Mirta Muñiz: intersticios de la memoria

Pocas veces conviven en una persona tantas pasiones. Aún menos si llevan el signo irreductible de un acontecimiento primicial, definitivo, que bordea el riesgo de los empeños fundacionales. En Mirta Muñiz se ha dado esa concurrencia. Un itinerario múltiple de referentes, inquietudes creativas y talento, definió vínculos entre su extensa trayectoria y el devenir de la publicidad, la propaganda, la radio y la televisión en Cuba; también del teatro, donde subyace para ella un anhelo largamente postergado, como suele ocurrir en ocasiones con los afectos más entrañables.

foto de Mirta Muñiz
Foto: Claudia Ruiz Lorenzo.


No es fortuito que casi nueve décadas de vida revelen, entonces, un genuino interés por la comunicación. Ni que hayan transitado entre lo ecléctico y la búsqueda de una mirada personal en las formas expresivas a su alcance. Pero esa voluntad de diálogo —que bien se podría considerar una hibridez de indagaciones y descubrimientos— sí tiene su génesis en circunstancias imprevistas que, contra todo pronóstico, trazaron una ruta a seguir.

“Mi inicio en la publicidad fue accidental. Antes de 1959, las mujeres en Cuba teníamos muy pocas opciones profesionales a las que acceder. Había llenado una planilla para ocupar una plaza en la tienda Sears y me ubicaron como secretaria en el departamento de publicidad. Luego empecé a trabajar en una pequeña agencia, Mario Rivas y Compañía; y después en McCann-Erickson. Tanto ahí como en Sears aprendí muchísimo, pues recibía cierto entrenamiento y podía acceder a conocimientos sobre las técnicas publicitarias.

“De cierta forma, me fui relacionando con la profesión. No estudié en la universidad y tampoco tuve una formación académica en ese terreno. Todo lo que sé, lo aprendí en la vida, principalmente con personas muy generosas, que estuvieron dispuestas a enseñarme”.


Sesión de trabajo en la oficina de diseño de la agencia de publicidad MaCann-Erickson
junto al director de arte José Luis Rivera y el diseñador Glyn Jones. Foto: Cortesía de la entrevistada.


En ese proceso de interrelaciones, Mirta Muñiz llegó a ser protagonista de un paisaje social en constante cambio. A inicios de los 60, participó en la intervención de todas las agencias de publicidad en el país, algunas por abandono de los dueños, y otras por la nacionalización de empresas norteamericanas, que en ciertos casos contaban con departamentos publicitarios. Como otras tantas veces en su trayectoria —según reconoce—, se convirtió en testigo de una época compleja y del aprendizaje que implica cualquier afán de transformación.

La técnica no tiene ideología, sino el hombre que la usa. Y la publicidad es más conocida por la utilización espuria que se ha hecho de ella”.

“Cuando empezó el bloqueo contra Cuba, comenzaron a faltar los productos; la demanda era superior a la oferta, por lo que se entendió que la publicidad no era necesaria y fue eliminada casi en su totalidad. Desaparecieron la escuela y las agencias publicitarias, y los publicistas prácticamente tuvimos que dedicarnos al periodismo para sobrevivir.

“Lo más difícil fue que los dirigentes entendieran que la publicidad no es un instrumento exclusivo del capitalismo, una idea que perdura en mucha gente, a veces por desconocimiento. Siempre digo que la técnica no tiene ideología, sino el hombre que la usa. Y la publicidad es más conocida por la utilización espuria que se ha hecho de ella”.

Durante esos años emergió, sin embargo, una certeza que Mirta plantea en su libro Mi profesión a debate y que sugiere una aspiración inconclusa en el contexto cubano actual: la publicidad puede aplicarse para promover un consumo racional de productos y servicios en una sociedad socialista.

“Fidel dijo en la ONU que íbamos a erradicar en un año el analfabetismo en nuestro país, una tarea gigantesca que, debo confesarte, me parecía imposible. No obstante, con la Campaña de Alfabetización en 1961 aprendimos la importancia de dominar técnicas específicas para contribuir al mejoramiento de la sociedad y del ser humano. Todavía hoy, cuando veo las imágenes de los miles de muchachos que se trasladaron al campo a alfabetizar, me asombro de lo que fue capaz de hacer la publicidad de bien público.

“No era fácil que los padres autorizaran a sus hijos a salir de sus casas durante un tiempo prolongado; hubo que realizar todo un trabajo de concientización y movilización... Con los conocimientos que teníamos, fuimos capaces de investigar cuáles eran los problemas que se presentaban con los muchachos, con los padres, con los analfabetos —porque había muchos que no se querían alfabetizar—. Se diseñó un uniforme y un símbolo, se escribió un himno y comenzaron a publicarse en los periódicos unas historietas fotográficas que describían la vida de los brigadistas en las montañas; además, hubo un espíritu de avance, de participación y colectividad, que también ayudó muchísimo”.

