Nada de mezclas

Hungría busca trabajadores extranjeros, pero blancos y cristianos

El Gobierno solo quiere personas con valores "culturales e históricos" similares a los húngaros para cubrir el déficit de empleados cualificados

MARÍA R. SAHUQUILLO - Budapest (Enviada especial)

4 OCT 2016 - 07:19    CEST

Informáticos, ingenieros de telecomunicaciones, técnicos de automotor… Pueden encontrar una oportunidad laboral en Hungría. El país centroeuropeo busca personal extranjero para paliar el déficit de trabajadores cualificados para algunas profesiones. Eso sí, no vale cualquier extranjero. El Gobierno, que habló de más de 50.000 empleos a cubrir en el sector privado, quiere personas que compartan los valores culturales de los húngaros. Es decir, abstenerse refugiados o inmigrantes no cristianos, por ejemplo.

Es un esfuerzo más para mantener la homogeneidad de la sociedad húngara. Un espíritu que Dorottya F., capataz en una empresa de limpieza de oficinas, comparte por completo. “Para qué vamos a contratar personas que sean diferentes a nosotros, que no sepamos de dónde vienen y con los que no tenemos nada en común ni podemos entendernos”, dice resuelta la mujer, de 51 años. También en su empresa hacía falta personal, pero lo han cubierto con media docena de trabajadoras de la minoría magiar de Rumania y tres procedentes de Ucrania.

La emigración que sucedió a la entrada de Hungría en la UE, en 2004, creó un gran agujero. Y se ha agrandado en los últimos años: desde 2010, entre 350.000 y 500.000 personas —la mayoría jóvenes— han salido del país en busca de oportunidades laborales con un mejor salario que los 580 euros netos que se ganan, de media, en su país. Las regiones más afectadas, explica el presidente de la Confederación Empresarial húngara, son la central y Transdanubia, al oeste del Danubio. Pero en todo el país, que tiene menos de un 6% de desempleo (bajo, pero logrado mediante contrataciones obligatorias de personal en puestos con sueldo por debajo del mínimo, por ejemplo), hay en marcha programas de reclutamiento.

Hace un par de semanas, el ministro de Economía húngaro, Mihaly Varga, reconoció el problema laboral, pero reclamó que solo debería permitirse que los extranjeros con similitudes “culturales e históricas” a los húngaros ocupasen esos puestos. Es el mensaje constante del Gobierno, que recalca que debe preservarse la “identidad” y los “valores cristianos” de Hungría, un país que objetó el sistema de acogida de refugiados acordado en la UE, y que no ha recibido a ninguno de los 1.200 asilados que le corresponden según ese modelo (menos del 0,02% de su población).

Varga no aclaró que similitudes. Puede que la veintena de trabajadores mexicanos que desembarcó hace unos meses en Szügy para trabajar como técnicos en una fábrica de piezas para automóviles las tuvieran. Pero en el pueblo de 1.300 habitantes cerca de Eslovaquia, se les acogió con reticencias. Los vecinos pensaron que eran un grupo de refugiados y les evitaban. Desconfiaban de ellos porque no frecuentaban el bar. Y fueron sospechosos hasta que una joven del pueblo, que hablaba un poco de español, descubrió que eran mexicanos. La cosa cambió, y la taberna local terminó incluso organizando varias veladas para ver la Copa de América. Ahora a los mexicanos les ha sustituido un grupo de rusos de Tatarstan.

El ejemplo de los técnicos latinoamericanos ilustra la percepción de los extranjeros en Hungría, un país poco acostumbrado a la inmigración: solo el 1,2% de su población ha nacido fuera, y solo el 0,6% lo ha hecho fuera de la UE; uno de los porcentajes más bajos del club comunitario. El país, además, no es atractivo para muchos extranjeros debido a sus bajos sueldos: el mínimo de una persona con secundaria, por ejemplo, no supera los 520 euros netos al mes. En parte debido a ello, programas como el emprendido el Gobierno húngaro para rescatar a jóvenes que habían migrado resultó tal fracaso que tuvo que suspenderse. Tras gastar más de 400.000 euros de dinero público en la campaña, las autoridades solo lograron emplear a 105 jóvenes en un año. Ellos sí cumplían el requisito de la similitud histórica y cultural.

PERMISOS DE RESIDENCIA PARA LOS RICOS

Mientras que, por un lado, el primer ministro húngaro, Víktor Orbán, habla de cerrar fronteras y de una política de inmigración “cero”, por el otro pone la alfombra roja para cierto tipo de extranjeros no comunitarios. Quienes inviertan 300.000 euros en un programa especial de deuda pública pueden obtener un permiso que les posibilita permanecer 90 días en Hungría u otros países del territorio Schengen, también a sus familias o personas dependientes. Un programa que ha proporcionado ya más de 3.600 de estos permisos en tres años, según Politico.

Y no es la única fórmula para entrar en Hungría, y de ahí al resto de países Schengen. Otro plan permite a las empresas comprar bonos por un valor de 50.000 para obtener permisos de residencia para sus empleados y sus familias. Ya se han proporcionado casi 10.000. “Es una de las mayores contradicciones en la política del Gobierno, que utiliza los refugiados para hacer campaña política pero que si se trata sobre dinero no encuentra tan importantes estos principios de los que siempre habla”, critica Andras Biro-Nagy, codirector del think tank Policy Solutions.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/10/03/actualidad/1475515272_383054.html