Mima

Oddun 16-2: Merindilogún Tonti Okana

«Cuando la muerte tiene hambre se come a cualquiera»


Quise presentarme ante mi madre, verla delante de mis ojos. Me había vestido de estreno. Todo de blanco, excepto los zapatos. Iba por las calles camino a su casa pavoneándome como pavo real, pero a diferencia de éste, exhibía mis pies con orgullo calzados con zapatos negros de charol. Era muy presumido. Me vestían bien. Siempre perfumado.

Cuando llegué, vi salir del cuarto al Dr. Moncada. Tuve  la impresión, y no me equivocaba, que algo malo presagiaba esa visita. Mama me interceptó y no me dejó entrar al cuarto donde se encontraba Mima. La vi alejarse. Acompañó al médico hasta la puerta. Cuchichearon. Disimuladamente traté de acercarme  para saber de lo que hablaban. Pero fue inútil. No  oí  lo que hablaban. El médico se despidió. Mama no pudo ocultar cierta inquietud. Hice intento para entrar al cuarto. Me precipité, pero Tomasa volvió a interceptarme. Esta vez con más firmeza.

Tomasa. Todavía no, Papi.

El Papi. ¿Cuándo, entonces?

Tomasa. Ya te avisaré.

Algo de aflicción contenida había en su voz. A pesar de su pequeña estatura poseía una personalidad fuerte. Busqué con ansiedad la mirada que me rehuía. La quietud que la caracterizaba no estaba en ella.

 

El Papi.  ¿Qué tiene Mima?

Tomasa. Dolor de cabeza. Se ha tomado un calmante. Pasó mala noche. Duerme ahora. Tan pronto despierte la verás.

El Papi.  ¿Sabe qué yo estoy aquí?

Tomasa. ¡Claro que lo sabe! Y quiere felicitarte.

El Papi.  ¿Por qué mi hermana puede entrar en el cuarto y yo no?

Tomasa.  No seas tan cazuelero. Son cosas de mujeres.

El Papi. Pero mi hermana no es todavía mujer.

Tomasa. Pero es hembra y en las cosas de las mujeres los hombres no se meten.

El Papi. ¿Y cómo entró el Dr. Moncada?

Tomasa.  Porque es médico y un médico no es ni hombre ni mujer. ¡Es médico!

El Papi.  ¿Y qué te dijo?

Tomasa.  Fina tiene que descansar para reponerse de su mal.

El Papi. ¿Qué mal?

Tomasa. (Que iba perdiendo la paciencia). Dolor de cabeza.

El Papi.  El dolor de cabeza no es un mal, Mama, sino un malestar.

Tomasa.  No me enredes con tus cosas de estudios. ¿Qué diferencia hay entre mal y malestar? 

El Papi.  Mal es enfermedad, malestar incomodidad pasajera.

Tomasa. ¿Ah, sí?

Se enjugó la cara con el pañuelo. Sudaba mucho. El calor no hacía ni el más mínimo intento de dejarnos. Tomasa era santera. Hija de Yemayá. Vestía ese día con vestido de guinga azul y blanco. Tenía los collares y las manillas puestas. No era muy común verla vestida así. Sólo en determinadas ocasiones.

 

El Papi. ¿Tiene algo malo?

Tomasa. ¿Cuántas veces quieres que te lo repita? No tiene nada malo. Pasó la noche con vómitos y diarrea. Seguro que comió algo que no le cayó nada bien. Eso es todo. Cualquiera tiene una indigesta. Ya está más aliviada. No ocurre nada. Nada ha ocurrido y nada ocurrirá. No seas pájaro de mal agüero.  (Hizo una retirada en falso. Se detuvo. De repente volvió su cabeza hacia mí con marcada condescendencia, con una sonrisa dibujada en su rostro y, con  un leve  cambió de voz, dejó escapar sus palabras). ¡Ah, felicidades, Papi! Ya te estás poniendo como un hombrecito. Que cumplas muchos años más.

El Papi. Gracias, Mama, gracias.

Tomasa.  Estás muy lindo. No es de extrañar. Mamita siempre te tiene muy lindo.

Lo dijo muy sinceramente.

El Papi. (Rectificándole). Y Papilla y Yoyita.

Tomasa. ¡Sí, claro!

El Papi. Esperaré.

Tomasa. Tan pronto despierte te llevaré a verla. (Saliendo). Tenía fiebre; pero gracias a Dios y a los santos, ya se le bajó. (Yéndose). Hay gentes que son nocivas y disfrutan dañar y lastimar a los demás.

