Mujeres pensantes

No podía estar esperando por Miriam toda una vida (creo que continuaba su romance juvenil con aquel infame shortstop de Los Arroceros), así que me marché a vivir con la princesa Shikishi, hija del emperador Go-Shirakawa, un poco mayor, pero que en la primera noche en su casa ya me demostró cuanto valía, sobre todo cuanto valía como mujer pensante.

Serían un poco más de las tres cuando despertó. Una pálida luna atravesaba la pared, dibujando hojas de loto en el piso de fibras de bambú.

—He hecho un gran descubrimiento.
—¿Otro más?
—Otro más.

Esa misma tarde habíamos estado conversando los dos sobre su idea de una máquina para ayudar a los ciegos a vestirse. No se necesitaba, según el plano que me mostró Shikishi, más que de un maniquí, dos almohadas, cinco o seis varillas de plástico, cuatro metros de nailon de pescar, y un motor eléctrico pequeño (uno mayor podría lanzar a los ciegos por los aires).

Lo de esta madrugada no tenía nada que ver con el vestidor mecánico para ciegos que produciríamos y le venderíamos a la Sociedad de Ciegos y Débiles Visuales.

—Siempre hay cosas nuevas esperando por ti. Solo tienes que pensar.

Arrimé la cabeza a su hombro frío, arrugadísimo, japonés, y dos minutos después soplé en su oído, diciéndole que estaba listo.

—He pensando un cuento.
—¿Un cuento?

—Un cuento breve, que son los cuentos que verdaderamente revelan la inteligencia de su autor. Se llama «Me has robado miserablemente el corazón», y dice así: «Querida, desde que te fuiste no puedo pegar un ojo en las noches. Por favor, al menos devuélveme la cama». Ja, ja.

¿Era un buen cuento corto? Creo que sí. Se lo enseñaría a la menor oportunidad a mi excuñado Esteban, para recomerle los hígados. Ya lo había visto replegarse derrotado ante mis exitosos textos «Mientras llega el samurái» y «Encrucijada con pargos».

No se rio Shikishi lo que yo esperaba con «Me has robado miserablemente el corazón», ah, ese enigmático mundo japonés, pero metió su brazo bajo mi hombro, palanqueó con sus doscientas diez libras de peso y me volvió. En su biografía infantil debían haber al menos unos cuantos meses de práctica de judo.

—¿Qué has pensado tú? Anda.

Entonces sí se rió. Volvió a voltearme. Sus tetas escaparon del kimono floreado.

Y al día siguiente, bajo su fiscalización, comencé en el curso «Lenguaje corporal canino» que organizaría un amigo suyo, veterinario retirado, un viejo tartamudo a quien invitaban a cada rato a la radio local para hablar de las mascotas, de su cuidado, de sus sentimientos. Según él, las mascotas son seres casi humanos.

En los primeros días, graduado ya del curso «Lenguaje corporal canino», solo tuve dos clientes, uno de ellos fue un primo del buzo Calavera. Una consulta dilatada, sus preguntas giraron más hacia lo que se puede llamar un perro de vigilancia, y me hizo temer que me viera involucrado como cómplice en alguna fechoría, pero hasta hoy no ha ocurrido nada. El otro cliente se sintió tan agradecido que me llamó incluso doctor.

—Doctor, usted debiera colocar esa placa (se refería eufemísticamente al cartel con el letrero «Si quiere conversar con su can, yo soy la solución. De 2 a 6 pm, excepto los domingos») en un lugar visible. O hacer el servicio ambulante, como los amoladores de tijeras.

A Shikishi le pareció brillante la sugerencia. La prueba de que todo iría bien estaba en ese «doctor», señal de respeto, de aprecio por una profesión tan necesaria.

Shikishi me ayudó con parte de sus ingresos, en préstamo, claro. Un puñado de yenes. Compró una bicicleta, una sombrilla playera, y amarró ella misma, dando un tirón fuerte a la soga, el cartel al manubrio.

Hice esa mañana soleada y tranquila mi debut. Bajé por toda Agramonte y subí por Avenida Bandera Roja (es su nombre actual, y casi nadie, excepto yo, se refiere a ella así). Llegando a Libertad me detuvo una mujer.

—Escuché en la radio que usted se dedica a la traducción perruna.
—¿Cuando lo escuchó?
—Esta mañana. Un anuncio muy lindo, con un perrito ladrando de fondo.

Evidentemente Shikishi había sido la de esa idea, sin consultarlo siquiera conmigo.

Le dije que sí a la señora, que me dedicaba a esa noble profesión de la comunicación zoológica. Y el perrito que llevaba ella bajo el brazo, un grifón belga, con barba y bigotes, me clavó una mirada que contenía par de párrafos de texto canino, encabezado este por una oración que no requería segundas partes. «Esta vieja tira peos quiere que coma puré de chíncharos y luego salte de alegría como si me hubiera zampado un bistec vacuno».

No le dije eso a la vieja, por supuesto.

—Quiero que usted le diga a este cabrón que mi hermana murió, ya nadie me manda remesas desde Argentina y se acabó el picadillo, que o se come lo que le pongo en el plato o lo arrojaré desde el balcón o le daré par de raciones de vidrio molido.

Tomó aire. Creyó que se trataría de una traducción simultánea. Le hice una seña de que podía seguir.

—Sé que fue él quien mordisqueó mi pan ayer y luego lo empujó hasta el cubo del agua. Si lo hace otra vez le cortaré una oreja y la freiré y se la echaré a los gatos.

Iba a empezar a traducir, pero recordé la alerta de Shikishi.

—Cobro por adelantado, señora. Hay perros que se disgustan, reaccionan de manera violenta y se arma el corre corre y pierdo. Usted me entiende…

Guardé los diez pesos en el bolsillo. Hice unos movimientos con los dedos ante la carita traviesa de Cuqui (no les había dicho que se llamaba Cuqui el desgraciado) y tomé las manos de la señora.

—Letra por letra. Traducción literal. Hará caso. La ama tanto a usted que se moriría antes de darle un disgusto más…

La vieja asintió feliz y agradecida.

Me despedí de Cuqui. «Muérdela tan pronto tengas la oportunidad».

Reacomodé la sombrilla. Seguí pedaleando. Subí por una calle paralela a Agramonte. Al llegar a tercera zafé el cartel del manubrio y lo tiré por encima de una tapia. Paré en la pizzería de las hermanas Nubia, me bajé y les pedí una pizza de jamón, de quince pesos.

—Oí en la radio que te has anunciado como traductor de perros.
—Vaya, vaya, te lo tenías bien guardado.

La menor de las Nubia había estado enamorada de mí años atrás, antes de yo cometer el error de casarme con Miriam. Era preferible ella a Shikishi, al menos no tenía sus años y su manera japonesa de pensar.

—Los perros son unos hijos de puta.
—Aprenden con nosotros, ¿no?

Las dos se echaron a reír, a coro, con esas caritas suyas de negociantas modernas, de estafadoras. Tan feas, tan caninas.

 

Tomado de La letra del escriba

 

FICHA
Félix Sánchez Rodríguez (Ceballos, Ciego de Ávila, 1955). Narrador, escritor para niños, ensayista e investigador. Ha publicado, entre otros, los libros de cuento: La llave pública (1991, Premio Roque Dalton), El corrector de estatuas (1999, Premio Eliseo Diego), Los huéspedes deben llegar temprano (2006, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2005), además de novelas y poesía. Con su cuento “Los confines de la muerte” recibió el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en el 2010.