Mirar La Habana

La relación de amor entre La Habana y la fotografía es intensa, vasta. Dilatada entre colores del trópico, gloriosas ruinas, imagen social atípica, risas de pueblo y homenajes a sus espacios más antiguos, ha trazado una historia visual atractiva, aunque no libre de reiteraciones. Mirar La Habana del siglo XXI deviene desafío, si se urde alejada de los estereotipos y la uniformidad, del tan presente lugar común.  

Compréndase saber captar desde el más amplio lenguaje fotográfico no solo lo poco usual, lo inadvertido, si no lo que hace a esta ciudad plural congruente a los tiempos. No tardaré en referirme a lo que entendemos por auténtico/ autenticidad, porque es un término también traído y llevado en los constructos culturales de giros modernos.
 

Arien Chang, 2012
 

Hablo de desmontar la urbe de las postales turísticas, de la reproducción infinita de escenas y personajes costumbristas, enfocados desde lo aparente, lo consabido; de proyectar visiones despegadas de los vestigios, engalanados o no, de la exciudad colonial, y de la adjudicada titulación de “gracia del espíritu” a sus habitantes. Apreciar más allá del malecón y su morro siempre detrás, del carro americano reflejado en el charquito, o de la marcha automotriz frente al Capitolio Nacional. No ver en esta ocasión a la ciudad de las columnas, ni a las “sábanas blancas tendidas en los balcones”, ni a los veteranos con maracas y bongó. O el retrato frecuente de sujetos callejeros en precariedad extrema, algo que subyace en todas las capitales del mundo.

En la actual asimilación del imaginario urbano conviven dos posturas básicas: la que asume atmósferas/ ambientes, estilo de paisaje urbano, y la que admite sujetos y sus dinámicas citadinas, cotidianas. Una, facturada desde la fotografía documental básica, muchas veces de perfil subjetivo y conseguida en  “raras” composiciones. Otra, desde la street photography. Modos de hacer que se abrazan, por momentos en un mismo creador/creadora, con un trabajo más de ensayo, de fotografía de autor. Coexistentes con aquellas imágenes de intención conceptual, tomadas de la realidad circundante y que hiperboliza el motivo, o esas que son utilizadas como punto de partida para posterior obra instalativa. 
 

Tolentino, Sin título, 2016
 

Así aparece la ciudad desde una perspectiva abierta. Para nominar una selección de buenos resultados y maneras de dialogar, sobrevienen ejemplos. Están el lirismo de las formas y texturas, bajo el eterno clasicismo del blanco y negro, en fotografías de Alberto Chino Arcos; la exquisita relación de color, composición, situaciones, figuración del lenguaje y realismo, en obras de Arien Chang; la incansable exploración de los contextos, los motivos y sus significantes, en piezas de la consagrada Lissette Solórzano; los detalles de espacios de convivencias, expresivos y surreales, aunados bajo el concepto de escape en una serie de fotografías de Laura Díaz Milán; otra vuelta a los fragmentos y a la doble lectura de formas arquitectónicas, con foco en edificación notable y desvaída, en un trabajo de la joven Yinet Pereira.

Igualmente se anotan la correlación de escenarios, a través del registro de personajes claves, en imágenes de Leysis Quesada; la tríada fotografía-materia-ciudad en las estrenadas propuestas, soportes y soluciones “tecnológicas”concurrentes en las obras-objetos e instalaciones de Ernesto Javier Fernández; las mediaciones simbólicas a las que nos tiene acostumbrados Carlos Garaicoa; o la sutileza, precisión, solidez de concepto, también aplicado a prácticas instalativas, en la obra de Alfredo Sarabia (hijo). Además de los que no han dejado de trabajar la temática con los años, los maestros de la fotografía documental que siempre retornan para lanzar nuevas luces, a la par de otras poéticas dominantes, o como discursos paralelos a obras ya afianzadas. Pienso en Pedro Abascal, Raúl Cañibano, Ernesto Fernández.
 

