Mirta Aguirre: la armadura y el terciopelo

Si le preguntas a alguien que no la conoció, las respuestas pueden ser muy variadas: para un funcionario retirado, fue una comunista ejemplar; para un investigador literario, una poeta de sensibilidad extrema; para un joven y polémico artista, una dogmática a cuyas vida y obra jamás se acercaría porque ha escuchado decir que fue defensora de un “fantasma del pasado”: el realismo socialista.

La doctora Aguirre puede ser muchas Mirtas para muchas personas, pues sobre ella se han tejido mitos, leyendas, opiniones...Los más jóvenes tal vez recordemos algunos de sus poemas en el libro de lectura de nuestros primeros pasos por la enseñanza o —los que tuvimos la oportunidad de vivir nuestra niñez libre de reguetón— algunas de sus obras musicalizadas por Gisela Hernández.
 

Mirta Aguirre cumplía, a veces a costa de su propia
tranquilidad espiritual, pero no de una manera acrítica

 

Ha dejado para las letras cubanas muchos tesoros: Del encausto a la sangre; Juegos y otros poemas; sus ensayos sobre el Quijote y las Novelas ejemplares; sus estudios sobre la lírica castellana de los Siglos de Oro; su poemario Presencia interior. Pero tanto o más importante que esto, su labor como profesora, que ayudó a formar a un grupo de sólidos intelectuales que hoy son parte imprescindible de nuestro panorama cultural. En este trabajo son entrevistados tres de ellos, que recuerdan a una doctora auténtica.

Olivia Miranda (OM), profesora y ensayista, relata su primer tropiezo con la catedrática recta y exigente a la que muchos le tenían pánico y cuya sola presencia inspiraba respeto:

OM: Mi primer encontronazo fue una llegada tarde, porque después del turno de quince minutos todo el mundo se iba a tomar café —era una cafetera y fumadora tremenda. Preguntó y nosotros explicamos dónde estábamos, y su respuesta fue: “¿Quién les dijo a ustedes que podían tomar café en horario de clases?” Otras veces le decíamos: “Doctora, le vamos a guardar un turno en el café”, y respondía: “no guarden turno, yo no voy a llegar tarde a clases”. Tenía una sensibilidad enorme, pero precisamente por eso se defendía con un carácter muy firme. También vino de la lucha clandestina cuando era casi adolescente, por eso se había formado con dureza.

Sin embargo, la rectitud de Mirta, que hoy, desde las nuevas tendencias pedagógicas, se pudiera igualar a un método de enseñanza escolástico, distaba mucho de ello, como expresa la ensayista y profesora Denia García Ronda (DGR), otra de sus aventajadas discípulas:

DGR: Era una profesora con un método muy particular de enseñanza; eso era bastante común en el período en que estudié. Los profesores, y especialmente Mirta, no solo trasmitían el conocimiento: nos hacían a los estudiantes tener nuestra propia visión de los libros y las etapas que estábamos analizando.

Nos exigía trabajar muchísimo. Era muy rigurosa no solamente en cuanto al conocimiento, sino en cuanto a nuestras actitudes como estudiantes: no soportaba que llegáramos tarde, cerraba la puerta y la podían tumbar, pero no abría. Sin embargo, podía quedarse hasta tarde si alguien tenía dudas. Algunos la acusaban de historicista, pero no era cierto, pues no se trataba de aplicar metodologías y didácticas a la enseñanza sino su propio conocimiento, mas esa didáctica era personal porque nos hacía llegar por nosotros mismos. Por ejemplo, sus exámenes podían ser ´la muerte en el Arcipreste de Hita´, y ahí te podías meter ocho horas. No buscaba no una comprobación de lectura, sino cómo leíste el texto.

Un eminente ensayista, Enrique Saínz (ES), también discípulo y luego subordinado, habla de la Mirta jefa, que podía ser impredecible; una comunista convencida, y una mujer de tanta cultura y humanidad que no dejaba margen para las injusticias:

ES: Era difícil cuando le ibas a llevar un problema porque no sabías cómo iba a reaccionar. Yo tuve una situación con la salida de mi hijo del país, pues en aquella época era muy mal visto que un padre la autorizara; lo hice porque toda su familia estaba allá y encontré razonable dejarlo irse. Ella se enteró después y no se mostró extremista o intolerante. De hecho, dijo que si se hubiera enterado antes, me hubiera ayudado a resolver la situación.