Para Mirta, quien dirigió la estrategia comunicativa enfocada en las Brigadas Conrado Benítez, este acontecimiento se convirtió igualmente en una oportunidad que le permitió acercarse a la realidad del país y advertir un entramado diverso de posibilidades en el ejercicio de su profesión en Cuba.

En este momento, por ejemplo, creo que existe una superficialidad evidente en el uso de la bandera. No podemos desvalorizar nuestros símbolos; la cubanía se expresa en muchas otras cosas: el lenguaje, la música, el modo de ser…

“Comprendimos que la publicidad, y la comunicación en general, podían utilizarse para que las personas entendieran cuál era su papel en la nueva sociedad. Así conseguimos movilizar todas las fuerzas necesarias en función de un objetivo. Fue un descubrimiento muy hermoso de lo que se puede lograr, nada más que con ganas de hacer y aplicando una técnica adecuada”.

Qué debe distinguir entonces a una propaganda y una publicidad genuinamente cubanas, es una interrogante que ella prefiere abordar desde lo autóctono. El primer elemento —señala— es que sean verídicas. “No se debe vender ninguna idea que no sea cierta. Siempre hay que tratar de decir la verdad y, sobre todo, evitar el facilismo”.

“En este momento, por ejemplo, creo que existe una superficialidad evidente en el uso de la bandera. No podemos desvalorizar nuestros símbolos; la cubanía se expresa en muchas otras cosas: el lenguaje, la música, el modo de ser… Tenemos que mostrar a nuestra gente tal como es, y buscar siempre el elemento creativo que nos permita llegar al destinatario, sin acudir a patrones extranjeros”.


I

Una fotografía del año 1950 devela un hecho sin precedentes en la América insular: las conversaciones propiciadas por Gaspar Pumarejo para adquirir los primeros equipos de televisión en Cuba. Junto a los dirigentes de la RCA Victor y sus representantes, Humara y Lastra, la imagen nos muestra a Mirta Muñiz durante los intercambios que se desarrollaron en La Habana, y en los cuales participó como traductora.


Foto: Cortesía de la entrevistada.


“Las transmisiones a través de Unión Radio Televisión empezaron en la casa de Pumarejo, ubicada en Mazón y San Miguel. Se hizo un estudio en el comedor, otro en el jardín, y se utilizó la cocina para Nitza Villapol. Como las personas no tenían televisores en sus casas, propuse ubicarlos en las vidrieras de las tiendas —que al final era donde los iban a comprar— y que permanecieran encendidos. Fue un éxito tremendo.

“Dos meses después, el 18 de diciembre de 1950, salió CMQ Televisión. El combate estaba en las pantallas. Goar Mestre había concebido una programación más enfocada en lo dramático; pero Unión Radio tenía algo muy llamativo: las transmisiones de la pelota con dos grandes narradores, Pedro Ramírez y René Molina. Así nació la televisión, que desde el principio mostró su vocación de cubanía. No queríamos copiar a los norteamericanos, sino hacer nuestros propios programas. Esa fue una de las cosas más valiosas que tuvo”.

Al referirse a su vínculo con el medio televisivo —donde dirigió el Departamento de Divulgación del entonces Instituto Cubano de Radiodifusión, así como la programación infantil y dramática—, Mirta asegura en Mi profesión a debate: “Muchos de sus fundadores somos más críticos que la mayoría de los televidentes, quizás porque tenemos cierta añoranza de sus inicios”.

En su opinión, ni todo lo bueno se hizo antes, ni todo lo malo se hace ahora; pero advierte que existen desafíos en los cuales es impostergable trabajar. Y una de las principales deficiencias apunta, precisamente, a las campañas de bien público.

“Antes de concebir una campaña, se supone que tenga lugar un proceso de investigación. Pero, ¿se hace en todos los casos? Yo creo que no. Aunque muchos departamentos realizan sus investigaciones, la mayoría de las veces estas van a parar a la gaveta de un buró, no se toman en cuenta sus resultados. Además, hay mucho capricho, y las cosas no deben hacerse para complacer a una persona en particular, sino en función del público al cual están destinadas.

No solo se trata de si la gente investiga o no. Es fundamental preguntarse si aplican lo que investigan y si se los dejan aplicar. La mentalidad del que crea, pero también del que dirige, es importante. Hay que profundizar el trabajo en esa dirección.