No entendí lo que me quiso decir con sus últimas palabras, tiradas más bien para que las recogiera el viento y las posara en el oído que debía posarse. Se internó en el cuarto. Lo cubría una cortina multicolor. Entró cansada; pero mucho más preocupada. Su voz sonaba con cierto timbre de premonición. Por lo general los santeros son muy paranoicos. Creen siempre que alguien les está haciendo daño, mal, brujería: por el trabajo, por el matrimonio, por los hijos, por la felicidad… Tomasa no era una santera paranoica. Siempre había en ella palabras de aliento, de protección. Era luchadora. Trabajaba con ahínco para mantener su casa. Logró tener un pequeño tren de cantinas. Junto a sus hijas cocinaba para la calle. Realmente era muy buena cocinera. Sabía azar pescado. Lo compraba fresco a un vendedor que pasaba por frente donde ella vivía. Cuando yo estaba en su casa y ella hacía frituras de frijoles de carita, me las ingeniaba paras robarles algunas. Ella siempre disimulaba no verme. Mama me quería. A veces sentía sobre mí su mirada lastimera. Fina era su hermana menor. Un alma de Dios, como solían decir de las personas buenas, generosas. Era consciente de que su hermana sufría en silencio la separación. Mima pasaba días con hambre para guardar sus ahorros para que, cuando yo estuviera con ella, no me faltara el alimento, el dinero para el cine o los caballitos,  si lo había. Me mimaba. Siempre. O casi siempre.

Me preguntaba:

Fina. ¿A quién tú quieres más: a Mamita o a mí?

El Papi. ¡A las dos!

Eso la complacía mucho. Nunca sintió rivalidad con la mujer que me tenía más tiempo consigo, que me educaba y me conformaba de acuerdo a sus hábitos y costumbres. No existía entre ellas las más mínimas contradicciones. Constantemente intercambiaba impresiones para lograr satisfacer mis gustos. En muchas ocasiones las escuché tejiendo y entretejiendo planes con el fin de proporcionarme una vida placentera. Fui muy consentido. Nada me faltó en mi infancia, en mi adolescencia y parte de mi juventud. Hice todo, o casi todo para ser más exacto, lo que se me antojaba. Eso me hacía feliz.

¿Me hacía feliz...? ¿Realmente lo era...? Desde muy niño tuve la imperiosa necesidad de fraccionar mi corazón en cientos de pedazos para poder darle cabida a mis seres queridos. Fundamentalmente a Mima y Mamita. Las amaba mucho. Me desvivía por ellas, por hacerlas felices, por complacerlas. Pero a quien más amaba era a Medardo Hernández Caraballo, mi papá. Ese sentimiento estuvo inculcado siempre por mi mamá, sus hermanos, sobrinos, amigos. Medardo era muy carismático. Siempre caía bien. No tuvo enemigos nunca. Podía insertarse en un panel que con seguridad las abejas harían todo lo posible por no picarle.

En mi opinión, y yo era muy observador, mi madre nunca dejó de amarle. Jamás me habló mal de él. Todo lo contrario. Estaban separados, pero entre ellos existían las mejores relaciones. Mi madre visitaba con frecuencia a sus hermanas. Era muy bien recibida. Con Julia, mi tía y madrina, sostenía largas e interminables conversaciones.

Recuerdo que un día Mima tenía que hacer varias gestiones en la calle y decidió llevarnos con ella. Salimos desde muy temprano. Después del desayuno. Anduvimos por muchos sitios. Ya de regreso a la casa, una amiga la llamó y  hablaron un gran rato, en el portal. Yo aproveché para jugar con los niños de la casa. Mi hermana, como no tenía compañía, se aburría. Hacía todo lo posible por hacerlo evidente y Mima todo lo posible por borrar esa impresión. Mi hermana se congraciaba de lo lindo.

De  repente, la señora nos invitó a almorzar. Eran ya las doce del día. Mima muy apenada se lo agradeció, pero con mucha delicadeza rechazó la invitación. No era su costumbre comer fuera. A veces tenía que rogarle para que almorzara o comiera conmigo. Mucho menos, entonces, un vecino por muy amable que fuese.

— Disculpa, pero nosotros hemos almorzado ya.

— ¡Fina —exclamó la amiga —, nosotros somos como familia! No tienes que pedir disculpa. Entra y almuerza con nosotros.