Hoy muchos le agradecen la rectitud que en algún momento pudo parecerles extrema. Como se exigía mucho, se sentía con el derecho y el deber de hacerlo con los demás:

OM: Sustituyó a José Antonio Portuondo en Literatura y Lingüística. En ese momento se estaban haciendo dos obras allí: una sobre la literatura española y el Perfil histórico de las letras cubanas. Como a mí me encargaron la parte de pensamiento, y había un evento sobre la enseñanza del marxismo, me pidió hacer algo rápido. Escribí sobre la relación entre el pensamiento cubano y el análisis del marxismo, y me echó para atrás cinco veces el artículo; a la quinta, voy temblando y le digo: “Es la quinta vez que lo escribo, si no sirve, es porque no puedo”. Me respondió: “¿Cinco veces nada más? Yo no publico nada que no haya revisado al menos diez veces, llévatelo, revísalo y vuélvelo a traer”. Fue una de las primeras cosas publicadas por mí.

ES: He oído que ella se sentaba a trabajar a determinada hora y trabajaba, trabajaba, trabajaba, se comía un huevo duro con un vaso de leche y seguía trabajando. Dirigir un centro en aquella época, y en esta también, no significa solo estar al tanto de lo que hacen los investigadores, además hay que preparar informes, evaluaciones, atender los problemas de administración… Era una trabajadora sin descanso.

De sus padres se sabe poco, al igual que de suvida amorosa; la relación con los hermanos sí era muy estrecha. Mirta fue la cabeza de familia, pues era la mayor, y además la consideraban la más madura. Todas las decisiones familiares se tomaban con su consenso. Mantuvo un vínculo especialmente estrecho con su sobrina, quien, se dice, inspiró muchos de sus poemas infantiles.

ES: Quería mucho a los hermanos, se llevaban muy bien, pero Mirta era la presidenta de esa relación, pues perdieron muy jóvenes a los padres. Yolanda, la más chiquita, le tenía un respeto tremendo, igual que Sergio, un historiador de prestigio. La más firme de carácter fue Mirta, Sergio era más dúctil, y Yolanda, de los tres, era como la niña.

DGR: Dicen que al que a Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Mirta tenía una sobrina, hija de Yolanda Aguirre, que era la niña linda de la familia. María Gabriela era la muñeca de la casa. No supe nada de sus relaciones de pareja; también yo la conocí cuando era una persona mayor ―por su poemario, puedo decirte que amó mucho.

Pero Mirta no solo se limitó a estudiar y formarse como escritora: supo poner su cultura y sensibilidad en función de los intereses de la nueva sociedad que se estaba gestando; desde muy joven tuvo un activismo político marcado y fue la primera mujer en ingresar al Partido Socialista Popular (PSP). Trabajó sobre todo en el plano ideológico para aglutinar a un grupo de intelectuales, principalmente de izquierda, aunque la política del Partido en aquel momento era sumar a cualquiera que pudiera tener un pensamiento emancipador.

OM: Mirta dirigió desde la comisión cultural del Partido todo ese trabajo ideológico, cultural y político. Logró reunir a la gran mayoría de los intelectuales de izquierda de este país, que no fueron anticomunistas ni colaboradores de la Guerra Fría. La Sociedad Cultural Nuestro Tiempo tenía un grupo de teatro, se daban conciertos, la escuela de Ballet de Alicia Alonso trabajó con esta sociedad. Muchos aliados al Partido fueron amigos de Mirta, como René Portocarrero y Mariano Rodríguez, con una visión muy amplia y progresista, que no tenían nada que ver con el realismo socialista.

Palabras a los intelectuales se hace en un contexto en que una buena parte de las personas que estaban sentadas en aquella reunión de la Biblioteca Nacional habían participado en todas estas tareas previas al triunfo de la Revolución, había un abono sembrado, y eso fue obra de Mirta Aguirre, entre muchos otros. Era una mujer muy culta, pianista, a pesar de unos dedos cortos que no le daban para hacer algunas obras. Sabía de música, de literatura, de pintura, de historia del arte, era perfecta para ese trabajo.

