Mil modos de festejar

He sido carnavalero, fiestero y alegre. En cuanto al último adjetivo, la definición es menos sencilla que lo que se piensa a simple vista. Por ejemplo, para mi cuñada menor debí resultar bastante agrio en una época. La primera juventud de la brillante muchacha coincidió con el rotundo auge de la Salsa. Entonces, cuando ponía a Paulito FG a las 10:00 a.m., mi cara era de pocos amigos y la de Tamara de resignación con un conviviente tan amargado. También admiro a ese cantante, pero lo prefiero —como los adorables Van Van o Manolito Simonet— más bien con nocturnidad, aunque no se precise de la alevosía.

No todos los bebedores son divertidos ni viceversa. Recuerdo a un periodista que en la década de los ochenta frecuentaba un bar para gente del medio. Este buen profesional, a la primera botella fruncía el seño, a la segunda soltaba bilis y a la tercera se sumía en un silencio hondo y sin límites. Otros, que apenas empinan el codo, son capaces de hacer chistes o bailar toda una jornada.

También resulta curioso indagar en la fisonomía de la fiesta, según quienes sean sus organizadores. Si se trata de un jolgorio pensado por comilones, habrá sobre la mesa una solitaria botella de licor y mucha ensalada fría, dulces y cantidades desconcertantes de croquetas o papas fritas. Si, por el contrario, a la cita se le da nombre de comida, cena o cualquier palabra que haga pensar en la gula, el objetivo no se cumplirá si se encarga de la gestión a uno o más adoradores del dios del vino. Entonces uno se dará de bruces con un arroz “con algo”, tres frutas mustias y mucha cerveza, ron o cualquier otro líquido capaz de desatar la lengua y el fervor.

Como durante décadas jugué en las dos novenas, nada me gustaba tanto —sobre todo en diciembre— como pasar de una fiesta de gordos a una de levantadores de líquido. La especialidad que no he cultivado con militancia es la de los brindis gratis, aunque he asistido lo suficiente para valorar el arte de verdaderos profesionales. Tuve un colega del periodismo que poseía cualidades magnéticas para las bandejas del ágape. Si te situabas a su lado, casi asegurabas estar bien servido, pues la bolita de carne o el vaso repleto caían —como entra al aro una limpia canasta en el baloncesto— en sus manos de consagrado. Entonces, solo te falta estirar la mano, aunque, cuidado, al torpe en estos eventos se le puede escapar el bocadito en un segundo si no desarrolla la mínima destreza.

La fiesta es reino de los bailadores. Al filo de los 45 disiento de todos los pretextos de los patones. ¡Qué disparate hablar de trabajo, del familión o del clima cuando existe la posibilidad de sacudir los cuerpos y ventilar el alma! Todos los jóvenes deberían aprender a bailar y los atravesaos residuales, inventar algo, movernos aunque sea contra las manecillas del reloj, asumir esa idea que les gusta repetir a mis amigos: “Hay quien baila con los pies y otros lo hacemos con la cara”.

Publicado en el número 189 de La Jiribilla.