadas de amarillo (símbolo empleado con fines segregacionistas y discriminatorios por los nazis) o fundidas en concreto y atravesadas por un cuchillo, dan cuenta de los horrores de un Holocausto que Lurie denunció con fuerza e insistencia.

A su vez, las maletas anti-pop, intervenidas con óleos y telas, remiten al viaje y al desarraigo, pero también a la memoria personal y colectiva, al conjunto de saberes y al soporte material mínimo e indispensable que el emigrante lleva consigo cuando debe abandonar su tierra natal en busca de nuevas latitudes. Precisamente con estas maletas abre la muestra, indicándonos que Boris Lurie en La Habana es, ante todo, un viaje al interior del vasto universo creativo de un hombre que, más allá del mercado, de la asimilación del proyecto vanguardista por los presupuestos academicistas, y del valor intrínseco (económico y simbólico) del objeto artístico, vio en el arte una forma de expresión sincera y veraz, una plataforma ideal para la libre expresión, el reclamo y la memorabilia.

 

Asimismo, la muestra destaca por su actualidad. En un mundo sacudido por múltiples formas de violencia física y simbólica hacia niñas y mujeres, por el trasiego de cuerpos en función de un mercado sexual que genera ganancias millonarias sin reparar en las consecuencias, por el ascenso de grupos neonazis que enarbolan la supremacía aria, por presidentes de grandes potencias que proclaman la tolerancia cero hacia el inmigrante o promueven la construcción de muros entre naciones, la obra de Lurie adquiere una palpable vigencia al devenir espejo que muestra el rostro de un mundo al borde de un nuevo conflicto nuclear, sacudido por guerras que promueven el terrorismo y el armamentismo, escandalizado ante la muerte de decenas de jóvenes negros a manos de policías norteamericanos, herido por los miles de feminicidios que se cometen cada año, preocupado por el incierto destino de tantos emigrantes que diariamente atraviesan fronteras en busca de nuevas esperanzas, obnubilado por las delicias de una producción simbólica híper light, vacua, estéril y hedonista.

Hoy, los fantasmas que décadas atrás retrató Boris Lurie pululan libremente a nuestro alrededor. Él, que quiso hacer arte con la vida misma y, en consecuencia, tomó pedazos de la vida para construir sus composiciones, los hubiera encerrado en nuevas maletas, esculturas y pinturas que develasen su constante presencia, sus horrores y consecuencias. Estamos, pues, ante un artista visionario cuyo trabajo se resiste a morir y gana protagonismo con cada acto de violencia que estremece el eje del planeta, sacude la opinión mundial e invade las redes sociales. En este sentido, el NO!art, la herencia estética de Lurie, tiene aun mucho que decir; por consiguiente, exponerla en Bellas Artes, más que justificable, es un hecho plausible, útil y necesario.