Su militancia en el antiguo PSP, cuando ser comunista podía costar la vida, y su posterior fidelidad al Partido al triunfo de la Revolución, la han convertido para algunos en un exponente de la “vieja guardia”. Fue una convencida de la necesidad del socialismo para Cuba y América Latina, admiradora de la URSS y de sus políticas económicas y sociales.

En sus primeros años de militancia aún no había ocurrido la desestalinización, y el análisis crítico del modelo soviético que generó, a la postre, la propia desaparición de la URSS, vendría a realizarse en Cuba después de su muerte. Mirta vio a Stalin y a la URSS como la alternativa al fascismo y al capitalismo brutal que se estaba desarrollando en aquel momento en América Latina, y las limitantes del contexto le imposibilitaron analizar deformaciones e insuficiencias.

Además, el PSP —y después el Partido Comunista de Cuba— trabajarían bajo el principio del “centralismo democrático”, consistente en que en el seno del Partido todo se podía discutir, pero cuando se tomaba una decisión, todos los miembros debían asumirla aunque no estuvieran de acuerdo. Ella, militante disciplinada, cumplió las decisiones y políticas del Partido reflejadas en algunos de sus textos periodísticos; no es de dudar que su sentido de justicia rechazara ciertos excesos, mas la decisión de resaltar la luz sobre las manchas arrojaría posteriormente sombras sobre su producción, aunque sus discípulos aseguran que ese “dogmatismo” que se le ha querido achacar no es más que un mito, resultante de analizar a las personalidades fuera de sus contextos históricos:

DGR: Cuando hablaba de la posición cubana se ve que, en su pensamiento, pretendía adecuar esos modelos a las características individuales de nuestro país, su economía, su desarrollo y su cultura. Era una adecuación, no una copia literal. Pero sí, admiraba mucho a la URSS, admiraba la figura de Stalin en relación con la guerra y el fascismo.

Siempre decía que no era una escritora comunista, sino una comunista que escribía. Ahí se ve que ella tenía una mentalidad comunista, pero además pertenecía a un partido comunista, y no es lo mismo. Tenía una concepción propia de qué es ser comunista, más allá de pertenecer a un partido.

OM: Yo nunca hablé con Mirta de eso. Pero puedo decirte que era una defensora de la autoctonía del Partido en Cuba —eso no quiere decir que no admirara a la URSS, son dos cosas diferentes, dos situaciones distintas.

¿Qué revolución no ha tenido errores? La propia Revolución Francesa cometió muchísimos, pero todas las luchas independentistas latinoamericanas se basaron en esta. Son acontecimientos que marcan el destino de la humanidad, en los que también se cometen errores. Pienso que criticó los excesos del estalinismo; conmigo nunca lo hizo, pero es probable. Sí sentía una gran admiración por la URSS, como la sentí yo y la sigo sintiendo, independientemente del estalinismo, que no dejo de reconocer que es una barbaridad. También muere en 1980, y eso viene a tomar cuerpo en Cuba después.

No sé en qué medida veía con total aprobación las medidas de la Revolución, pero sí puedo decirte que las asimiló como suyas; su estilo de dirección era una propuesta totalmente a favor de la Revolución; no puedo decirte si veía algunas decisiones del gobierno como erróneas: las asumía porque las consideraba valiosas en determinado momento.

ES: A la hora de analizar las obras miraba siempre la calidad. Recuerdo una vez que en Literatura y Lingüística alguien dijo que los intelectuales franquistas eran unos estúpidos, y ella respondió que ahí también había personas valiosas.

DGR: Pensaba que, efectivamente, había que mantener una disciplina dentro del Partido de apoyar lo que aprobaba la mayoría aunque tú estuvieras en desacuerdo, pero sostenía también que había que convencer a los otros de que eso era un error. Es lo que se llama la democracia partidista: se discute, pero se cumple lo que se aprueba. Mirta lo cumplía, algunas veces a costa de su propia tranquilidad espiritual, pero no de una manera acrítica.