— Es que ya almorzamos.

Como un santiamén saltó mi hermana Miquelina:

— Mima, que yo sepa nosotros no hemos almorzado.

Ante semejante confesión, Mima tuvo que aceptar, muy avergonzada, la invitación. Nos sentamos a la mesa. Para seis personas. Había una fuente de moros y cristianos, picadillo, tostones, plátanos maduro fritos, ensalada de tomate y lechuga, yuca con mojo... El almuerzo se hizo con todo el ritual que se acostumbra en  los banquetes. Mi hermana estaba poseída por algo extraño. No dejaba de comer ni un instante.

Miquelina. ¡Qué rico está esto! No la harina, a mi no me gusta la harina. Ya estoy cansada de tanta harina. Harina, harina, harina ¡y boniato!

El rostro de Mima se desencajó completo. En la mesa se reían de toda sus ocurrencias. Vi a Mima denudada, a punto de un colapso.

— Miquelina es de buen apetito. ¡Qué bueno…! Mis hijos son de mal comer.

No había terminado la frase, cuando Miquelina saltó con palabras que petrificó de vergüenza a Mima:

— ¿Ustedes ven esa fuente de arroz? Yo me la como toda.

— Pues la fuente es tuya, mi amor. Come todo lo que quieras.

Y así fue. Miquelina se comió toda la fuente de arroz. Mima sudaba copiosamente. Estoica aguantó hasta que terminó el almuerzo. Todos terminamos antes. Observamos como Miquelina se engullía, poco a poco, la fuente de moros y cristianos con picadillo, tostones, ensalada y  yuca con mojo.

Nos despedimos en la entrada del portal.

Miquelina insistía en montar el columpio. Mima, que a penas podía hablar, logró al fin persuadirla para que no montara.

— ¡Ay, Fina, los muchachos son así...! No le haga caso. Nos hemos divertido. Miquelina es muy ocurrente.

A penas Mima podía caminar. Tan pronto doblamos la esquina. Mima sacó esfuerzo y vitalidad y, en un rapto de desenfreno total, dio un giro estentóreo, agarró a Miquelina por un brazo, la atrajo hasta ella y la emprendió a golpes desaforadamente. Hasta la casa fue la paliza. Miquelina no lloró. De sus ojos no salió ni una lágrima. La soberbia la consumía. A Mima la vergüenza; a mí, el susto primero y la risa contenida después.

Por la noche, cuando estábamos en la cama, no pude evitar  recrear el incidente. Prorrumpí a reír. Miquelina dormía profundamente. Me pareció que roncaba levemente. Mima, rota de nervios, lloró toda la noche.

— No llores lo que no hay: desgracia ni calamidad —le dije. 

 

*Relato de Eugenio Hernández Espinosa sobre su madre.
Tomado del libro La Pupila Negra. Teatro y terruño en Eugenio  Hernández Espinosa, del dramaturgo Alberto Curbelo Mezquida.


FICHA

Eugenio Hernández Espinosa: Dramaturgo, actor, profesor y director teatral cubano. La Habana, 1936. Es el Director General del Teatro Caribeño. Su trabajo explora en la cultura popular y en las  tradiciones afrocubanas. Su literatura dramática festeja lo popular, evadiendo prejuicios y estereotipos, y recreando la narratividad, los símbolos y deidades de la mitología de origen yoruba. Su María Antonia, considerada entre las más importantes piezas teatrales cubanas de la segunda mitad del siglo XX, es exponente de ese teatro de intensa preocupación social y recurrente tono filosófico. Su teatro ha generado obras de la cinematografía nacional. Mi socio Manolo dio lugar al filme La vida inútil de mi socio Manolo (dirigido por Julio García Espinosa [ICAIC], 1989), mientras que en María Antonia se basó el filme homónimo dirigido por Sergio Giral en 1990. Fue coguionista de los filmes Patakín (1982), Roble de olor (2003), y del libreto cinematográfico de El Mayor. Es miembro del Grupo de Expertos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas y del Consejo Nacional de la UNEAC y Representante del Consejo Nacional de las Artes Escénicas en CARIBNET. Con su obra La Simona, fue acreedor del Premio de Teatro del Concurso Casa de las Américas en 1977. En 1995 le fue conferida la Medalla Alejo Carpentier del Consejo de Estado de la República de Cuba. En el 2005 fue acreedor del Premio Nacional de Teatro.