“Casi siempre hago una anécdota que me recuerda mi labor al frente del taller de propaganda del Partido. En una ocasión, recibí un cartel de Muñoz Bachs para una campaña. No lo entendí, pero con el respeto que siempre tengo por los creadores, le pedí que lo dejara sobre mi mesa y me diera un tiempo para pensar. Esa tarde llegó mi hijo —quien entonces era un joven— con unos compañeros de estudio, y comenzaron a conversar y comentar sobre el cartel. Me di cuenta de que esa obra no estaba destinada a mí, sino a un público con un lenguaje e intereses distintos a los míos.

“No solo se trata de si la gente investiga o no. Es fundamental preguntarse si aplican lo que investigan y si se los dejan aplicar. La mentalidad del que crea, pero también del que dirige, es importante. Hay que profundizar el trabajo en esa dirección.

“Echo de menos, asimismo, una programación estable, donde exista un balance entre lo legítimo nacional y la cultura mundial. Antes, por ejemplo, había un espacio para la novela cubana y otro para los grandes clásicos de la literatura, en el cual se transmitieron obras como El rojo y el negro y Los hermanos Karamazov.

“Ahora prácticamente no se realizan producciones cubanas donde puedan trabajar nuestros actores. Algunos alegan que es debido a la escasez de recursos; pero me parece, en realidad, que faltan ganas de hacer. La creatividad y el talento son los recursos más importantes”.


II

Si la televisión representó para ella —como ha dicho en otras ocasiones— el inicio de un gran amor; la radio, por su parte, le reveló un universo hasta entonces insospechado. “Siendo muy joven iba con mi primo Eduardo Egea, un famoso actor de la radio y la televisión, a los programas en los que él participaba. Para mí fue un descubrimiento desde el punto de vista de la imaginación. Además, aprendí de compañeros muy valiosos”.

En la emisora CMQ, Mirta tuvo la posibilidad de conocer a Alejo Carpentier, quien en esa época escribía, musicalizaba y dirigía Los dramas de la guerra. “Me autorizó a permanecer en silencio en la cabina mientras se realizaba el programa; hasta que un día me preguntó cuál de las dos músicas que él había propuesto para una escena, me parecía mejor. Le dije, y seleccionó ese tema. Fue un aliento y una gentileza tremenda de su parte. A partir de ahí, me enseñó a marcar un libreto y otras cosas que eran fundamentales para alguien autodidacta como yo”.

Luego de esas primeras aproximaciones, se estrechó su relación profesional con este medio: escribía los comerciales para la transmisión de la pelota en Unión Radio, y empezó a dirigir desde programas musicales hasta la novela que se transmitía a las ocho de la noche. Fue articulando una sinergia de influencias y referentes en su quehacer profesional, al cual el teatro aportó, asimismo, diversas motivaciones creativas.

“Cuando se fundó Teatro Estudio, Raquel Revuelta, a quien conocía de Unión Radio, me propuso incorporarme al grupo. A la vez que colaboraba en la búsqueda de patrocinio y resolvía otras cuestiones organizativas, iba a las clases impartidas por su hermano Vicente.

“Como actriz, formé parte de varias obras de Teatro Estudio y del grupo Las Máscaras. Mi principal interés era dirigir, pero nunca se dio la oportunidad. En la televisión sí pude hacerlo, al codirigir, junto a Amaury Pérez García, el primer largometraje filmado para ese medio: la obra Yerma, que protagonizaron Consuelo Vidal, Sergio Corrieri y Edwin Fernández. Aun así, el teatro fue una experiencia increíble, porque el contacto con el público, el intercambio actor-espectador, resulta muy sugerente. La escena teatral es un espacio enriquecedor y todavía me sigue interesando”.


Mirta Muñiz recibió el Premio Honorífico de Gestión del Diseño en la clausura de la XIV Semana del Diseño en Cuba. Foto: ONDi.


Desde la voluntad por definir un camino propio, sus vínculos con el ámbito de la comunicación también nos remiten permanentemente a una zona de vivencias perdurables, de las cuales forman parte, además, su labor al frente de reconocidas publicaciones como la revista Tricontinental de la OSPAAAL, la autoría y edición de más de una decena de volúmenes, y los esfuerzos que dedicó al surgimiento de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales y de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

“Siempre disfruté todo lo que hice; y, en ese sentido, pienso que participé con intensidad de la época que me tocó vivir”, asegura. “Solo quisiera tener más fuerzas para incorporarme a lo que es necesario hacer hoy y contribuir a cimentar lo que hemos logrado”.

 

Publicado en el número 2 de la revista cubana de diseño La Tiza, presentada durante la XIV Semana del Diseño.