Su afiliación y apropiación del marxismo, y la aplicación de su método de análisis a las obras de arte ha sido otra de las “zonas calientes” dentro de la producción intelectual de Mirta Aguirre. Crónicas de cine, “Realismo, Realismo Socialista y la posición cubana”… son líneas de su ensayística empleadas como punta de lanza para opacar su labor como escritora e investigadora, que transciende con creces la frontera del Realismo Socialista, para adentrarse en un universo en que el marxismo nunca se convierte en una limitante.

OM: Yo trabajé con sus crónicas de cine, y otras obras. En el caso de sor Juana Inés, valoró no solo su brillantez literaria, sino que fuera capaz de defender los derechos de la mujer. Eso no la convierte en una “socióloga de la literatura”, un término usado peyorativamente en aquella época, pero no solo veía la forma, pues la literatura es forma y contenido, y para una marxista como Mirta esa relación es muy estrecha.

Sentía una gran admiración por el Realismo del siglo xix, por toda la literatura que caracterizó la transición del capitalismo manufacturero al industrial y la crudeza de ese tránsito. Para ella eso era muy importante, pero también admiraba la capacidad de Balzac para conformar un personaje en relación con su contexto. Hacía un análisis literario desde la concepción marxista. No me estoy refiriendo al realismo socialista, que es un tema que ha traído mucha polémica por su artículo, a pesar de que nunca pensó que esa tendencia tenía que ser la norma.

En las crónicas de cine nunca se autocalificó como crítica de cine. Eso fue una tarea del Partido en el periódico. Después hizo una selección que nosotros ampliamos, pues había sido muy rígida consigo misma. En esas crónicas pretendía fundamentalmente enseñar a ver cine, a que las personas fueran capaces de identificar no solo los valores estéticos, sino el reflejo de su época, porque el problema no era prohibir las películas, estaba de acuerdo con que todo el mundo viera de todo.

ES: En primer lugar, valoraba la riqueza lingüística de una obra, las calidades de la escritura, la más o menos visible pretensión conceptual; en cuanto a los personajes, tenía en cuenta los significados, los valores que podían trasmitir, las conductas, las resonancias. Una de sus novelas favoritas era el Quijote, porque era un hombre dispuesto a enfrentar los peligros. Tenía la suficiente capacidad para analizar las obras y sus potencialidades para mover valores, aunque no fuesen precisamente los que ella defendía.

Fue defensora de narradores soviéticos que no creo que hoy tengan muchos lectores, pero que en determinado momento representaban un período histórico complicadísimo, de cruenta batalla, enfrentados al fascismo, e interpretaba como hechos ejemplares esas exaltaciones del poder popular y el triunfo de la URSS contra el fascismo.

Siempre hablaba la comunista convencida, pero eso no le impedía acercarse con sensibilidad, refinamientos, avidez de saber, a los maestros del idioma, como Cervantes, de quien era una gran admiradora, los grandes poetas del siglo xvi español, entre otros creadores que no eran militantes y no iban a serlo nunca, y además pertenecían a culturas diferentes. Leía muchos escritores europeos de los que no se podía esperar ningún criterio sobre la justicia social, pues esos universos no formaban parte de sus obras, y ella los disfrutaba mucho.

DGR: Mirta fue fundamentalmente ensayista y poeta. En el ensayo está clara su posición. En la poe(sía creo que está también ese concepto, pero era su concepto, uno que no niega la fantasía, la intimidad, los sentimientos, las emociones, el sujeto. Publicó pocos poemas en vida, y el libro que la da a conocer como poeta: Presencia interior, es algo transicional, entre una búsqueda de un espacio real donde moverse y el encuentro de esa vía que es su Partido. Ahí está esa angustia de buscar y la seguridad que ha encontrado su camino. Ahí no está la comunista madura, formada, segura.

En Juegos y otros poemas puede decirse que está llevando a los niños sus ideas sobre las relaciones humanas, la naturaleza, el mundo, que puede estar en el realismo, sea socialista o no, en el idealismo —no filosófico, sino en el ideal.