Alfredo Sarabia Fajardo, de la serie Horizonte (detalle), 2012
 

Si fuéramos a nombrar zonas preferenciales del lente, continúan en el top Centro Habana, Habana Vieja y el tramo más activo de la avenida del malecón (cerca de calle 23 hasta Prado, aunque los enlaces de Paseo y de calle G en los fines de semana nocturnos les hace la competencia y apenas son mirados). Son, sin dudas, fecundo caldo de cultivo para conjurar imaginarios. No obstante, causa y argumentos trepidan en franjas habaneras como Calzada del Cerro, Miramar, La Víbora… o el Vedado, ¡cómo ha cambiado!

¿Nuevas fórmulas?

La mirada a la ciudad le corresponde hoy ensanchar sus compromisos, desbordar sus mejores inventarios, configurar con audacia una realidad cambiante, que se diferencia irrebatible con el paso de las generaciones y sus dinámicas sociales. Disposición que debe brotar en principio desde los más jóvenes y nacionales (¿quiénes mejor para interpretarla?). Se ha de evadir la mirada pintoresquista, el síndrome del conquistador, el dominio del color local; las poses conformadas para el que visita, el asombro planificado del modelo, la acción premeditada del motivo, el tópico de enfoque gastado.

Se ha puesto muy de moda algo llamado el Safari Fotográfico. Por un lado, bajo la influencia y el auge de la enseñanza “particular” de la fotografía en el país, las designadas academias… Y por otro, concedido por el aumento de un turismo “especializado”, más atento a los espacios flexibles, no “arreglados”, de intercambio cultural. Los primeros tienen mérito y quebranto, no es mi intención sacarlos a debate. Organizan esta suerte de excursiones con propósito educativo, a modo de ejercicio práctico e interactivo entre el profesor, los lugares, el proceso creativo y los alumnos. El segundo, se promueve como especie de guía, a un grupo de cazadores de imágenes, a veces estudiantes, otras, ya iniciados o profesionales, que visitan sitios ¨exóticos¨, ajenos, en virtud de lograr la mejor toma.

Cuando el Fotosafari es a un paisaje natural, o sobre arquitectura, o a una locación derruida en busca de la belleza oculta tras el lenguaje de las luces y las sombras, puede funcionar. Pero cuando es en las calles habaneras, en sus recodos y vecindarios, donde el objetivo fotográfico es su gente… me asalta no solo la duda. Sobrevienen palabras más inquietantes, como valía, verdad, función, manejo, memoria… respeto. Que un grupo con cámara en mano irrumpa un barrio marginado o de las afueras de la ciudad en busca de la foto más realista, tras una estética del suburbio, donde la persona es el centro de atención, ¿qué resulta? Más cuando son turistas. Me recuerda una expresión del curador Gerardo Mosquera en los 90: “la pobreza siempre vende”.

Para los atraídos por este tipo de prácticas, de conjetura y re-creación de imaginarios, podría pensarse en un city photo tour iconoclasta. Un recorrido por la ciudad trenzando los puntos neurálgicamente menos ¨bellos¨, cotidianamente descoloridos, sitios no tornasolados, propensos a un folclorismo sin manual. O como se dice por estos días, un andar por esa Habana que no aparece en las guías de turismo. Convocar las cámaras a Pogolotti, Buena Vista (que no la del Social Club), Zamora, La Corbata, Los Bajos de Santana, La Corea… o expandir la visualidad hacia los contornos, 10 de Octubre, el Cotorro, San Miguel, Casa Blanca, Guanabacoa, Regla (aunque el este de la ciudad y sus pueblos costeros también andan de moda). Cámaras que desde la individualidad y el peso del serio oficio, pueden narrar historias verídicas, únicas, en franca implicación con la ciudad que nos acoge, con los tiempos que nos describen y el arte que nos define.