Negro, mexicano, somalí… da lo mismo

Una mano invisible se las arregla para exponer en una de las salas del Museo de Historia y Cultura Afroamericanas de Washington una soga que recuerda los linchamientos a los negros.

En un colegio tejano, la maestra, al repartir los premios de fin de curso, expide, a Lizeth Villanueva, una chica de origen mexicano, un certificado como la “mejor candidata a convertirse en terrorista”.

A las puertas de un centro escolar que reúne en Minnesota a la mayoría de los refugiados somalíes de ese estado, alguien pinta un grafiti que rezaba “Vuelvan a África”, para apoyar el lema presidencial de hacer a (Norte) América grande de nuevo.


“Si se le pregunta, dirá que el racismo en Estados Unidos no existe”.
 

Nada de esto es historia antigua, ha sucedido en el plazo que media de la elección presidencial de Donald Trump hasta la fecha. Si se le pregunta, dirá que el racismo en Estados Unidos no existe. Exhibirá la piel oscura de Ben Carson, su secretario de Vivienda y Urbanismo; hará visible la mexicanidad de la tesorera Jovita Carranza tal vez por encima del secretario de Trabajo, Alex Acosta, que a fin de cuentas viene de la camada cubana que lo arropó en Miami cuando el 16 de junio regresó la política contra la isla a los tiempos de la Guerra Fría, y dirá que los somalíes no tienen de qué quejarse, pues en la Cámara de Representantes ocupa un puesto Ilhan Omar, cuyo origen se sitúa en el convulsionado país del cuerno africano.

Antes de Trump, debo admitirlo, tanto las persistentes manifestaciones de racismo, como la falsa percepción de que negros, latinos y africanos en suelo norteamericano eran bien vistos, exitosos y respetados, corroían la trama social de la nación. Ni la proclamación de Obama como primer presidente negro de la Unión, ni la ascensión social y económica de empresarios, artistas y políticos afrodescendientes ocultó cómo en el mandato gubernamental precedente ni la violencia racial, ni los asesinatos de negros a manos de la policía, ni las enormes carencias padecidas por la comunidad negra, ni la islamofobia, ni los desequilibrios que afectan a los latinos, dejaron de incrementarse.

Datos aportados por un estudio del Southern Poverty Law Center revelan que el número de los llamados grupos de odio pasó de 784 a 917 entre 2014 y 2016; mientras las organizaciones afiliadas al Ku Klux Klan crecieron de 72 a 130 en el mismo período.

Lo que sucede es que Trump, desde la campaña por escalar a la Casa Blanca, ha sumado ingredientes, con su discurso errático y las órdenes ejecutivas antiinmigrantes, al caldo de cultivo del racismo.

No es de extrañar entonces que en la casa de la estrella del baloncesto Lebron James aparezca pintado un calificativo denigrante, ni que una empleada de la cadena Wallmart la emprenda a insultos contra una mexicana en Arkansas, o que dos ciudadanos sean asesinados en un tren suburbano en Portland por defender a dos muchachas, una árabe y otra negra, de la agresión por parte de un supremacista.