Sus estudios sobre la obra narrativa de Cervantes, la poesía, el Romanticismo, también son literatura. En el trabajo “Realismo, Realismo Socialista y la posición cubana”, dice: “no sé si sea necesario cambiarle el nombre”. Está proponiendo la posición del autor ante la realidad, no la obra en sí. En Juegos y otros poemas habla de san Francisco de Asís o Jonás sin prejuicios, no lo asume como algo idealista o negativo. Lo presenta con toda la fantasía, simpatía y empatía. Yo no me plantearía si es o no es Realismo Socialista lo que escribe Mirta. Es una escritora comunista, que tiene su propio sentido de lo que es la literatura, el socialismo, el marxismo.

En mi casa aprendí a nombrar los dedos con un poema de Mirta Aguirre, y su “limón limonero, las niñas primero” me enseñó algunas de las normas de caballerosidad que hoy las feministas y yo rechazamos por considerarlas machistas, pero que indiscutiblemente, en su momento, fueron lecciones de cortesía.
 

 
Junto a Grabriela Mistral y Dulce María Loynaz

 

Los intelectuales entrevistados para este trabajo revelan una Mirta Aguirre que poco tiene que ver con la mayoría de los personajes diseñados por ese realismo socialista cuya imposición suelen achacarle: como cualquier ser humano, su personalidad está llena de matices, y en su historia de vida quedan zonas imprecisas, sobre las cuales solo se puede especular. Amó intensamente, pero no se sabe a quién o a quiénes; tuvo rebeldías expresas contra la explotación, la bestialidad del fascismo y la discriminación de la mujer, y se calló otras que entran en el campo de las suposiciones. Rechazó la frivolidad y la estupidez, abarcó muy diversas esferas del saber: tocó piano, elaboró guiones para la radio, ejerció el periodismo... se codeó con una zona representativa de la intelectualidad cubana y con humildes camaradas de partido.

Aunque cada entrevistado tiene una visión muy personal de la doctora Aguirre, todos coinciden en destacar su honestidad, su vasta cultura, su altura intelectual y humana, y la seriedad con que se propuso formar a la nueva generación que se preparaba en las aulas de la Escuela de Letras. Pudo ser, a la vez, mordaz y tierna, irascible y comprensiva, recta y flexible. Prefirió ser conocida por el discursar riguroso del ensayo o por la prosa militante de la “comunista que escribe”, antes que por el desgarramiento y exquisitez de su poesía.  Pero la dura coraza que usó, no logró esconder del todo el terciopelo de una sensibilidad que todavía hoy, a 38 años de su muerte, quienes estuvieron cerca de ella, no olvidan:

ES: Escribió a partir de su visión del mundo, equivocada o no, pero fue auténtica, genuina, honesta en sus apreciaciones; jamás tuvo rasgos de oportunismo en ningún terreno, pues no le interesaba ascender o figurar, simplemente trabajar y cumplir con lo que para ella era necesario. 

OM: Tenía una esencia humana profundamente grande, pero precisamente por eso tenía toda una coraza de rectitud, le interesaba proyectarse como alguien exigente y amiga de la disciplina.

DGR: Cuando el aula estaba movida o no la atendían, podía dar hasta golpes en la mesa. Ella tiene un poema que le dedicó a la líder comunista española Dolores Ibárruri que dice: “mujer de terciopelo y armadura”, y Mirta también era así. En las clases podía dar la imagen de la mujer dura e inflexible, pero tenía actitudes muy humanas.

Si uno lee la poesía de Mirta, te das cuenta de que no es una mujer de armadura solamente, sino que ahí hay terciopelo, y creo que se le ha maltratado en ese sentido, pues muchas personas piensan más en la armadura que en el terciopelo.

Notas:
Este texto es una síntesis de un trabajo de curso de la asignatura Sujeto Social y Producción Simbólica recibida en el cuarto año de la carrera de Comunicación Social. Agradezco una vez más la generosidad con que Olivia Miranda, Denia García Ronda y Enrique Saínz accedieron a ser entrevistados por mí, y la valiosa información que me aportaron. Y a mis profesoras Yamilé Ferrán y Yanet Blanco por su valiosa guía metodológica.